Los peores vecinos del mundo

El primer libro de Notas sin Pauta Editorial, de Vonne Lara

Antes, llegaba con mi música a todo volumen al condominio donde vivo. Vivir en un condominio es peor de lo que parece: mientras que en una cárcel uno es encerrado por cometer felonías, en un condominio uno es encerrado por no parecerse a los demás. En fin, un día, un hombre se fue a quejar con el guardia. Suerte para él, porque lo encontró despierto ya que quien nos resguarda está en un estado de siesta eterno; y le dijo el quejoso, muy indignadamente, de mi música del diablo. Así dijo, “música satánica del diablo”. Doble fervor religioso aquí. No había mucho que argumentar, en efecto, el volumen era ensordecedor pero, me disculpo: al tener una sola oreja, sólo escucho la mitad. Igual y aquel hombre dijo “música satánica luciferiana del diablo y Belzebú”, pero dudo que su espectro cultural haya sido tan amplio.

Desde ese momento me decidí por no educar a mis queridos vecinos con mi música. Claro que mi trauma de hoy en día es Sabaton, y ese grupo sólo toca música de historia. Sus temas remiten a la historia universal, bastante eurocentristas, pero muy buenos. Ese fue un gran golpe bajo: no poder entrar con mi desmadrito a mi casa.

En otra ocasión saludé a un vecino porque, en realidad, yo quería ser su amigo. Para mí, era de esa gente con la que uno tiene una corazonada de buen coto. Él emanaba rayos de buen pedo. Yo no soy de hablar con nadie, por eso me dedico a escribir; pero con él fue diferente, con él sí quería establecer contacto y, por fin, tener alguien para contarle cosas y escuchar sus cosas. Entonces, me atreví a salir de mi amplísima zona de confort, que por eso es más difícil aún romperla, y lo saludé tímidamente con la mano, viéndolo a los ojos, como se tendría que tratar a una persona. Nos cruzamos frente a frente, yo iba y él venía, apenas a un par de metros a mi izquierda. Sí me vio, claro que lo hizo, hubo un intenso contacto visual que ninguno rompió; pero sólo me vio: no hizo ni un esbozo para regresar el saludo.

Qué es peor: ¿Que no te salude tu vecino-que-hubiera-sido-tu-mejor-amigo o que el persignado que maneja a toda velocidad sin respetar las normas comunales condominales, te diga que tu música es fea porque es del diablo? Por un momento deseé de verdad ser satánico y tener contactos con súcubos e íncubos y ese tipo de criaturas para darles un susto.

Pero eso no pasa en la vida real, sólo podemos demostrarnos mutuamente por qué todos somos, los unos para los otros, los peores vecinos del mundo.

Es justamente ese el tema del primer libro de Notas sin Pauta Editorial: los vecinos. Esto que yo hice en los párrafos anteriores, no es más que el pobre intento de lo que Vonne Lara, la autora, logra de forma magistral. Uno puede tener ciertas expectativas de sus vecinos, que generalmente van a ser demasiado altas; pero ese no es el caso con este libro. Las expectativas pueden ser altas, sí, pero van a quedar muy agradablemente superadas.

Esta es una compilación de varios ensayos cortos que exploran esa parte de la vida a la que llamamos vecinos. Uno más de nuestros círculos de socialización. A diferencia de la escuela, el trabajo, la carrera o la familia; lo único que nos une con los vecinos, es el lugar cercano en el que habitamos. Con estos individuos, ni siquiera estamos forzados a establecer lazos y, en muchas ocasiones, es mejor así; pero no contamos con que, muchas veces, es inevitable. Las relaciones puedes ser tan amables como complejas, y generalmente con nuestros vecinos, son detestables. Además, está tan bien escrito, que resulta un goce para los ojos. Cada palabra está perfectamente medida, no como algunos que se estacionan animalmente en la calle invadiendo el lugar de otros.

Los peores vecinos del mundo es una lectura catártica, y probablemente esa sea una de las características más remarcablemente amables del libro. Muy al contrario de lo que sucede con los que viven en casas vecinas, los ensayos de Vonne tienen una ironía y un encanto increíbles. No es solamente la parte de la identificación, porque es imposible no hacerlo conforme uno avanza en la lectura, sino que causan tanto gracia como reflexión. Hay que mencionarlo: no es una reflexión moralina, Vonne no nos quiere decir cómo vivir; ella lo vuelve una ironía que parece muy propia del ser humano que no queda de otra más que decir “no pues, ni modo”.

Parece ser que es una competencia, tal y como queda establecido “Estoy dispuesta a hacer todas esas cosas horribles porque no quiero perder el honor de ser la peor vecina del mundo de doña L.” Evidentemente, uno diría, en pro del bienestar y de tener una vida lo más placida posible “No, hay que encontrar un punto de acuerdo para poder llevar la fiesta en paz”. Seamos honestos, ¿quién hace eso?: ¡Nadie! Si me haces algo, yo te lo hago exponencialmente peor. Ahora, no por esto, el libro es una guía directa para la venganza: prácticamente nos pone en frente lo que somos, hacemos y nos hacen; no queda de otra más que sonreír.

Bien hemos escuchado esa frase que canta “Todos tenemos cola que nos pisen”, y pues sí, pero es mejor ver la cola de los otros porque esa es más fácil de pisar. Claro que la nuestra queda en desventaja cuando nos enfocamos en aquellas ajenas, pero bueno, todos hacen eso, ¿o no? Muy de vez en cuando nos pisamos nuestra propia cola, pero bueno, esa es otra historia.

Las interacciones vecinales deberían tener un apartado específico en la sociología, uno que sea algo así como “sociología de lo cagado”, porque no hay otra forma de llamarlo. Los intercambios que tenemos con nuestros vecinos rayan en lo ridículo, tanto de nuestra parte como de la de ellos, pero especialmente de parte de ellos, obviamente. Los demás siempre están mal y nosotros nos. Recordemos que la humildad no es más que un poder que sólo el hijo de dios tiene, nosotros siempre estamos bien y nuestra responsabilidad es educar a los otros pobres que no saben ni en dónde se encuentran. Y sí, es muy cierto que hay días que más vale irse a la cama desde el mediodía, pero si lo hacemos así, ¿quién va a educar a los detestables truhanes con los que compartimos calle?

Y, bueno, hay que ser humildes, sí, pero nunca hay que olvidar que mientras no haya una autoridad metaliteraria que nos venga a corregir o perseguir, tenemos la responsabilidad de recordarnos a nosotros mismos que… “Qué gusto, me dije, podré seguir odiando a mis vecinos sin ningún pudor, incluso si se trata de niños, y criticar a todos los padres por no ser tan buenos educando a sus hijos como yo”. Palabra de nuestra admirable Vonne Lara, así sea.

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver