El Banco de México y sus metas: una cajita de hierro en la que depositamos nuestra fe*

Foto: Víctor Hugo / Flickr

El dinero es dinero. Un trato es un trato
-David Graeber, Deuda

El dinero es dinero, aprende algo dinero
-Mc. Dinero

POR: GERMÁN VARGAS

Recuerdo una conversación que tuve en un seminario de verano en cierta escuela heterodoxa cerca de Nueva York. Un amigo brasileño me contaba que en sus clases en Brasil les gustaba poner el ejemplo de México como un caso extraordinario de la aplicación de reformas económicas para lograr la “estabilidad macroeconómica». Para los brasileños ortodoxos, recuerdo bien, les parecía asombroso la velocidad y radicalidad con la que nuestras administraciones habían modificado el esquema regulatorio de un amplio conjunto de órganos públicos.  Él me preguntaba porque quería saber qué diría un estudiante promedio de economía de aquello que sus maestros exaltaban. Lo que no recuerdo es que respondí. Sin embargo, a varios años de distancia, diría que lo más asombroso es el acto de fe que tenemos en esa estrategia que lleva décadas con resultados magros —por no decir patéticos—. 

No escribiré acá el conjunto de estadísticas que respaldan este hecho, a lo sumo diré, como reza el título de uno de los mejores libros de economía mexicana de años recientes: México está en una “trampa de lento crecimiento y alta desigualdad”, que además pega de forma heterogénea, y que hay una alta correlación entre quienes defienden la estrategia macroeconómica reciente y su inclinación a soluciones que se han probado erróneas. Lo que sí diré es más sobre ese acto de fe que tenemos en una estrategia que nos ata de manos, piernas, cabeza, ojos, orejas, boca. Nos ata pues más que cualquier acto de sadomasoquismo que nos imaginemos y todo se relaciona con el banco central, la catedral de la llamada “dominancia monetaria”.

La historia breve de esto comienza, como mis cursos de teoría monetaria, en la oferta de dinero. ¿Qué es el dinero? El dinero es dinero como dice Hicks, esto lo aprendí con Panico**, uno de mis profesores en la FE de la UNAM. El dinero es todo lo que sirve como dinero. Mc dinero no estaba mal. Minsky decía que dinero es lo que te acepten por dinero. Lo que sirva para hacer transacciones, para guardar valor y para medir el resto de unidades con base en tu dinero.

El dinero es pues algo abierto a las convenciones sociales. Uno puede ofrecer un pagaré y ver si te lo aceptan como dinero. Los bancos todo el tiempo están creando dinero: en cada préstamo el banquero no checa la disponibilidad de dinero en sus bodegas —como cómicamente nos enseñaron— solo checan que quien lo pida sea alguien de fiarse y a veces ni eso. Dos lecciones son importantes. Lo primero es que los créditos crean los depósitos y no al revés, como usualmente se piensa​. Y, segundo, que un algoritmo podría tumbar el sistema. Por eso los bancos gastan más en prevenirse de ataques cibernéticos que de algún asaltante de a pie. Para ellos bastan un par de hombres mal pagados con metralleta en mano.

El dinero es deuda. Cada peso mexicano es deuda que el Banco de México respalda: por eso tiene en una cara la unidad y de la otra el sello de la república. Basta con ir a la colección del Museo de Economía para notar que la impresión de dinero es menos técnica de lo que uno imagina -nótese que la centralización en la impresión de diner​o es otra ficción de la que se adueñó el Estado-​​​​​​. Esto significa que los Estados no tienen una cantidad de dinero predefinida por la cantidad de oro que tienen en sus bodegas. El Banco de Inglaterra tuvo a bien en 2014 abrir sus bodegas de lingotes para mostrar que lo que tienen guardado ahí no es equivalente a lo que circula en la economía. 1

El corolario de esto es simple: el dinero es lo que sirve como dinero, es deuda que alguien te debe y los bancos centrales no pueden controlar la oferta de dinero -a lo sumo se podría decir que la intentan gobernar cuando está de buen humor (sic)—. Cuando no, cuando el mundo es inestable, la política monetaria de los bancos centrales se parece más al juego de las sillas de las fiestas infantiles: todos intentan adelantarse a las decisiones de los otros y el Banco Central de Estados Unidos pone y detiene la música bajo su conveniencia.

De todo esto la lección más importante es que el dinero es deuda. Por ello, de las tres funciones lo más determinante del dinero es que sirva como “unidad de reserva de valor”: no es lo mismo que te deba el Banco de Inglaterra a que te lo deba el mercado de trueque que imprime su propia moneda. Esto significa que lo importante es que el valor sea estable en el tiempo. Casi cualquier cosa puede servir para hacer transacciones o para medir otras cosas, pero pocas son estables en el tiempo. El oro y las cosas “preciosas” son estables en el tiempo y por eso la gente las acumula. Los pesos mexicanos no tanto y por eso eran un buen barómetro de las elecciones en Estados Unidos: cuando Trump ganaba un debate nuestra moneda se depreciaba y viceversa –nuestra moneda es muy sensible a los sentimientos tuiteros–. Por eso los bancos centrales acumulan lingotes de oro —y no pesos mexicanos—. Son estables. Si hay una crisis en Estados Unidos vemos flujos de capitales de países “dudosos” hacia países “seguros” o hacia activos “seguros” como las monedas fuertes y los metales preciosos. Es arbitrario, sí, pero es seguro. 

Ahora que ya di esta introducción​ ​más o menos grotesca puedo pasar  al fin de Bretton Woods (1944-1971). El fin de este periodo no solo marcó el fin de la época más dinámica del capitalismo sino el inicio de algo que en ciertos ámbitos se llama como la época del dinero fiduciario: el inicio del casino global según Eatwell y Taylor (2006). No estamos acá para comentar el siglo XX, pero lo importante de esto es que el fin de esta época marcó, según Massimo Pivetti (2010), el fin de las soberanías monetarias y todo esto tiene que ver con la reserva de valor. 

Paso a paso es mejor ver la historiografía que hay, pero grosso modo después de Bretton Woods vinieron amplios procesos de desregulación financiera. En unos años, las monedas se transformaron en objetivos de transacción, y de especulación, en un grado sin precedentes. La metáfora del concurso de belleza de Keynes se volvió un asunto de seguridad global. ​​Poco a poco, crisis tras crisis, se volvió evidente que los países habían perdido el control sobre el “canal de creación monetaria del sector externo”. Esto que es altamente técnico simplemente significa que con el fin de Bretton Woods empezó una época en la que no había candados para la especulación sobre las monedas: si un país presentaba signos de que iba a devaluar sus monedas entonces los especuladores se adelantaban. Revisen la crisis del vodka, de la samba, del tequila, del pisco (sic, esta última no existe), todas muestran este patrón en el que la especulación tumba una moneda, y sumerge a un país en una crisis.

La autonomía del banco central y su modelo de metas de inflación solo fueron una adaptación a un mundo en el que la mayoría de países, incluidos México, perdieron varios grados de libertad. Primero fue la ley de 1993 que cerró el financiamiento de Hacienda. Luego, con la crisis del tequila abandonamos la banda flotación y en el 95 adoptamos un tipo de cambio flexible. Luego en 2001 se materializó el nuevo esquema que cerró con la Ley de Responsabilidad Hacendaria en 2006. Estos cambios cerraron el canal de creación monetaria. Y obligan a una política fiscal hecha solo con sus magros recursos propios —provenientes de la pírrica recaudación fiscal—.

Hasta acá la historia usualmente es vista como un proceso de modernización. La autonomía y sus metas, con sus estatutos de transparencia, son algo así como el epítome del proceso de transición democrático en la gestión monetaria del país: el símbolo del inicio de una etapa moderna en la que el ogro filantrópico ya no puede disponer a sus anchas de la emisión de deuda para financiarse. Pero, ¿Qué hay de fondo? El control discrecional de un ente autónomo que le teme a todo lo que huela a inflación. Un ente autónomo que salió muchas veces a poner orden y límites a la subida del salario mínimo. Un ente que subastó dólares cuando caía el precio del petróleo y que solo se detuvo cuando unos “robots especuladores» lo anticiparon —una razón técnica y no social—. Un ente que se gobierna con sus propias reglas, en que su director debe ser bien recibido por otros expertos financieros o funcionarios devotos a este régimen, no un “economista moral” cómo se atrevió a sugerir el presidente en 2020. Un ente que intenta controlar la oferta de dinero a base de cortarle el financiamiento al fisco y de dar buenas impresiones en los mercados internacionales. Un ente fuera del control democrático —porque los legos ¿qué pueden saber de dinero?—

Hace días hacían bien en “bendecir” la autonomía —como escribieron en el UNIVERSAL—, pero ¿Por qué bendecirla? Porque ahí radica su poder: los mercados saben y esperan que el banco central siga el “sonido de las finanzas”, el mismo que ve con buenos ojos que el costo social del lento crecimiento cayera en los hombros de las familias que tienen que sobrevivir a una economía que a más de tres generaciones de cambios estructurales nomás no repunta. El mismo que ve con buenos ojos la permanencia de una arquitectura financiera global desregulada en la que muchos países tuvieron que ceder su soberanía monetaria. El mismo que es omiso al proceso de deflación salarial​​. El mismo al que hoy en día nos encomiamos. La catedral de naipes gobernada por obispos austeros -quizás son franciscanos- que hoy nos defiende de los “choques transitorios de oferta”. La catedral a la que nos encomendamos como un acto de fe ante estos “choques externos que distorsionan nuestra economía”. El mismo que año tras año nos ha ofrecido como carnita fresca, casi como tributo de un ritual narcosatanico, cuando la economía enferma y muestra síntomas de descomposición​. Una catedral despiadada, si, pero segura.

Es el apretón de cinturón que necesita la economía de vez en cuando. Afortunadamente tenemos esta cajita de hierro que nos recuerda cuando es necesario pagar por nuestros excesos que nos desviaron de nuestro verdadero propósito: lograr la “estabilidad macroeconómica” a costa de lo que sea. Una catedral que vigila por nosotros que no caigamos en la tentación, que nos libra de los males de la inflación. Pero, “hey, no es el banco, es la economía​, estúpido” -me imagino que me diría un banquero central​- ¡Amen!

 *Advertencia: en este texto usamos sin discreción los adjetivos siguiendo fielmente la tradición de la neo-patafísica del valor
**Panico sin acento se refiere al texto que escribió el economista para la Cepal y que funciona como una guía para nuevos lectores de la Política Monetaria en México. La referencia completa es: Panico, C. (2014). Política monetaria y derechos humanos: un enfoque metodológico y su aplicación a Costa Rica,Guatemala y México, CEPAL, Naciones Unidas, 2014-027, Octubre, LC/MEX/L.1162.
1. Pocas veces se pueden ver bodegas de lingotes de oro, acá una de ellas​


Economista por la Facultad de Economía de la UNAM y urbanista por El Colegio de México. Escribo de economía, de ciudades, de la noche y de escenas musicales.
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