Legión: capítulo 9, parte 2 de 4

–Porque… –Santiago suspira, ve al frente y se siente perderse un poco, rememora, la culpa se vuelve un nudo en su estómago y en su garganta, pero no llorará. No es momento, debe llegar fuerte– porque he pensado y hay posibilidad de que yo haya entregado a Matías a ese demonio que torturaba a esa alma que liberé.

Ante lo confesado, Umberto da un frenón, un auto atrás suena el claxon enojado, pero logra reincorporarse al camino y a la velocidad indicada por la vía rápida.

–¡Santiago!… No… no puede ser. Tú… ¿por qué harías eso?

–No sé, no lo hice conscientemente.

–Tú no estás en calidad de poseído, yo lo sabría.

–¿Entonces qué puedo hacer? Es justamente por eso que quiero hablar con Lucifer antes de liberar el alma de hoy… necesito respuestas.

Umberto arquea las cejas y suspira también.

–Yo… yo investigaré eso, mi hijo, veré de quién es el cabello, pero el que tú mismo te estés culpando de algo como eso no es bueno, es veneno, Santiago, yo te conozco y sé que jamás, jamás harías eso.

–Pero qué tal si…

Umberto lo interrumpe.

–Si… si… No pienses en esa posibilidad, no hay lugar a eso.

–No habría otra forma en la que el demonio haya entrado tan rápido en Matías, eso si es que fue poseído.

–¿Crees que fue poseído?

–Si no ¿cómo explicarlo? Umberto, el caso fue… internacional. Una pareja homosexual que adopta, y años después uno de ellos revela su patología monstruosa… no, no puede ser así… no puede ser que se haya esperado para…

–¡Santiago! –Interrumpe Umberto. Santiago se talla los ojos y dice:

–Lo siento, es que… los medios nos destrozaron, Umberto, y no ayudó en nada que Gillien estuviera todo el tiempo diciendo cosas sobre nosotros los jotos desviados.

–Gillien es historia pasada, su vida de exorcista se acabó, es un fanfarrón, un charlatán… no te ocupes en esas cosas, hijo.

–Umberto… –dice Santiago para voltearlo a ver, aunque no recibe su amable mirada a cambio pues está manejando– Matías la… antes de dejarla sin vida… –silencio, no lo puede decir–… Como sea, luego se mató. Matías no hubiera hecho eso –dice regresando la mirada al frente, negando con la cabeza–, no lo pudo haber hecho. Él no, él no…

Umberto guarda silencio un rato y luego dice:

–Santiago –y luego pregunta con voz clara y sonante–: Cuando le diste el cabello al demonio de esa vez, ¿viste si era ese cabello que habías recolectado tú?

Santiago suspira, cierra los ojos, rememora, frunce el ceño y los vuelve a abrir:

–No puedo recordar.

Umberto vuelve a arquear las cejas, luego frunce el ceño, reflexionando, tratando él de dilucidar algo, pero no lo logra tampoco.

–No pudiste haberlo hecho, Santiago, no eres así.

–No lo haría jamás, Umberto –dice volteando a la ventanilla–, yo amaba a Mati y a mi hija… los amaba con toda mi alma a los dos.

–Lo sé… lo sé –dice Umberto en susurro para dejarlo, a Santi, hundirse un poco en sus pensamientos y que se tranquilice.

Llegan a la iglesia, esta vez será en un templo, la mujer fue movida ahí para poder efectuar el exorcismo de forma más eficiente aunque no ha funcionado tan bien como todos lo hubieran querido. Una mujer de cincuenta años que comenzó el proceso de posesión escuchando que las puertas de su casa se abrían y se cerraban solas, la televisión se encendía por las noches a todo volumen, así como siempre que buscaba algo nunca lo encontraba, como sus aretes o joyería, y días después aparecían justo donde había buscado al inicio. Continuó vaticinando muertes de seres allegados, de su misma familia. A su hija le dijo que su novio moriría aplastado, y dos días después un tráiler no lo vio por el punto ciego y deshizo su auto compacto en la autopista; a su esposo le dijo que su mejor amigo moriría viendo las estrellas, y dos días después le cayó una maceta en la cabeza cuando iba caminando, por la noche, del trabajo a su casa.

