Legión: capítulo 7, parte 1 de 3

Años pasaron para que Umberto le dijera que irían a su primer caso. Ya a mitad de la preparatoria, Santiago tenía otras preocupaciones a parte que la que ese día se le había puesto. Notaba que su cuerpo todavía no cambiaba, eso a pesar de que sus compañeros desde la secundaria presumían esos logros que no eran más que cuestiones meramente naturales: se la pasaban presumiendo tres o cuatro pelos que les salían en las axilas. Trataba siempre de no toparse con nadie en los baños al cambiarse para la extraclase, siempre que había alguien más, no podía dejar de observarlos en paños menores, sin embargo, eso era lo normal, pensaba él. Lo que no era normal era que ya en preparatoria ni un pelo, nada. Seguía teniendo el cuerpo lampiño de siempre, pero más estirado, y con la voz diferente.

Esas eran las preocupaciones de él en ese momento, nada fuera de lo común, eso a pesar de que ya se le había dicho en clases que cada uno maduraba a ritmos diferentes; él pesaba que, de alguna forma, se había quedado atrás, cosa que no le molestaba demasiado, sin embargo, se creía diferente. Diferente era también porque, mientras sus nuevos compañeros y amigos iban a fiestas a celebrar, salían con la novia y contaban sus primeras experiencias sexuales; él no tenía una amistad normal, pues su mejor amigo era mucho mayor que él, además de que no había logrado con nadie una conexión como la había tenido hace años con Matías. Lejos de serle doloroso en ese momento, era más una añoranza que, de vez en cuando, invadía su cabeza… pero nunca como esa noche: desde que despertó no dejó de pensar en él como esa vez que dejaron de verse, aún pequeños de secundaria.

No obstante, por ahora, había otras cosas por las qué preocuparse y, a decir verdad, estaba emocionado, muy nervioso, incluso ligeramente asustado. Sería la primera vez que iría con Umberto a un caso real, después de años de enseñanza teórica, llegaría por fin la oportunidad de poner las cosas en práctica, siempre bajo la tutela de su mejor amigo.

Santiago iba en el asiento del copilo del auto de Umberto, un auto ya clásico pero que había mantenido muy bien cuidado. De hecho, bien valdría más que la mayoría de los autos modernos que él conocía. En el asiento del copiloto, iba leyendo el caso de la escuela a la que irían, era viernes. La noche ya se había presentado casi completamente.

Al acabar de leer el breve reporte que Umberto preparó, que no abundaba mucho en los detalles de luces que se encendían solas por la noche, así como algunas risas en las canchas de basquetbol, Santiago volteó a la ventana y vio a través del cristal la ciudad que se preparaba para el inicio del fin de semana. No podía dejar de imaginarse a él mismo tomado de la mano con Matías, caminando por alguna calle, cuchicheando en algún aparador, compartiéndose confidencias, simplemente mostrando cada uno la parte que los definía como humanos.

En el radio sonaba una noticia, El joven Gillien Macías ha mostrado una vez más sus habilidades sobrenaturales al expulsar a un demonio fuera del cuerpo de una mujer que comenzó a tener un ataque en la iglesia…

–¿Lo conoces, Umberto?

–¿A quién, Santi?

–Al tal Gillien Macías.

–No, no he tenido el placer.

–Es que tiene mi edad y ya hace lo que yo llevo años estudiando para hacer… es como un James Bond de los curas… bueno, más bien, como Constantine.

Umberto sonríe.

–No sé qué tan fuertes o qué tan ciertas sean las habilidades de este tal Gillien, pero una cosa ya te he dicho al respecto, mi muchacho.

–Sí, sí… que esto no se presume, no se da a conocer, no es una cosa con la que debamos ganar dinero… sin embargo, la iglesia, me dijiste, va a pagarme por mis servicios.

–Sí, pero tú nota la diferencia: te van a pagar porque es un servicio que vas a prestar a Dios y a quienes en él creen; pero no quiere decir que vayas a estar en medio de los reflectores haciendo espectáculos de algo con lo que no deberíamos bromear. Al momento de buscar fama con algo como esto, las cosas se voltean en nuestra contra. Debemos tener un equilibrio con las fuerzas invisibles, y Dios no quiere que estemos dando actos dignos de circo. La salvación no es cuestión de circo.

–Sin embargo, ha de ser interesante eso de tener un poco de fama y que te respeten por lo que haces, ¿no?

–Creo que estás confundiendo la fama con el reconocimiento. La fama es solamente una explosión pasajera que se acaba tan pronto como llega: es fugaz como un parpadeo. El reconocimiento, si bien es silencioso, es mucho más constante, y ese puede durar hasta después de la vida.

–Eso también suena egoísta.

–Sí, lo sé, pero para nuestra finalidad, Santi, lo que más conviene es que mantengamos todo en secreto y que hagamos nuestras cosas sin alardear. Recuerda: el demonio también alardea, y cuando ve a alguien que abre la cola como pavorreal, sabe muy bien dónde meterse.

Santiago hace un gesto de asco pero sonriente.

–Qué interesante metáfora la tuya, Umberto… pero, a decir verdad, lo que acabas de decir, me parece más bien algo que yo disfrutaría.

Umberto rompe en risas al mismo tiempo que se detiene en un alto.

–Se me olvida eso de repente –voltea a verlo–. Sigues teniendo cara de bebé, Santi.

–Ay, ni me digas, que la secundaria la sufrí porque era de los poquitos que ni bigote tenía. Ahora en prepa nadie se fija en eso, pero igual, yo lo sé.

–Eso quiere decir que es un pensamiento recurrente que no necesitas. Tiempo al tiempo, mi muchacho.

–Sí, eso lo sé… Tampoco es como que esté muy emocionado por ponerme como hombre lobo.

–¿Para aullar por las noches?

–Y a raptar doncellas para comérmelas.

Umberto ríe una vez más, para arrancar pues el verde se ha iluminado de nuevo.

–Para ser honesto, Umberto –continúa Santi–, estoy realmente impresionado con la facilidad con la que logras tus cometidos.

–¿Cometidos? ¿Quién habla así? Qué oso, Santi.

–Esa palabra te la copié a ti, menso.

Umberto ríe.

–Bueno, ¿a qué cometidos te refieres, muchacho?

–Pues, ya sabes, o sea, mira, fuiste hoy con mis papás a decirles que su hijo iría a una escuela embrujada y que este sería el primer caso que enfrentaría de muchos, y ellos accedieron sin que tú dijeras nada más. Solamente dijeron que sí.

–Aunque, si te fijas, es agradable. Será como una pijamada.

–Sí, me gusta estar contigo, eres bien chido. Una pijamada tú, yo, y los fantasmas de la escuela.

–Habríamos de agradecerle a tus papás la confianza, ¿no?

–Sí que sí, confían plenamente en ti, lo cual también es muy chingón porque aquí estoy, mira, yendo a ver si la escuela fue construida sobre un cementerio indio.

–Eso no viene en el reporte.

–O sea, no, no viene, pero ya sabes, todas las escuelas siempre están construidas sobre cementerios y así.

–¡Ah! –ríe–, entiendo, ya entiendo. Solamente veremos qué hay. Me ayudarás a ver si es un caso de posesión o sólo algún espíritu que necesita ayuda.

–Me va a dar miedo, ¿verdad?

–Es lo mejor.

–Yo no te imaginaría asustado, Umberto.

–El miedo es tu sentido de supervivencia. Todos nos asustamos. Aquel que no, seguramente va a su fin.

–Bueno, definitivamente yo voy a estar a salvo entonces…

Umberto sonrió y llegaron: era una escuela secundaria como cualquier otra. La reja de entrada era de color rojo, una que el velador abrió luego de quitar un candado. Era un hombre rechoncho sin bigote, con una gorra negra, usaba un uniforme que era del mismo color de la noche, su mirada estaba cansada, sus labios eran gruesos y casi violáceos, la nariz era ancha y sus cejas eran una unidas por el medio. Umberto bajó la ventana y el guardia le dijo con su voz que no era grave, extrañamente gangosa, sin embargo.

–Estacione el auto adelante, yo lo alcanzo allá.

Umberto afirmó con la cabeza y avanzó. Del lado derecho de ambos había varios lugares de estacionamiento, una jardinera alargada con varios pasos para gente, y al otro lado el camino de salida. A la derecha había, primero, un edificio administrativo, avanzando, seguía un auditorio abierto, luego otro edificio que Santiago supuso salones escolares. Había dos canchas de basquetbol, y del lado contrario a donde ellos iban, salones, dos edificios perpendiculares de tres pisos. Así, pues dos lados de las canchas daban a los edificios, y los otros dos lados a las rejas que las separaban del estacionamiento. Avanzaron. Al final de los edificios y del lado alargado de la segunda cancha, había una jardinera con reja, otra zona de estacionamiento. Los salones estaban seguidos por una pequeña construcción que supusieron era la cafetería, y luego una gran cancha de futbol, y a los lados de la misma, más lugares de estacionamiento. Umberto aparcó en frente de la cafetería. Bajaron del auto. Sólo algunas lámparas grandes sobre los edificios alumbraban lo que tenían que alcanzaban, todos los salones lucían a oscuras y sólo una habitación estaba alumbrada, la de hasta arriba.

