Legión: capítulo 7, parte 2 de 3

… –Entonces, no había nada que pudiéramos decir. Dijéramos lo que dijéramos, él se quedaría con su idea, y nada se la quitará de la cabeza. Tal vez Dios en toda su fuerza, pero recuerda que él nos deja elegir por nosotros. Todo en su haber tiene una consecuencia, por más pequeña o funesta que sea. Tú tranquilo, mi muchacho, no hay por qué enojarse al respecto de la ignorancia de la gente. La gente no dejará de pensar o de ver las cosas de una u otra manera sólo porque aclaremos la realidad… ven, mejor ayúdame a bajar las cosas para empezar nuestra pijamada –terminó diciéndole con una sonrisa que, como siempre, en ese rostro tan amable y bondadoso, con esos ojos de ámbar tono miel, con esos dientes aperlados perfectos; lo hicieron sonreír a él, a Santi, agradecido con su amigo…

Bajaron las cosas del auto y subieron los tres pisos.

–Bueno, al menos trabajando aquí ya tienes ejercicio incluido… nalgas de acero aseguradas. Debería ser esa una de las prestaciones de ley –dijo Santiago al llegar hasta arriba. Desde ahí se alcanzaba a ver todo: los dos edificios, las canchas, el campo de futbol, todo el estacionamiento.

Acomodaron las cosas dentro: bolsas para dormir, la comida que llevaban consistía más que nada en dulces y frituras, refresco, unas lámparas extra en caso de que no funcionara la electricidad, agua y sal benditas, rosarios, medallas de San Benito y otros artilugios religiosos de uso exclusivo de Umberto.

–¿Ya bendijiste las cosas, Umberto?

–En efecto, mi querido saltamontes, todo está listo. Hay que venir preparados.

Santiago estaba de pie en la puerta de entrada de las oficinas de dirección que estaban separadas en cubículos con paredes delgadas de un material poroso que medía un metro de altura más o menos, y lo demás puro cristal. Había cuatro computadoras, dos separadas en cubículos, y otras dos juntas en dos escritorios. Veía que todos los salones tenían muchas ventanas, que los muros de ladrillos blancos podrían ser de un metro y medio y lo demás eran ventanas que se desizan. Alcanzaba a ver libreros, adornos dentro de los salones, sillas, los pasillos oscuros con los barandales rojos, puertas que tenían los letreros de los monitos sin rostro de los baños, escaleras en puntos medios de los edificios… Nada fuera de lo normal.

–Uhm… en sí, todas las escuelas lucen tenebrosas por la noche, sin embargo, no hay nada, todo está muy tranquilo aquí –dijo Santiago para recostarse de lado sobre su bolsa de dormir. Observó a Umberto quien estaba acostado boca arriba viendo al techo. Santiago volteó al techo y no había nada–. ¿Ves algo, Umberto?

–No, nada, todo tranquilo.

–Te digo –dijo el más joven para acostarse también–, no creo que pase nada.

–¿No crees que pase nada o, más bien, no quieres que pase algo?

–¿Cómo?

–Estás nervioso, tienes miedo.

–Bueno, escuchaste lo que dijo el guardia…

Umberto volteó a él e, indicándole con la mano que fuera con él, le dijo:

–Ven, acércate.

Santiago reptó hacia su amigo, Umberto levantó el brazo y lo rodeó, lo invitó a recostarse sobre su torso. Santiago sintió una comodidad increíble. Umberto posó su mano sobre el pecho de su joven instruido, su mano quedó en su abdomen.

–No tienes nada de pancita –dijo haciéndole cosquillas a Santi.

–¡No, no, espera! –le dijo entre risas para luego relajarse los dos. Santiago no hubiera imaginado que esta sería la posición que adoptarían a lo largo de los años, y que siempre que lo harían, él se sentiría como ahora: pequeño y protegido. Ambos se quedaron en silencio viendo hacia arriba. Santiago se sentía casi hipnotizado por el movimiento firme y constante de la respiración de su amigo el grande. Puso su mano sobre la de su amigo, y se quedaron así, un momento, en silencio.

–Te estás olvidando de algo, mi joven pupilo…

Santiago se sintió caer de su pensamiento, no se estaba quedando dormido, solamente estaba ensoñándose en el recuerdo de Matías.

–¿Mande?

–¿Qué es lo que tienes que hacer tú para poder hacer lo que bien puedes?

–Ah, sí, la música… la pondré baja para poderte escuchar.

–Arre.