Después, comenzó a mostrar síntomas de aversión a crucifijos, los quitaba de la casa y al tocarlos, en cuestión de minutos, notaba en las palmas de sus manos como si hubiera agarrado algo que la quemó, como si hubiera puesto sus manos sobre la plancha o sobre un sartén muy caliente. En una ocasión, estaba cocinando, y al ir su hija a la cocina para acompañarla, vio que todo estaba humeando sobre la estufa pero que no había fuego encendido, y aún así, todo hervía como si así fuera. También, pidió a su esposo que le ayudara porque sentía el cuello raro, sorpresa se llevaría él al llegar a su habitación, pues ella estaba sentada a la orilla de la cama dándole la espalda y observaba directamente a su esposo llegar, pues el cuello parecía no tener músculos, así que su cabeza cayó hacia atrás y lo recibió con una mueca burlona diciéndole, Ay, ya no te preocupes, ya no lo siento ni siquiera, y que, al empezar a reír desquiciadamente, el esposo creyó ver colmillos amarillos y putrefactos en lugar de sus dientes naturales.

Diferentes fenómenos fueron reportados y registrados en medios audiovisuales para aportar pruebas para llevar a cabo el exorcismo. Uno de ellos fue un video de su hija, era de madrugada e iba llegando de una fiesta y escuchó, antes de entrar a la casa, que su madre le decía, Qué bueno que llegaste, no podía dormir, mijita. Eso sucedió antes de encender la cámara del celular, y lo hizo para grabar a su madre que estaba en bata para dormir en el techo de su casa. En el video, que vio Santiago, se nota a ella, a la madre, en la oscuridad iluminada apenas por el alumbramiento público en un tono amarillento, los ojos de la señora brillaban reflejando los de la luz, a pesar de que estaba despejado el cielo sin el más mínimo rastro de nube alguna, no había estrellas, y la luna, que la hija aseguraba era luna llena, no estaba. Entonces, alcanzó a captar a la mamá parada de manos, viéndola directamente, torciendo el cuello inhumanamente para poder ver a su hija. Se escucha, en el video que ella grababa temblorosa, su llanto y su terror. Y si bien, eso parecía lo peor, ella, la mamá, comenzó a bajar por la pared lisa donde no había agujeros ni forma alguna de donde ella pudiera irse agarrando; en cambio, daba puñetazos a la pared que lograban romperla, a pesar de que era cemento, y así comenzó a bajar, siempre con los pies hacia arriba, de cabeza, sin dejar de ver directamente a la hija, dando la ilusión, que veía a quien el video observara. Las manos le acabaron despellejadas y sangrantes por haber bajado así.

En otra ocasión, el marido comenzó a escuchar ruidos, así que encendió su celular. Ahí están, se escuchaba él en la grabación, ahí están los golpes, vienen de arriba, sin embargo, mi mujer está… estaba aquí tejiendo, dijo para grabar una pequeña estancia donde había un estambre y una prenda a medio hacer. El marido se acercó al trabajo de ella y con una mano vio que el tejido tenía la forma de una cabeza de cabra con dos enormes cuernos curvos y sangraba, salía sangre de sus ojos. Se escuchó, entonces, por atrás, que la voz de su mujer entremezclada con otra que eran mil voces pero una al mismo tiempo, le dijo, Ay, Rogelio, ya te dije que no me gusta que veas mis bordados hasta que los acabe. Entonces volteó la grabación y ahí estaba ella, caminando, pero sobre el techo, y una vez más, con el cuello torcido de forma que no podría hacerlo un ser humano normal.

Comenzaron el exorcismo un par de meses atrás pero lejos de lograr mejorías, la paciente mostraba que no se rendía, los eventos sobrenaturales se volvían más frecuentes. Parecía ser invencible y que acabaría con la vida de ella pues no comía nada que no fuera tierra seca de maceta.

