Vicente Huidobro: del temor a las pequeñas y frágiles miradas al olvido

OUROBOROS / VICENTE HUIDOBRO

Que Vicente Huidobro sea probablemente el poeta más misterioso de su época, nadie lo duda. Tampoco que es uno de los autores más profundos de una generación de artistas que apostó por la búsqueda del existencialismo a través de la poesía y, sobre todo, ese simbolismo enigmático que brindó a sus contemporáneos un insólito discurso estético.

Pero Huidobro es también una figura que asombra por el mérito de sostener una idea desigual sobre su obra, un hermetismo que sorprende por su belleza. No en vano se le considera el precursor del creacionismo —ese movimiento estético desconcertante que vino a cambiar el lirismo latinoamericano—, una especie de ídolo iniciático que no sólo definió un estilo, sino que lo dotó de una inusitada fuerza. El arte que se concibe así mismo restaurador e incluso, originario.

Innovadora y desconcertante, la obra de Huidobro es una singular combinación de talento, osadía y una rara sensibilidad que le permitió ser uno de los pioneros y renovadores de la poesía latinoamericana y poner a su natal Chile en el mapa de la nueva tendencia literaria de un siglo XX recién nacido. Huidobro asumió el papel de precursor de un tipo de poesía desconocida y encarnó toda la tendencia en la que se cimentó.

Tal vez se deba a que, con apenas veinte años cumplidos, Huidobro debuta con Ecos del alma (1911), el libro que además de definir su estilo, lo revela como una voz singular y sorprendente en la poesía latinoamericana. La juventud del poeta, sumada a su visión profundamente artística sobre la palabra como puente —hacia el infinito, hacia sí mismo— elabora toda una nueva propuesta.

Esa mirada insistente del poeta que admira la realidad, la analiza, la teme y la plasma no sólo en el preciosismo de su poesía —por descontado— sino, además, en su clara vocación de renovador insistente. Huidobro fue una bocanada de aire fresco en un género que, hasta entonces, parecía regodearse por demasiado tiempo en sus apreciables triunfos.

El Premio Cervantes José Manuel Caballero Bonald, analiza a Huidobro como un descubrimiento de lo que la poesía latinoamericana podía expresar —brindar, crear, construir— y a la vez, como el líder involuntario de un recorrido inédito del continente hacia un planteamiento literario original. Para Caballero, Huidobro no sólo renueva —lo hace desde el origen, casi por un asombroso accidente— sino que tiene la audacia de recorrer el proceso creativo poético como algo por completo singular.

Para el autor, Huidobro “Sondea en lo desconocido en busca de lo nuevo, un empeño que venía de Baudelaire y conduciría al creacionismo. Pero en La gruta del silencio, y sobre todo en la serie de cuartetos alejandrinos que jalonan el libro, se advierte todavía esa tonalidad simbólicamente visual que proviene del culto a la belleza de los parnasianos. Tal vez pueda afirmarse que el poeta atrabiliario, aturdido por la egolatría, experto en enigmas, ya intuía en 1913 que ‘toda poesía es un desafío a la razón”.

Sin duda, el mérito de Huidobro procede justamente de esa habilidad para encontrar la cualidad cosmopolita y universal en la poesía que elevó su capacidad expresiva a un nuevo nivel. Eso, a pesar de que la poesía tenía una clara connotación costumbrista y que se sostiene sobre un lirismo clásico tan refinado como elegante. No obstante, Huidobro tiene la habilidad de convertir su poesía en un vehículo para la expresión de cientos de matices, de elevarla más allá de lo académico para brindarle una lucidez crítica, que asombró a los críticos de su época, pero sobre todo al público lector —escaso pero leal— que encontró en Huidobro una propuesta estética delicada pero también poderosa.

Una audacia sobre el fondo y la forma que rápidamente le transformaron —al hombre, a sus poemas— en un símbolo de culto poético y en un epítome de lo que la poesía del continente podría llegar a ser.

Tal vez por ese motivo sorprende que Altazor (1931), seguramente la obra cumbre del poeta, nunca se reeditará en vida de su autor. Durante casi tres décadas, el libro permaneció oculto entre textos especializados y también, la curiosidad bibliográfica, como si el legado de Huidobro estuviera destinado a languidecer en medio del silencio.

Asombra porque el nombre de Huidobro siempre sinónimo de vanguardia, una búsqueda sistemática de lo innovador incluso y a pesar de las corrientes en contrario con las que tuvo que enfrentarse. Huidobro concebía la poesía como algo más reflejo de la realidad, un testimonio fidedigno de lo que le rodeaba. Una especie de rebelión silenciosa y profunda que le permitió crear un tipo de poesía revulsiva que aún resulta fresca y sorprendente.

El mérito del autor parece ser, por tanto, esa cualidad suya de construir una visión consecuente de lo que la realidad puede ser —en contraposición a lo que es— que sin duda es el elemento distintivo de su obra y lo que hace actual no sólo su expresión técnica sino también, el conjunto de visión poética.

Polémico, osado y precursor de todo tipo de miradas renovadas sobre la poesía, Huidobro logró sobrevivir al olvido, a las críticas y al temor que provocó su reconstrucción de la visión poética hispana. Como creador, asumió el papel de nuevo rostro de la poesía cuando todos los viejos ídolos parecieron caer con el nacimiento del siglo. Como innovador también, encontró una manera de abrirse espacio en ocasiones sofocantes de la tradición poética.

Una y otra vez, Huidobro demostró el poder de la palabra como puente hacia una idea más compleja de la existencia y además logró construir una idea extraordinaria sobre lo que la poesía puede ser. Casi noventa años después de su proeza, sus logros aún revisten enorme importancia y, sobre todo, sostienen toda una comprensión de la poesía que, gracias a su obra, tiene un enorme peso y profundidad. El aroma de esa aspiración a la belleza.

Como le recuerda el hispanista italiano Gabriele Morelli “Huidobro es un poeta de cristal. Su obra brilla por todas partes y tiene una alegría fascinadora. En toda su poesía hay un resplandor europeo que él cristaliza y desgrana con un juego pleno de gracia e inteligencia. Lo que más me sorprende de su obra es su diafanidad. Este poeta literario que siguió todas las modas de una época enmarañada y que se propuso desoír la solemnidad de la naturaleza, deja fluir a través de su poesía un constante canto de agua, un rumor de aire y hojas y una grave humanidad que se apodera por completo de sus penúltimos y últimos poemas”.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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