Legión: capítulo 9, parte 1 de 4

–Hay uno que dice ser Lucifer…

Cuando Umberto le dijo que, por fin, entre tantos casos en los que él podría efectuar liberaciones, auxilio o simples favores a entes que no radican en una realidad que, desde hace muchos ayeres, no le parece la más tangible; Santiago dejó de hacer todo lo que tenía pendiente y se enfocó en esa nueva posesión.

Cuando de posesiones se trata, hay una instrucción que Umberto dictó desde que tomó mando en el país: cuando el demonio dijese ser Lucifer, aún cuando no lo fuera porque a ellos les gusta mentir, le tendrían que avisar a él para saber cómo canalizar el caso. Lucifer es, de entre todos, el más peligroso.

Umberto se lo explicó hace muchos años: cuando un demonio toma posesión de un cuerpo con la finalidad de dañar, hay medios humanos que pueden guiar a la liberación, la psicología entre estos, porque al suprimirse de cualquier forma la pulsión destructora, entonces el demonio mismo no ve finalidad en seguir en un cuerpo que no puede usar a libertad; sin embargo, Lucifer es una cosa distinta. Lucifer no posee para destruir, sino para jugar. Umberto se lo ejemplificó así: Dios es un administrador, lejos de ser un ente infinitamente bueno, se le ha dado ese calificativo porque establece el equilibrio que se ha roto. Cuando un demonio posee un cuerpo que no le pertenece, se rompe el equilibrio, entonces Dios entra en acción para sacarlo y, en el mejor de los casos, regresarlo hasta las profundidades tartáricas de las que salió; entonces se dice que es bueno, porque quiere reestablecer el equilibrio y la justicia. Pero, en ese caso, también decide quién va al cielo y quien no, decide un castigo, cosa que podría ser considerada no buena, no obstante, es justamente la que siempre ha tratado de cumplir y lo seguirá haciendo de la forma más eficiente.

Dios es un estricto maestro que no quiere un solo pelo fuera de lugar en las cabelleras de sus criaturas porque, sabe, el más mínimo desliz puede tener las peores consecuencias tanto para la criatura en cuestión, como para todos los que la rodean. Por eso, a veces piensa Santiago, eso de dar libertad de elección no fue tan buena idea, pero también debe ser decisión personal el querer ser bueno o malo, tanto como el dañado mental debe querer ayuda para poder encontrar la salud en su cabeza, pues de forma obligatoria, cualquier esfuerzo psicológico será estéril.

Lo opuesto a una acción disciplinaria, sería la de la travesura, y es ahí donde Lucifer entra en acción. Al tentar a Adán y Eva, dijo Umberto, no fue una cuestión de ver si ellos eran buenos o malos, sino de si eran capaces de romper las reglas que tan férreamente les habían sido impuestas justamente para poder encontrar el camino de la cristificación, que es el que siguió Jesús. El camino a la iluminación, en cualquier religión o creencia, está lleno de trabajo arduo; mientras que el del infierno, está lleno de diversión, libertad y flojera. Los pecados no radican en algo malo que puedas hacer, sino en romper la regla, en pervertir la finalidad de la misma, en acabar haciendo lo que la regla no te permite hacer.

Lucifer, al poseer, se divierte porque así rompe la obstinada disciplina que Dios querría que sus hijos tuvieran para ser como él, o como su hijo, para que puedan vencer a la muerte. Si rompes las reglas, mueres, pero mueres feliz; si no las rompes, vences a la muerte, pero según la perspectiva luciferiana, no eres feliz, no te diviertes. Es la adrenalina de romper una regla lo que le da poder a Lucifer, no el miedo, porque el miedo paraliza; la adrenalina activa y te hace buscar, encontrar y alcanzar tu finalidad, torcida podría ser, pero que te produce un bienestar por haberlo encontrado por ti mismo. Dios es un cúmulo de reglas por seguir para encontrar el punto más alto de bendición y bienestar; Lucifer es encontrar un punto cualquiera haciendo tú tus propias reglas aunque estas puedan resultar peligrosas, contradictorias, ineficaces o incluso dañinas.

Lo que Lucifer quiere, le dijo Umberto en sus clases, es alguien que se ponga al tú por tú con él, pero de forma inteligente. A él no le gusta ser expulsado de forma violenta, como lo sería el exorcismo, porque eso significa aplicar las reglas divinas.