Santiago bajó del auto, y por la ventanilla le dijo a su mejor amigo:

–¿Te veo cuando acabe?

–Te veo cuando acabes, muchacho.

Santiago sonríe sin mostrar los dientes, sólo con los labios. Observa la iglesia que tiene un tinte de oscuridad, sus vitrales son todos color ámbar, cuando en realidad, no es así, además de que todos los ojos de las figuras de cristal son rojos pero, originalmente, no. Él lo sabía, le mandaron fotos de la iglesia también para que viera ese cambio también. Esos colores no son los reales. Hace frío desde aquí, desde donde está, y no quiere imaginarse el olor que va a encontrar una vez que entre. Saca su audífono, lo pone en su oído bueno, y deja que suene una canción, una de las que más energía le transmiten, porque hoy necesitará mucha de ésta para lograr su cometido. Musta-krakish, Musta-krakish, Musta-krakish (The time has come), Musta-krakish (To awaken him), Musta-krakish, Musta-krakish, Musta-krakish (I call upon the ancient lords of the underworld),Musta-krakish (To bring forth this beast and, awaken, awaken, awaken… y un gemido de dolor llega a su oído falto, un gemido muy alargado como de aquella persona que no quiere seguir de una forma, que quiere que algo cambie, pero no puede. Le recordó mucho a uno de Sara Goldfarb en la película de Réquiem por un sueño. Así, supo que venía en buen auxilio de un alma atormentada y adolecida ya por más tiempo del que debió ser.

Camina hacia la iglesia y puede ver que de los ojos de los vitrales parece escurrir un denso líquido, como aceite quemado, que debía parecer sangre o, al menos, eso supone Santiago. Pero no siente miedo y, muy al contrario, entra más decidido aún, pues sólo uno sería capaz de burlarse de esa forma, aunque aún habría de descubrirlo.

Justo afuera de la sacristía, lo espera un monaguillo con su hábito y su cabeza rapada. Santiago frunce el ceño, no piden eso en la iglesia.

–Qué bueno que ha venido.

Santiago confirma, no quiere dar ninguna herramienta para que Lucifer lo descubra a él antes de él descubrirlo. Engaño contra el engañoso, a Santiago le parece una buena técnica aunque también debe tener cuidado.

–Gracias, ¿comenzaron ya el ritual de esta noche?

–Los padres están tomando un descanso, al parecer la verdadera Sara ha regresado momentáneamente. Está tomando agua.

–Muy bien… voy a entrar ya.

–Pero… pero están descansando.

–No necesito padres, y Umberto ya ha avisado que yo trabajo solo.

–Sara es… bueno, Sara, no el demonio.

–Sí, y el demonio sabe engañar, cosa que no han entendido muy bien, al parecer –contesta Santiago cortés, pero decidido.

Salen los curas y él observa desde la puerta: en la habitación de la sacristía, atiborrada tanto con figuras e íconos religiosos que apenas y cabe la gente ahí. Espera a que todos salgan, haciendo a cada un movimiento de cabeza. Se da cuenta que la mujer lo observa fijamente. Sigue con su audífono y su música, alcanza a escuchar el mismo gemido otra vez, pero más fuerte, mucho más claro, una palabra no hablada implorando ayuda.

–Padre, gracias por venir –dice ella con su voz adolorida. Tiene la boca llena de algo negro, lodoso, como tierra, está tan delgada que parece que se va a romper, así como está amarrada de pies y manos a la cama. El cabello es ralo y apenas tiene, sólo costras, casi no le queda nada. Recuerda que en los videos tenía el cabello castaño, y ahora todo es canoso, al menos el poco que le queda. Los ojos los tiene hinchados y en enormes bolsas moradas por debajo, todo su rostro está como alargado, como si la hubieran estirado y ella fuera de plastilina. Cansada está, agotada, apenas puede mantenerse despierta, como si no hubiera dormido en semanas y semanas. Cosa real, por cierto. Tiene la boca abierta y la cabeza inclinada, de lado.

Santiago no contesta, camina a una silla que está al lado de la cama, apenas a unos centímetros de ella, no sin antes cerrar la puerta. Huele a orina y excremento. Ella lo sigue con la mirada sin sonreír.

–Padre, ayúdeme por favor.

Santiago no contesta y comienza a colocar sobre la mesa, sus frascos con agua bendita, sal, una biblia, el ritual romano, su medalla de San Benito y un rosario. Al ver la medalla, ella emite un gruñido casi inexistente, pero presente.

–Padre, ayúdeme por favor… ¿o sólo porque no tengo verga no me va a querer ayudar?

Santiago la observa de reojo, pero no contesta. Entonces voltea a silla para quedar frente a ella y simplemente la observa fijamente, sólo respira tranquilamente.

–He de admitir que usted debe ser muy inteligente o muy estúpido para entrar solo, ¿sabe? –Se percata Santiago que ahora su voz es más masculina, un toque masculino, pero no porque se haya engruesado o ella lo imite: su voz está entremezclada con otra apenas audible–, nadie debería hacerlo, todos necesitan ayuda.

Santiago, una vez más, la observa y solamente arquea una ceja, juzgando.

–¡Bah!, me encantaría tener una de esas vergas pequeñas, erectas y lampiñas como le gustan tanto a usted, padre, para que me ayude… aunque, bueno, le tengo una propuesta: ¿qué tal si le ofrezco al monaguillo de afuera? De seguro la tiene como le apasionan… rositas.

Santiago, sin contestar, solamente emitiendo una mueca de decepción, se inclina a la mesa donde tiene sus artilugios, mientras ella continúa.

–¿Y qué tal la familia, padre?, ¿todo bien? ¡Ah, no! –ríe burlonamente–, están muertos porque uno resultó ser un joto desviado.

En ese momento, fruto de un coraje que no quiso ocultar, así como de una emoción poderosa que nace en su estómago que tiene que suprimir pues, de no ser así, la habría golpeado directamente en el hocico; le echa y baña toda la cara con agua. Ella comienza a pegar poderosos gritos de dolor que se escucharían hasta afuera de la iglesia y en las cuadras circundantes. La boca se le estira tanto que Santiago piensa que se dislocaría, sus ojos se tornan blancos en su totalidad, se le cae la saliva, tuerce el cuello y escucha crujir, casi lo voltea 180 grados, gime de dolor no con la voz de mujer, sino con una masculina que es una y mil a la vez, la reconoce, Santiago está casi seguro de que es él. Afuera aporrean la puerta pero le cerró con seguro, así que no entrarán, tendrían que tumbarla. Cuando ella deja de gritar, él solamente la observa, apenas una mueca de disgusto y triunfo muestra.

–¡Todo está bajo control, descansen! –Dice Santiago a los de afuera sin dejar de verla. Ella lo ve con los ojos blanco, con esa mueca de dolor, con la boca como dislocada, de lado, y la piel quemada como si le hubiera echado ácido. Algo trata de articular pero la mandíbula no se le mueve. Ve cómo las pupilas van de arriba para abajo, y luego vuelven a bajar desde arriba, como si estuvieran girando una y otra vez. Entonces, Santiago se queda en silencio, arquea las cejas momentáneamente y lo observa con un gesto triunfal, ligeramente, como si esperara otra prueba. Voltea la cabeza al otro lado y un fuerte crujido de hueso suena, la boca se le regresa a su posición original, los ojos se inyectan de negro, totalmente, no sabe si hay pupila o si no, y le dice:

–¿Dónde están tus habilidades histriónicas, padre?, ¿sólo al ver pito te emocionas un poco?

Santiago toma la botella de plástico, que no tiene etiqueta, la pone frente a ella pero sin acercarse tanto, y le dice:

–Esto es agua embotellada, no agua bendita…

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