Legión: capítulo 7, parte 3 de 3

–¿Umberto?

Se quitó el audífono y escuchó la voz ahuecada de su amigo orando afuera, tal como dijo, bendiciendo los salones en lo que él acababa. Entonces vio dos pies con zapatos negros y el pantalón gris, era todo lo que podía ver porque lo demás lo cubría el material con el que separaron los inodoros. Santiago comenzó a caminar hacia atrás a la vez que tomaba la medalla de San Benito. Sentía miedo, mucho miedo, se quedó mudo, no podría hablar, lo presentía, se le ahogó la voz; y comenzaba a temblar, el sudor era frío. Se dio cuenta, de repente, que hacía mucho frío en todo el lugar. Entonces, los pies flotaron, se separaron del suelo los dos, como si levantaran a la presunta persona y desaparecieron. Se volvió a apagar la luz. En una reacción instintiva dio la media vuelta, optó por salir corriendo, pero ahí estaba Umberto justo a dos pasos de la salida, por lo que Santiago se aferró a él, con los ojos bien apretados, y le dijo:

–¡Vámonos, vámonos por favor, Umberto, hay algo ahí dentro!

No le contestó. Tenía la cabeza volteada al lado, apretada a su amigo, su mirada dirigía a donde estaban los otros salones por los que no habían pasado aún, los que estaban siendo bendecidos. Santiago entreabrió los ojos y vio a su amigo, a Umberto dar la media vuelta y ver cómo su gesto se volvía de uno de tranquilidad a uno de perplejidad. Santiago ni siquiera pudo voltear hacia arriba: perdió la fuerza de las piernas, se doblaron solas, y cayó al suelo, mareado, todo le daba vueltas y no podía enfocar bien con la mirada. La sombra de Umberto se acercaba, pero él se sentía deslizarse. Sintió cómo el gorro de su sudadera se estiraba y lo jalaban de vuelta al baño, hasta que Umberto lo tomó de los pies y lo sacó. En el momento en que Umberto lo tocó, Santiago salió de su aletargamiento, sin embargo, del miedo, no podía gritar, y se aferró con mucha, mucha fuerza a su amigo, que ahora sí era el real. Lagrimeaba y lloraba. Umberto lo rodeó con sus brazos y le dijo:

–Tranquilo, mi muchacho, tranquilo, tranquilo… ya pasó, ya pasó. Aquí estoy.

–Me jaló… –dijo entre sollozos, casi sin voz.

–Lo sé, pero estoy aquí, te dije que nada malo te pasaría.

Empezaron a escuchar de nuevo el balón botar y, en toda la escuela, como una especie de resonancia, una repetición atorada en las paredes que ahora decidía salir, un sonido llevado por el viento fuerte que ulula cuando quiere asustar a alguien: una risa femenina, de una niña pequeña, una risa en todo el lugar.

Umberto ayudó a Santiago a levantarse y vieron un balón que era lanzado a una de las canastas, pero no había gente, no había nadie. Se repitió la risa de la niña, era como de una niña que disfruta de un momento agradable con sus amigas. Se acercaron al barandal para tratar de ver algo, a alguien, pero no había nada. Santiago regresó la mirada al baño y entre la oscuridad, justo en el muro donde estaba la entrada y la salida, algo se asomó. Sólo vio eso, una silueta sobresalir de la puerta, pero nada más. Sólo algo fugaz, algo que igual y se imaginó.

–Está en el baño –le dijo a Umberto aún asustado, con un fuertísimo escalofrío recorriendo su cuerpo. Umberto volteó al baño y no vio nada.

–No veo nada…

–Se está escondiendo, se asomó hace un momento.

–Cuando alguien se esconde, ¿por qué crees que sea, mi niño?

–Porque busca que no se enteren de lo que hizo, o hará, o de lo que tiene.

–Siempre que un ente se esconde, es malo: si no tienen una finalidad negativa, no tendrían por qué esconderse, eso recuérdalo todo el tiempo.

Entonces, Umberto se colocó frente a la entrada del baño, dejó a Santiago aferrado a él, y dijo:

–En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Persignándose, Santi dijo:

–Amén.

–Padre omnipotente que quiere que todos los hombres se salven esté con todos ustedes.

–Y con tu espíritu.

Las luces se apagaron, todas, lanzaron otro balón a la canasta. A lo lejos, desde el campo de futbol, escucharon que alguien gritaba, como si hubiera metido gol, un grito fuerte y emocionado.

–Ahora, hijo, a cada letanía que diga, debes contestar “Ten compasión de mí” –le dijo a Santiago, quien afirmó con la cabeza.

–Jesús, Hijo del Dios vivo.

–Ten compasión de mí.

–Jesús, imagen del Padre.

–Ten compasión de mí.

–Jesús, sabiduría eterna.

–Ten compasión de mí…

–Jesús, esplendor de la luz eterna… Jesús, Palabra de vida… Sacerdote… Jesús, pregonero del Reino de Dios… Jesús, camino, verdad y vida… Jesús, pan de Vida…Jesús, Vida verdadera… Jesús, hermano de los pobres… Jesús, amigo de los pecadores… Jesús, médico del alma y del cuerpo… Jesús, salvación de los oprimidos… Jesús, consuelo de los desamparados… Tú, que viniste a este mundo… Tú, que libraste a los oprimidos por el diablo… Tú, que estuviste colgado en la cruz… Tú, que aceptaste la muerte por nosotros… Tú, que yaciste en el sepulcro… Tú, que descendiste a los infiernos… Tú, que resucitaste de entre los muertos… Tú, que subiste a los cielos… Tú, que enviaste el Espíritu Santo a los apóstoles… Tú, que estás sentado a la derecha del Padre… Tú, que vendrás a juzgar a los vivos y muertos.

