Legión: capítulo 9, parte 4 de 4

–Y qué hay de mi familia… ¿a ellos no los protegen?

Lucifer reflexiona y dice:

–¿Matías y la niña? Sí, están dentro del contrato.

–¿Entonces por qué le hizo eso? –Pregunta Santiago entre dientes. Lucifer se queda incomprensible y expectante.

–¿Perdón?

–Sabes perfectamente de lo que estoy hablando.

–Permíteme diferir…

–¡PUTA MADRE! –Grita Santiago para levantarse y azotar la silla contra el suelo, la rompe, luego se recarga, de espaldas, contra la pared, y lentamente se va tirando al suelo para llorar. Gemidos que trata de ahogar salen de su garganta. Sara-Lucifer lo observa con asco y detenimiento.

–Te aviso que lo que voy a hacer es para poder hablar contigo… de todos modos –dice observando fugazmente la medalla de San Benito–, no puedo pasar esa protección–. Se libera de las amarras, estas se desatan y rompen como si fueran de papel, y ella se sienta, con las piernas de hueso colgando desde la cama– ¿Qué pasó?

–A María, Matías la…

–No digas el nombre de ella de nuevo, por favor, es como si alguien metiera un taladro encendido en mi oreja… tengo dos, a diferencia de ti, pero duele… Ahora, entre todos los pervertidos y demás, Matías… –Satanás piensa un rato–, no, a la niña no le haría eso… –toma una mueca de incomprensión–, a la niña nunca… No, a nadie, él era un buen padre, tanto como tú. Un buen ser humano.

–Entonces, ¿quién lo obligó a hacerlo?

–Como te dije antes, joven… ya sé que eres adulto pero yo soy tan viejo que para mí todos son jóvenes, además tienes cara de bebé; Pero bueno, como te dije, era un acuerdo tácito, tú y tu familia eran respetados por eso.

–¿Quién lo hizo? –Le pregunta Santiago viéndolo a los ojos con gran coraje–, ¿quién lo poseyó para obligarlo a hacer eso?

Sara-Lucifer lo observa por momentos y le dice:

–Préstame tu celular.

–¿Qué?

–Voy a hablarle a la que sabe del tema.

–¿Lilith?

–¡Ay!, qué inteligente –le dice Sara-Lucifer con una mueca burlona.

–¿Le quieres hablar por celular? –Pregunta Santiago con una mueca de duda dibujada en el rostro.

–¡Es más fácil! Le puedo hablar por Ouija pero toma más tiempo. Anda…

Santiago le da su celular, ella-él lo toma y sopla, luego lo pone en su oído y dice:

–Lilith, mi amor, ven por favor.

Cuelga. Al instante la puerta se abre, que estaba cerrada por dentro, y entra un hombre tan atractivo para Santiago que casi se le olvida su penar y se quiere lanzar sobre él y recorrer con la lengua cada centímetro cuadrado de ese cuerpo, en especial, de ese sexo; pero las lágrimas le ganan.

–Pensé que Lilith era mujer…

–Lo soy –le dice el hombre con la voz femenina más sensual que jamás, incluso como homosexual, ha escuchado–, pero todos ven lo que quieren en mí, ya sabes, sexualmente… –luego frunce el ceño y dice–… ¿y este quién es?

–Te presento, Lilith, a Santiago, el Caronte del demonio.

Ella-él lo voltea a ver como si viera a una genuina celebridad.

–¡Entonces sí eres puñal! –No lo puede creer y su gesto resulta hasta cómico–, ¡guau!, es un honor.

–¿Por qué la llamaste? –Le pregunta Santiago a Sara-Satanás.

–Porque cada ángel caído tiene en su poder a los demonios que poseen ciertas características. Por ejemplo, Behemoth poseyó a Hitler, y Hitler hizo grandes cosas, y Behemoth significa…

–Enorme, grande –termina Santiago.

–En efecto. Esta posesión de la que hablas es primordialmente sexual así que es Lilith la que se encarga de ellas, y nada se nos pasa. No hay posesión de la que no estemos enterados.

–¿Por qué Matías hizo lo que hizo antes de matarse?

Lilith, el hombre, observa un rato, da una media vuelta en la habitación, y regresa.

–No hubo demonio que lo poseyera.

–¡Matías nunca hubiera hecho eso por sí mismo!

–Lo sé –dice ella-él con genuina preocupación. Observa fijamente a Lucifer–. Esto no fue hecho por nosotros.

Santiago voltea a Sara-Lucifer que pierde la mirada en algún punto de la habitación.

–Lo que te voy a decir es totalmente confidencial, sin embargo, tendrías que confirmarlo –Santiago se pone de pie y afirma con la cabeza muy seriamente–… Bien… Matías no lo haría, y Lilith dice que no hay demonio que lo haya hecho. Si tú estás en lo correcto, y Matías fue poseído, eso significa que no lo hizo un demonio.

–¿Cómo?

–No fue un demonio ni un ángel caído, fue… alguien más–dice Sara-Lucifer con cierto recelo–, alguien no maldito.

Santiago abre mucho los ojos y observa a lugares aleatorios en la habitación.

–Si no fue un caído o un maldito, no hay ser –dice Santiago–, que pueda poseer un cuerpo que no sea un… –observa directamente a Sara-Lucifer–… un bendito.

–Si este caso –dice Satanás cautelosamente– se trata de una posesión, no fue hecha por nadie de nosotros –dice con genuina consternación viendo a Lilith–… pronto habrá otro caído.

–¿Un ángel? ¿Y por qué un ángel poseería a mi Matías de esa forma?

–Es mi suposición, Santiago, sin embargo, no sabemos si es así… pero hay alguien que sí.

–¿Quién?

–Verás: Dios se encarga de juzgar, yo me encargo de jugar… pero hay una que se encarga de los muertos. No la vas encontrar fácilmente, debes ir a un lugar donde haya habido alguien que ya debía haber muerto pero que, de alguna forma, la libró. La Muerte es la única que te puede asegurar y decir la razón de la muerte de alguien. Y yo no sé si ella haga intercambios como los que tú haces con nosotros. Ella no puede interferir en el proceso de muerte, sólo actúa cuando alguien muere en sí.

Santiago simplemente no lo puede creer. La consternación hunde su rostro.

–O sea que debo encontrar a alguien que ya debió haber muerto pero que no lo ha hecho… eso es cualquiera… –dice Santiago.

–No –dice Sara-Satanás–, investiga en el sur, el último país colindando en la frontera sur. Dile a tu protector… sabrá él a qué me refiero. Ahí hay uno que debía morir hace cientos de años…

Santiago saca de su bolsillo trasero una bolsa transparente de plástico con un mechón de cabello.

–Este wey es un magnate con mucho dinero y un sistema de trata de blancas… es un regalo –termina Santiago diciendo a Sara-Lucifer.

Los padres y el monaguillo ven la luz del sol salir, cuando la puerta se abre, Santiago se arregla el cabello y dice:

–Amén y enhorabuena. Denle algo de comer, algo ligero, sopa de verdura, nada de carne. Su estómago no va a aguantar –dice para irse sin voltear atrás. Todos ven que ella, Sara, duerme tranquilamente como un ángel, mientras que en la pared se muestra la figura de Jesús, con sangre en costra, con cuernos, y una mueca burlona.

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