Santiago tomó el audífono que estaba asegurado al cuello de su playera y se lo puso en la oreja, luego puso reproducir a su música, y así comenzó: primero, poderosas guitarras eléctricas distorsionadas y, luego, la voz de Johan Hegg, Victory! We fought hard and prevailed. Brutally!

Santiago suspiró, tomó una goma de pandita, la masticó, la tragó, y cerró los ojos. No sería la primera vez que se quedaba dormido escuchando música de ese tipo.

Thousands of feet march to the beat, It’s an army on the march, Long way from home, Paying the price in young men’s live… El ritmo de la batería es profundo, es una canción de extrema tristeza que, al escucharla, Santiago se sintió sumamente atraído a esta, y la reproducía una y otra vez hasta que llegara el hartazgo. Pero este nunca llegó. Sin embargo, esta vez tenía algo extra, había algo que no había escuchado antes en la melodía, una percusión extra que salía de ritmo, que salía totalmente de lo que él conocía. Abrió los ojos. Estaba aún sobre su amigo, su cabeza seguía en su torso, y a pesar de ser muy elevado, como una almohada con mucho relleno, no le dolía el cuello.

–Umberto…

–Lo escucho también.

Santiago se quitó el audífono y escuchó con una gran claridad cómo botaban un balón afuera, un balón de basquetbol, con esa resonancia, esa repetición de eco tan característico, y parecía sonar más fuerte dado todo estaba en total silencio. Santiago se levantó y trató de quitarse lo encamorrado, se talló los ojos y vio que Umberto fue a la puerta y la abrió. El sonido del balón cesó al instante, no se escuchaba más. Umberto salió y se asomó tomándose del barandal, movió la cabeza a todos lados. El más joven se levantó y se puso su sudadera amarilla, por la cual, Umberto siempre le decía que parecía pollo. Volteó hacia su amigo el menor y le dijo:

–No hay nada, ni nadie.

Santiago sintió un escalofrío recorrerlo, a parte del frío que venía de fuera también. Se colocó una correa que tenía su lámpara. En sí, esa podía ir en la correa de la mochila, pero como no llevaría su mochila, se puso la correa y la lámpara. Tomó también su medalla de San Benito, su rosario, y agua mezclada con sal, una botellita. Umberto se regresó y tomó lo mismo, pero él tomó tres botellitas.

–¿Qué hacemos? –preguntó Santiago.

–¿Qué crees que deberíamos hacer, mi muchacho?

–Uhm… –emitió un gruñido. Sólo quería seguir durmiendo. Cerró los ojos y meneó negativamente la cabeza–, no sé… ¿ir a dar la vuelta?

Al abrir los ojos, vio que Umberto ya se había puesto su sudadera azul que Santiago le regaló de cumpleaños, una de cuello alto que lo hacía lucir incluso más en forma.

–En efecto. Es este tipo de casos, generalmente hay una fuente de donde viene la energía que sea. Necesitamos encontrar esa fuente para poder erradicarla en caso de ser necesario.

–¿Y si toda la escuela es la fuente?

–Entonces no importa dónde llevemos a cabo el ritual.

–¿Y cómo sabremos si esa energía es mala o no?

Umberto volteó a verlo y le dijo:

–Eso tú me lo vas a decir.

–¿Eso cómo lo sabré, entonces? Si es mala o no…

–Oh… Lo sabrás, créeme.

Santiago tragó saliva y se repuso, agitó la cabeza, estiró el cuello haciendo movimientos a los lados, al frente y atrás, y dijo inseguro:

–Bueno, vamos, Umberto.

Umberto notó un temblor en su voz, así como esta no sonó tan grave como lo haría en la normalidad. Y no es que Santi tuviera una voz grave, solamente que ahora parecía más aguda de lo normal.

–Siempre voy a estar contigo, ¿okey? No temas.

Santiago afirmó con la cabeza. Salieron. Santiago iba al frente, Umberto justo atrás, como un guardaespaldas.

–El audífono…

Santiago se sintió algo tonto al haber olvidado tal detalle, pero lo regresó a su oído, y escuchó.

–No hay nada…

–Lo sé… bajemos, vamos a recorrer los pasillos. Iré bendiciendo. Generalmente, este tipo de cosas funcionan… en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo –decía para echar un poco de agua bendita por donde iban pasando. Llegaron al segundo piso de salones, comenzaron a caminar a lo largo del mismo. De su lazo izquierdo, salones con ventanas que dejaban ver al interior oscurecido; del lado derecho, el barandal y la caída libre. Santiago no sabía qué era peor: que habían escuchado un balón inexistente botando, o el hecho de ir en los pasillos y que cualquier cosa podría aparecerse en cualquier momento. No quería voltear a los salones porque temía ver a alguien sentado, a alguien asomándose por la ventana, a alguien yendo hacia ellos. Todo le parecía hecho especialmente para dar miedo: la oscuridad imperante, la soledad, que ahora ya no escuchaban nada y la sugestión comenzaba a hacerlo sentir paranoico. Volteó hacia atrás. Ahí estaba Umberto, su amigo, bendiciendo.

–Recuerda, muchacho, reza.

Umberto le había dicho que las oraciones funcionaban como mantras, como los budistas haciendo ruidos de “oooommmmm”, que estos ruidos eran especiales porque producían ciertas vibraciones en su cuerpo y eso los ayudaba a abrir ciertos centros energéticos que ayudarían a quien buscara la iluminación. Asimismo, las oraciones tienen una fuerza de protección que va más allá de las palabras. Santiago siempre pensó que eran cuestiones de creencia: si alguien cree en el poder cualquiera de las oraciones, entonces estas van a tener uno u otro efecto en uno mismo, por eso se sentirían a salvo quienes así creyeran, por eso los exorcismos serían efectivos, porque el que se viera bajo la ayuda de un padre, por más en trance que estuviera, en alguna parte de su mente, estaría convencido de que esto funcionaría, así que pues, debía hacerlo. Ahora, sin embargo, Santiago nunca se había declarado un creyente pleno, y no creía tampoco que las palabras podrían hacer que un edificio cambiara de parecer puesto que no es un ser humano. Sin embargo, no le quedaba de otra. Comenzó, pues, a rezar en voz muy baja, y cierto aplomo sintió.

Estaban a punto de llegar al final del pasillo, bajaron dos escaloncitos: al final estaba el baño que estaba muy oscuro, y luego el pasillo se torcía en una vuelta a la derecha, donde había otros dos salones antes de estar las escaleras ahí para bajar al nivel inferior.

–Umberto…

–Dime, Santi.

–Quiero hacer del baño.

Umberto rio un poco en voz baja y dijo:

–Está en el frente, vamos.

Al llegar, vieron que el interruptor estaba al lado, y encendieron la luz.

–¿Te molestaría que vaya a bendecir los dos salones de al lado en lo que tú haces tus menesteres?

–¿Menesteres? Hablas como anciano –Umberto sonrió. Santiago sintió pena de decirle que no quería que se fuera, no quería mostrarse empequeñecido por la misión en la que estaban. Quería mostrarle que valía la pena y que no se había equivocado en su decisión de haberlo elegido como su ayudante y pupilo–… no hay problema, ve, yo hago mis… menesteres… y me lanzo contigo.

Umberto le guiñó el ojo y salió de los baños. Santiago, sin querer hacerlo, dio la media vuelta esperando ver algo, que su mirada periférica le avisara algo… pero no. A su derecha estaban los lavamanos, luego un muro cubierto de azulejos como los del suelo, seguían dos urinales, y luego dos inodoros individuales. Se fue a los urinales, separados. Recordó que los de su secundaria no estaban separados así, todos estaban a la vista de todos, por lo que no le gustaba usarlos, no había privacidad al momento de orinar, sin embargo, continuamente estaba tentado a voltear, y algunas veces lo hizo. Entonces sacó su miembro y se dio cuenta que no podía hacer del baño, por lo que pensó, No mames, Santiago, has del baño y ya, solamente es eso, ni que fuera tan difícil… bueno, es que es tan pequeño que no sale la pipí… no, qué bueno que no soy comediante, ni yo me hago sentir mejor.

Por fin pudo liberar el líquido y por un rato se concentró en su tarea y la luz se apagó. Sintió un escalofrío y luego miedo, pero supuso que había sido Umberto. Debía encontrar la explicación lógica a las cosas antes de las dogmáticas, eso siempre le había dicho su amigo el grande, que antes de lanzarse a crear teorías y premisas, debía encontrar la explicación natural de las cosas.

–No seas así, Umberto…

Escuchó que reía y encendía la luz de nuevo. Aunque su risa no era muy parecida a su risa, no le dio importancia, porque sabía que estaba asustado, así que eso sería el por qué no le parecía que la voz de Umberto fuera tal. Guardó su sexo, subió su cierre, caminó hacia los lavabos, dando la espalda a los escusados, cuando escuchó que jalaban la cadena de uno, echaban agua, y de nuevo comenzó a sentir un pánico creciente, no se podía mover y no quería voltear. Giró la cabeza lentamente junto con su cuerpo y dijo:

–¿Umberto?…

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