Literatura de lo enfermo

La literatura puede tener varios fines, como los políticos, los de protesta, denuncia, y un muy largo etcétera. A veces, también, aunque no lo creamos, puede tener como finalidad la de contar una historia, sólo eso. No hay matices, no hay mensajes escondidos. Así como Los Divinos de Restrepo es una evidente denuncia; hay otros que sólo quieren contar algo. Cada lector le da una interpretación diferente a lo que lee, y esa interpretación podría politizarlo todo, es cierto; pero hay que tener mucho cuidado. Como aquellos que creen que el libro es la forma de conocer al autor: ¿de verdad siempre será así? No. Si yo escribo de dragones, eso no me vuelve un dragón… ¿O sí?

Una de esas novelas cortas que sólo tienen como finalidad la de contar una historia es, justamente, La muerte en Venecia, de Thomas Mann. En todavía más pocas palabras de las que tiene este pequeño libro, trata las peripecias de Gustav von Aschenbach, un escritor de renombre. Es él un hombre maduro que ya ha vivido plenamente sus años, con una hija independiente, y sin ocupaciones urgentes, decide irse de vacaciones a Venecia. Sin embargo, ahí ve a alguien: un efebo que, en sus palabras, le roba la respiración y la vida. Vuelve al menor algo poco menos que un dios al que hay que alabar constantemente para poder vivir.

Esta es una lectura que se disfruta. Trata un tema filoso, la pedofilia, y justamente eso es lo primero que hay que mencionar. Al igual que Lolita, aquí es el enamoramiento de un hombre mayor por alguien poco experimentado. No es lo mismo: mientras que en Lolita hay una relación entre Humbert y su hijastra, en esta del escritor alemán, no hay una relación como tal entre el jovencito y el escritor.

La literatura permite esa libertad de, justamente, hablar de estos temas tabú, temas prohibidos. Al tomar la perspectiva del personaje, uno piensa en amor. El señor Humbert se enamoró de la niña, el señor Gustav se enamoró del polaquito. Es el amor lo que mueve el mundo. No confundamos: ambas novelas tratan de enfermedad, y eso es justamente lo que las vuelve remarcables. Podemos explorar la mente de alguien que tiene un problema, de alguien que siente una atracción insana. Al leer lo que Gustav siente y ve en Tadzio, el efebo, uno diría, “no pues, sí lo quiere”. Exacto: lo quiere, lo desea, lo ama porque es su objeto de placer. ¿Amor? Sólo desde la perspectiva del personaje, y la aceptamos sólo porque es una novela, pero no es una novela de amor: es una novela de enfermedad.

Como ya se mencionó, Gustav nunca pone un dedo encima de Tadzio. Este hecho de control sobre si mismo nos permite dilucidar dos cosas: sabe que está mal en su fijación y eso, justamente, vuelve más deseable al jovencito. Curioso que sea, justamente, un escritor. Podríamos pensar que este tipo de artistas buscan alcanzar la belleza incluso sabiendo que no lo podrán lograr porque las palabras, por más perfectas y aterrizadas a la realidad, por más incesantes y hermosas: nunca igualarán lo que sería el amor. Pensemos en “El amor en los tiempos del cólera”, increíble y bello, pero el sentimiento real sigue siendo inefable.

Tadzio es inalcanzable desde el inicio, y ese es el fin de Gustav. Gustav se encuentra en un malviaje de proporciones catastróficas. El simple hecho de haberse dado cuenta de la existencia del chavito, significa su muerte. El escritor, como tal, al tratar de encontrar las palabras, podrá tenerlas a la vista, pero jamás encontrar las que vuelvan lo que quiere decir, real, tangible. Así como Gustav se pierde y olvida lo que es en sí por ese objeto de su deseo inalcanzable, el escritor no podrá plasmar la belleza artística como tal, en un texto.

Habríamos de dar lugar a la discusión, entonces, de si el artista está bendecido o maldito. Es uno que puede tener la idea de lo que es bello, pero no puede obtenerlo. Así como Gustav pierde sin siquiera ponerle un dedo encima a Tadzio, el escritor no puede generar lo idealmente bello, porque las palabras no son suficientes. No es que el escritor de la novela no haya querido tener al efebo, pero aquí hay una problemática más: ¿Qué habría hecho con él?, ¿de verdad quería obtenerlo?

Gustav, luego de ver al jovencito polaco por ahí y por allá, poco a poco se va olvidando de todo: su profesión, lo que es, lo que ha logrado, incluso de sí mismo. Hay un juego mental en el que cree, porque no es nunca cierto, que Tadzio le regresa algunos guiños, un poco de jugueteo. La casualidad se vuelve voluntad y deseo recíproco. Gustav cae en ese error de pensar que todo, absolutamente todo, tiene una razón de ser, cree que lo aleatorio no existe. Por eso, de repente, antes del final, cree que el jovencito le regresa el gesto, y él se pierde creyendo que es así; pero no lo es. A pesar de perseguirlo, de enajenarse enteramente con el efebo; nunca lo obtiene. Pareciera ser que, en realidad, su eterna y constante búsqueda es, más bien, su verdadero objetivo. El constante deseo de alcanzarlo es lo que le da vitalidad. Alcanzarlo, significaría su muerte.

Y, bueno, podríamos darle incluso una profundidad psicológica a una novela muy corta que da mucho para hablar. Está tan sublimemente escrita que pareciera ser mucho más larga, en retrospectiva. Es una novela de deseo enfermizo, no de amor imposible. Hay que ser conscientes, al leer, de la naturaleza de los personajes. Sí, se pueden hallar metáforas, como la desarrollada en este texto sobre la búsqueda de la belleza literaria de un escritor y de su imposibilidad para lograrlo; pero sigue siendo, en la novela, un anciano que siente cosquillas en el uy-uy-uy por un jovencito.

La literatura es enfermiza: los que no se lo merecen parecen tener más oportunidad que los que sí, alcanzar algo realmente bello es imposible y, de todos modos, el escritor es masoquista porque le gusta el dolor de no lograr alcanzar su objeto de deseo. Así, “La muerte en Venecia”, es una novela de enfermedad, no de amor. No es un amor inalcanzable, sino la lucha constante entre el deseo y el conocimiento de que ese deseo es algo irremediablemente nefando. Es una enfermedad, pero no hay problema, porque en las letras todo se vale, porque es eso: literatura de lo enfermo.

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