Santiago le pide a Umberto que maneje porque quiere llegar concentrado, enfocado, descansado. Ya había retomado su rutina de ejercicio, había comenzado a comer mejor, a beber menos alcohol diariamente; se sentía en proceso de desintoxicación, y ahora iría, sí, a liberar a alguien, pero también a obtener respuestas.

–¿Crees que te recuerde? –Le pregunta Umberto, el hombre de edad, que todavía tiene la voz de poder, reflejos de ninja, y energía de niño pequeño para andar de un lado para el otro.

–No sé, fue hace muchos años… el caso de Roberto, de hecho. No creo que me recuerde, y sería conveniente, así podría de verdad investigar si es él o no.

–¿Ya tienes las preguntas hechas?

–Preguntas y el proceso para sacarle la verdad. Lucifer es muy, muy inteligente. Hay que estar al nivel… deberé engañarlo de alguna forma.

–Engañar al rey del engaño… eso suena bastante… se me fue la palabra.

–¿Ambicioso?

–¡Exacto! Mi muchacho sigue tiendo gran agudeza mental, eso me gusta, y quiere decir que estás listo.

–¿Con una simple palabra sabes si estoy agudo mentalmente o no? –Le pregunta Santi viéndolo con una sonrisa burlona.

–Yo tengo mis métodos, muchacho, y sé que funcionan.

–Nunca he dudado de ellos, mi buen amigo.

–Sin embargo –dice Umberto para detenerse en un semáforo–, no luces muy descansado. No has dormido bien, ¿verdad?

–A veces me impresiona lo bien que me conoces.

–Es una habilidad entrenada… ¿qué has estado haciendo?

–Viendo los videos de seguridad de mi casa.

–Santiago… ¿qué?

–No estoy viendo lo que pasó ese día, Umberto, no estoy loco… no podría verlos siquiera.

–¿Entonces?

–Veo lo que pasó antes de que Matías perdiera la cordura.

–¿Y has encontrado algo?

–A las tres de la mañana, del mismo día de aquello, hay un momento en que la grabación tiene un error.

–¿Cuál de todas las grabaciones? Hay varias cámaras en tu casa.

–En todas.

–¿Y qué hay?

–El segundo uno de las tres de la mañana dura más de un segundo.

–¿Cómo?

–Al dar las tres de la mañana exactamente, el segundero, lo que registra el tiempo, pasa más de un segundo para dar el primer segundo. Se queda en tres con ceros por más tiempo del que debería.

–¿Cambiaron las grabaciones? Pero eso sería imposible, o sea, son cámaras digitales, si fueran analógicas con casetes y así pues… entendería el error, pero ¿grabaciones en memorias internas? No sé qué tan probable o factible sea eso.

–¡Pero si mira! –Dice Santiago contento–, mi buen amigo está actualizado en las tecnologías.

–Pues estoy con un millennial, tengo que seguirte el paso.

Santiago ríe quedamente.

–Entonces… –dice Umberto–, ¿eso es todo?

–No, mi buen amigo, y de hecho quería pedirte un favor, tú que todo lo sabes, que todo lo conoces, que conoces a gente y pues… es uno de esos favores que necesitamos de expertos y a escondidas.

–Pídelo, hijo, y se te concederá.

Santiago levanta un poco la cadera, tiene muy adoloridas las nalgas por el ejercicio de gimnasio. Sabe que rápidamente recupera fuerza, volumen, y pierde grasa corporal; pero le duele todo el cuerpo. De su bolsillo trasero saca una bolsita de plástico, de esas herméticas, y la deja en el cenicero. Umberto le da una ojeada rápida pues va manejando, frunce el ceño, y le dice:

–¿Pelo?

–Cabello.

–¿De quién es?

–No sé, Umberto, es lo que necesito saber.

–Santiago, ¿de qué te serviría saber de quién es ese cabello? –Pregunta Umberto tratando de sonar flexible, pero decisivo, para así indicar decisión en la conclusión de su amigo y pupilo.

–Porque… –Santiago suspira, ve al frente y se siente perderse un poco, rememora, la culpa se vuelve un nudo en su estómago y en su garganta, pero no llorará. No es momento, debe llegar fuerte– porque he pensado y hay posibilidad de que yo haya entregado a Matías a ese demonio que torturaba a esa alma que liberé…

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