–Buenas noches –dijo el guardia acercándose.

–Buenas noches, hermano –contestó Umberto tendiéndole la mano.

–Hola –dijo Santiago saludándolo a su vez.

–Pensé que vendría solo, padre, a bendecir.

–Mi muchacho es el que tiene las habilidades que necesito para saber si bendiciendo es suficiente o hay que hacer algún otro tipo de ritual.

–¿Como qué, padre?

–Un exorcismo.

–¿Se pueden hacer exorcismos a los edificios?

–Sí, en efecto.

–Increíble.

–Podría indicarnos de nuevo qué es lo que sucede en el lugar.

–No pues, qué no sucede… los maestros han reportado que hay sillas y mesabancos que se mueven de lugar, libros que aparecen y desaparecen; en las noches que es mi turno, las luces de los salones se prenden solas, las puertas se abren, hay pasos y risas.

–¿Risas?

–Sí, ya sabe, como si estuvieran jugando algunas niñas. Siempre escucho niñas riendo en las noches.

–¿Hay alguna hora en específico?

–No, padre. En cuanto oscurece, esto parece una jungla.

Santiago voltea a ver de nuevo a los edificios. Lucen tenebrosos, además de ser una escuela, no hay nada más tenebroso que una escuela de por sí.

–¿Y qué hace el joven, padre? Si no es indiscreción…

–Él tiene una habilidad otorgada por nuestro señor –dice al mismo tiempo que voltea Santiago–, es clariaudiencia, puede escuchar cosas que los demás no. Hemos tenido experiencias y al parecer, lo buscan a él para decirle cosas. Así, nosotros tenemos diagnósticos más acertados respecto a lo que hay que hacer o no.

–¿Estás seguro, joven, que quieres quedarte aquí en la noche?

Santiago sintió una especie de preocupación, pero no por la situación de encontrarse en una escuela de noche, sino por lo que el hombre quería decir.

–Estaré bien, Umberto es mi amigo… mi mejor amigo. Entre los dos nos cuidamos las espaldas.

El guardia volteó sospechosamente hacia el padre, quien estaba con la mirada fija en la escuela. Entrecerró los ojos como si quisiera penetrarlo con la mirada, como si entrecerrando los ojos fuera a ver un poco más allá de lo evidente, de lo que se mostraba en sí. Santiago sintió un repentino coraje pero la mano sobre su hombro, la de Umberto, lo tranquilizó.

–Está bien, está bien. Dejé encendido donde se podrán quedar a dormir, son las oficinas administrativas de dirección. Mañana vendré temprano, seré el primero en llegar y ya me podrán decir qué fue lo que pasó. Nadie los molestará… nadie vivo, al menos. Buenas noches.

Se retiró luego de decir eso. Santiago tenía una mueca de disgusto, con el ceño ligeramente fruncido.

–¿Por qué no le dijiste nada, Umberto?

Casi con sorpresa, con las cejas arqueadas, Umberto volteó a su pequeño amigo. Lo vio fulgurante, con una energía fruto del enojo que casi lo podría haber contagiado. Se inclinó un poco ante el joven de preparatoria y le puso las manos sobre los hombros, lo vio a los ojos, y le dijo:

–¿Qué tenía que decir y al respecto de qué?

–Pues el guardia pensaba que el peligro no eran los fantasmas, sino tú.

–¿Y el guardia tenía razón en eso?

–Pues… no, obviamente no, tú eres como mi hermano mayor.

–Entonces, no había nada que pudiéramos decir. Dijéramos lo que dijéramos, él se quedaría con su idea, y nada se la quitará de la cabeza. Tal vez Dios en toda su fuerza, pero recuerda que él nos deja elegir por nosotros. Todo en su haber tiene una consecuencia, por más pequeña o funesta que sea. Tú tranquilo, mi muchacho, no hay por qué enojarse al respecto de la ignorancia de la gente. La gente no dejará de pensar o de ver las cosas de una u otra manera sólo porque aclaremos la realidad… ven, mejor ayúdame a bajar las cosas para empezar nuestra pijamada –terminó diciéndole con una sonrisa que, como siempre, en ese rostro tan amable y bondadoso, con esos ojos de ámbar tono miel, con esos dientes aperlados perfectos; lo hicieron sonreír a él, a Santi, agradecido con su amigo…

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