Y cada vez que Santi contestaba a la oración de su mejor amigo, sentía que un poco de calor iba propagándose al interior de él, de su corazón, una valentía que parecía provenir de las palabras comenzaba a aliviarlo, a curarlo, a hacerlo sentir seguro a pesar de que las puertas se abrían y se cerraban, que los gritos eran muchos, de niños emocionados, corriendo, había pasos que parecían ir hacia ellos, pasos muy acelerados; pero ninguno volteó atrás porque sabían que eso era un engaño. En medio de la oscuridad y en medio de lo que parecía un recreo escolar, Umberto continuó:

–Te exorcizo, todo espíritu inmundo, toda potestad de las tinieblas, toda embestida del infernal adversario, toda legión, congregación y secta diabólica, en el nombre y el poder de nuestro Señor Jesucristo, para que salgas y huyas fuera de la Iglesia de Dios y de los hombres creados a imagen de Dios y redimidos por la preciosa Sangre del Cordero divino. No te atrevas más, astuta serpiente, que engañas al género humano, persigues a la Iglesia de Dios, que sacudes y tamizas como al trigo a los elegidos de Dios. Te ordena el Dios altísimo, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, de quien te presumes semejante por tu gran soberbia. Te ordena Dios Padre, te ordena Dios Hijo, te ordena Dios Espíritu Santo. Te ordena Cristo, eterna Palabra hecha carne, quien por la salvación del género humano, perdido por tu envidia, se humilló a sí mismo hecho obediente hasta la muerte, que edificó su Iglesia sobre una piedra firme y manifestó que nunca las fuerzas del infierno prevalecerían contra ella, con la cual él mismo estará todos los días hasta la consumación del mundo. Te ordena el sacramento de la Cruz, y la fuerza de todos los misterios de la fe cristiana. Te ordena la excelsa Virgen María, Madre de Dios, que con su humildad aplastó tu cabeza soberbia desde el primer instante de su Inmaculada Concepción. Te ordena la fe de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de los demás Apóstoles. Te ordena la sangre de los Mártires y la piadosa intercesión de todos los Santos y Santas. Por tanto, legión diabólica, te conjuro por el Dios vivo, por el Dios verdadero, por el Dios santo, por el Dios que amó al mundo hasta dar a su Hijo Unigénito para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna: deja de engañar a las criaturas humanas, deja de infectarlas con el veneno de la perdición eterna, deja de dañar a la Iglesia, deja de echarle lazos a su libertad. Vete, Satanás, padre de la mentira, enemigo de la salvación humana. Deja el lugar a Cristo en quien nada de tus obras encontraste; deja el lugar a la Iglesia una, santa, católica y apostólica a la cual Cristo mismo adquirió con su Sangre. Humíllate bajo la potente mano de Dios, tiembla y huye, por el santo nombre de Jesús ante quien se estremecen temerosos los infiernos, y a quien están sujetos las Potestades y las Dominaciones, a quien alaban con incansables voces los Querubines y Serafines, diciendo: Santo, Santo, Santo, es el Señor, Dios de los ejércitos.

La luz regresó al acabar, y los ruidos cesaron por completo. El silencio reinó sólo interrumpido por los ruidos de ciudad tan comunes que los dos conocían de sobra:

–Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia y quisiste que fuera hijo de la luz, concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti. Por Cristo, nuestro Señor.

–Amén –acabó Santi para separarse de Umberto.

Regresaron y subieron a la oficina de vuelta, se quedaron recargados en el barandal. El cielo ya comenzaba a clarear. Entonces escucharon claramente como se cerraba una puerta y no hubo más ruido, sin embargo, no cualquier puerta: la que tenían justo atrás. Sin embargo, esta no se movió.

–Se acabó… –dijo Umberto suspirando. Se inclinó para quedar a la altura de Santi, quien aún lucía cansado–, hiciste un excelente trabajo, mi niño– le dijo pasando su mano sobre el cabello de Santiago–, un excelente trabajo.

–Pero casi me llevan y lloré.

–Es normal, es tu primera vez, sin embargo: no hablaste con el demonio, no dijiste nada, e incluso cuando estábamos en las letanías, nunca dejaste de contestar, y cuando escuchábamos los pasos venir de atrás, no volteaste, no diste al enemigo la oportunidad de atacar. Y eso quiere decir que has aprendido bien. Recuerda que nosotros no luchamos contra el demonio, es Dios quien lucha a través de nosotros, es Dios quien hace todo el trabajo. Nosotros somos sus enviados, nada más… –le sonríe–, nunca me he sentido tan orgulloso.

Santiago le sonríe de vuelta.

–Gracias, Umberto.

Vieron, ambos, que un auto iba por el estacionamiento. Era el guardia.

–Iré a dejarte a tu casa, esperemos que la siguiente pijamada no sea tan aterradora.

–Espero también eso, Umberto, quiero pasar un rato que no sea de clase, ni de miedo, contigo.

Umberto le revuelve el cabello.

–Ve a recoger las cosas, iré a explicarle al guardia lo que pasó.

Santiago comenzó a recoger y escuchó que su celular vibró. Vio que tenía un mensaje esperándolo desde la media noche. El mensaje cantaba: Hola, Santi. ¿Quién crees que va a regresar a vivir para allá? Espérame. Ya quiero verte, volveremos a estar juntos.

Santiago se quedó sin respiración por momentos, leyó el mensaje dos, tres, cuatro veces porque no creía lo que leía. Después de tres años, Matías regresaba. Sonrió y dijo para sí mismo:

–Matías…

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