Las dos vigilancias

Por: Melissa Damián 

Hace unos años acudí a una charla magistral en la que nos explicaron algunas cuestiones de la Cábala, la ancestral tradición judía de interpretar el mundo mediante el desciframiento de las letras hebreas de las sagradas escrituras. Nos hablaron de los sefitrot y de la importancia del nombre de Dios. Al final de la charla, hubo un comentario menor sobre el Apocalipsis de Juan, el ponente nos dijo que la «marca de la bestia», 666, en hebreo era wau wau wau, es decir «www». 

“Y hacía que a todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y esclavos, se les pusiese una marca en la mano derecha, o en la frente; y que ninguno pudiese comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia, o el número de su nombre (…) Y su número es seiscientos sesenta y seis”, dice el Apocalipsis.

Se lo conté a un amigo que se esforzaba por practicar el budismo, mientras conversábamos  sobre las dificultades para meditar y estar atentos, decíamos que el mayor distractor de la realidad eran las redes sociales. Todavía recuerdo cómo se abrieron sus ojos cuando le dije el equivalente numérico hébreo de www.

Es una interpretación descabellada considerar que en el Apocalipsis hay una profecía sobre un dominio del internet equiparable al de un ser viviente y maligno que llega al final de los tiempos y que controla a muchos y los engaña, como falso ídolo. Sin embargo, es una coincidencia fascinante -el signo, “en la mano derecha”, como el celular; “que nadie pudiese comprar ni vender” sin ella, como tarjeta de crédito- que invita a pensar de qué forma el internet puede tener un verdadero poder sobre los humanos.

El ruido digital, el ruido del enjambre, se superpone ya a nuestras relaciones con el mundo: se entromete en nuestra manera de interpretarlo, en nuestros deseos y en la forma misma en que, al “hacer nuestro perfil”, nos dibujamos a nosotrxs mismxs.

Es difícil imaginar ir a una ciudad nueva sin usar Google Maps; la pandemia, sin Rappi o el trabajo, sin Google Drive; pero también es difícil no subir fotos a Instagram cuando nos vamos de viaje, no opinar en Twitter si algún asunto en tendencia realmente nos importa o no pensar muy bien cuál será nuestra foto de perfil. 

Cuando nos registramos en Facebook, ¿nos dábamos cuenta plenamente de que entrábamos a un espacio para ser vigilades por nuestres conocides, además de por el mismo Facebook? No sólo lo que publicamos está expuesto para moldear nuestro perfil, sino que el algoritmo sabe qué nos gusta, qué buscamos, qué necesitamos en momentos específicos, con quién hemos estado obsesionades y por cuánto tiempo.

Esa vigilancia no es usada para que recibamos un castigo físico cada vez que hacemos algo mal, sino que es vendida para que empresas ofrezcan productos que nos podrían gustar y es evaluada para que nosotres estemos el mayor tiempo posible en el celular: consumiendo y regalando información, viendo y siendo vistos.

Recientemente, una exempleada de Facebook filtró documentos que muestran que la compañía sabe que sus redes sociales pueden afectar la salud mental de los usuarios y que la empresa ha sido negligente para eliminar contenido dañino, incluso en casos de trata de personas. 

Lo que resalta es que no existe autoridad que supervise y regule lo que sucede en internet, donde empresas sostienen interacciones entre personas, compañías y gobiernos. Que al sostener esas interacciones, se apropian de la información de sus usuarios, para venderla, a veces con fines políticos, y para que las plataformas puedan seguir atrapando la atención de los internautas y que mientras ellos miran y reaccionan, sean vigilados.

***

En julio de 2021 las protestas por el desabasto de medicamentos para Covid ocurridas en Matanzas, Cuba, derivaron en al menos tres días en que el hashtag #SOSCuba fue tendencia en el mundo. A ello se sumaron coberturas de los medios de comunicación en las que se habló de las carencias que se viven en la isla. La ausencia de internet “libre” se interpreta como falta de libertad de expresión e información, que apunta a que en Cuba no hay democracia.

La difusión de imágenes falsas sobre protestas isleñas y la cobertura mediática forzada provocan dudas sobre qué tan grandes y trascendentes fueron las protestas en Cuba. Pero lo cierto es que es difícil conocer qué pasó en Cuba y qué pasa en Cuba. No puede saberse porque el estado restringe la entrada de las compañías de internet a la isla y los contenidos permitidos. Además de controlar la prensa y la estancia de periodistas extranjeros. 

Cuando estuve en La Habana, caminaba por una plaza cuando dos grupos de cubanos empezaron a insultarse, no faltaba mucho para que pasaran a los golpes. Pero antes de que yo saliera caminando de ahí, ya había llegado la policía a detener el pleito. Me sorprendió que los agentes llegaran en segundos, ¿desde dónde habían estado vigilando?

Al control del internet y de la prensa, se suma una vigilancia física, un control cuerpo a cuerpo. Muchos cubanos saben qué es estar detenidos, saben que siempre tienen que traer consigo sus papeles. 

Después del incidente en la plaza, mis amigas y yo preguntamos si podíamos salir a la calle de noche, si era seguro. Nos dijeron que sí, que no pasaba nada. Mientras caminábamos de regreso a nuestra estancia a las 2 am, nos encontramos a una madre con su hija de unos tres años, caminando tranquilamente. Me alivió ver su actitud despreocupada, contrastante con la sensación de  peligro que se experimenta en las noches donde yo vivo: la Ciudad de México. Pero la “seguridad” habanera muy probablemente es consecuencia de la vigilancia que tiene  la policía cubana: ¿están observando el espacio público todo el tiempo? Yo pienso que sí.

A partir del #SOSCuba, algunos cubanos aprovecharon para pedir que el gobierno abriera el uso del internet; el gobierno contestó con medidas de apertura limitadísimas. 

No obstante, tarde o temprano, por una razón u otra, el internet va a llegar a la isla. Los cubanos van a pasar de una vigilancia constante del estado en el espacio público, a una vigilancia hecha por empresas sobre su vida pública y privada. Entonces, quizá no puedan vender o comprar si no están conectados y les costará ponerle atención a lo que haya fuera de la pantalla, algunos ni siquiera lo intentarán.

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver