El origen de tu sangre

Foto: Max Muselmann en Unsplash

Fernando Galicia

Venimos de un pueblo del que ya sólo existe el nombre. Un lugar que los años castigaron por haber dado origen a nuestro apellido. En todo este tiempo no sabes cuántas veces quise contarte la historia que estás a punto de leer. Nunca encontré el modo. Mi propio padre tardó más de una década en revelarme nuestra procedencia. Y he de confesar que alguna vez tuve el propósito de ocultarte nuestra genealogía. Pero a la mala aprendí que andar sin conocer el propio origen es otra forma de vivir perdido.


Un día cualquiera de una época que me he esforzado en olvidar tu abuelo me llevó a un pueblo sumido en lo más lejano del bajío mexicano. Ahí, el aire descansaba sobre las cosas hasta casi detenerse por completo. Recuerdo que las raquíticas casas parecían estar por desmoronarse y los perros que deambulaban frente a ellas iban arrastrando los ojos como si los tuvieran amarrados al suelo. Apenas una noche antes él me anunció el viaje.

—Mañana vienes conmigo. Hay que madrugar. Nos vamos nomás amanezca.

Después de muchas horas en el calor de un camión en donde lo mismo viajaban hombres con olor a tierra requemada, gallinas que colgaban de cabeza o bultos de leña y carbón bajamos en medio de la carretera, justo donde comenzaba un caminito que abría una grieta por esa llana polvareda. Durante un buen rato anduvimos sin hablar por el pasaje pedregoso. El aire manso del sendero acariciaba el zacate seco en el suelo, sacándole un susurro que se asemejaba al sonido de una ausente y casi imposible lluvia. De pronto, el silencio se impuso. Tu abuelo iba delante de mí; uno solo de sus pasos abarcaba dos de los míos. Por momentos se detenía, regresaba su dura mirada y me esperaba, sin decir palabra. Al llegar al inicio del pueblo, señalado por una casa de paredes de adobe, volteó a verme y casi con murmullos, como si dudara de algo, dijo:

—Esto es San Pedro. Aquí está enterrado tu abuelo.

De tu bisabuelo, a través de mi padre y de mi propia carne, sólo sobrevivía el nombre. Entre las pláticas de gente mayor había oído menciones suyas en historias de caballos y pistolas, y cuando una vez de niño pregunté por él, la única respuesta que recibí fue una mirada de censura y reproche.

Retomamos nuestro recorrido rodeados del mismo silencio. Poderoso, el sol coloreaba nuestra carne. Una gota de sudor bajó por mi mejilla hasta alcanzar mis labios y un gusto salado quedó en mi boca. Esta vez mi padre caminaba más lento, tal vez sorprendido por la miseria del lugar. Algunos de los jacales tenían la puerta abierta y dentro, rodeados de sombra y humo, ancianos somnolientos agotaban su resto de vida. Poca gente andaba en las calles. Vimos pasar a un arriero a quien saludamos con una inclinación de cabeza. Creí escuchar a unas comadritas que tomaban el sol en una esquina y que desaparecieron detrás de la cortina que colgaba de una puerta.

—¿Ya vieron quiénes viene ahí? 

Muchos años antes tu abuelo había salido de aquel pueblo hacia la capital. Su madre falleció en el parto y él creció bajo el cobijo del curato. Su infancia no tuvo días alegres. Apenas cumplió la mayoría de edad abandonó San Pedro y nunca había vuelto. Por aquel entonces yo era un muchacho citadino, tal como tú, que recorría por primera vez un pasado hasta ese momento desconocido. Sin más familiares que mi padre, a mi sangre siempre la había supuesto sin origen ni historia.

Siguiendo aquel camino llegamos al mercado. No más de diez tenduchos con granos, verduras y utensilios para el campo. Tu abuelo se acercó a un puesto de flores y me entregó un ramo de gladiolas blancas. Cerca de ahí se levantaba la iglesia, un templo de paredes altas y oscuras que producían la única sombra a esa hora del día. Nos acercamos al portón. Tu abuelo llamó con lentos golpes hasta que el párroco del lugar nos abrió. No parecía molesto con nosotros por haberlo interrumpido, pero su voz sonaba con un cansancio añejado por largos años.

—Buenas, padre. Venimos al camposanto, a visitar a un difunto.

El cura se le quedó mirando, cerró la puerta y al poco rato salió de la penumbra con un juego de llaves en las manos. Rodeó la pared derecha del santuario. Lo seguimos. Al pasar por esa esquina mi padre se persignó e instintivamente yo lo imité. Del otro lado del templo una pequeña reja, algo carcomida por el óxido, marcaba el comienzo del panteón. Con un temblor en los dedos el párroco manejó una de las muchas llaves y empujó el hierro, revelando un páramo habitado por muertos y veladoras.

—Cuando salgan nada más le cierran bien.

Con pasos torpes dobló la esquina y nosotros entramos en aquel lugar, aún más desolado que el mismo pueblo. Las tumbas estaban desperdigadas por todas partes. Aun en el piso de los pasillos se podían leer nombres de difuntos. Yo caminaba intentando no calar ningún sepulcro. Seguí a mi padre. Mis pasos repitieron la invisible huella de los suyos. Encima de las lápidas había botes de lámina con ramos de flores ya marchitas y un olor nauseabundo surgía de varios de ellos. Muchas de las sepulturas eran apenas un montón de tierra coronado por un crucifijo. Llegamos a una orilla del cementerio y nos detuvimos frente a una tumba cubierta por una plancha de cemento, ya penetrada por varios tipos de herbaje. Escrito en ella estaba el nombre de mi abuelo, nuestro nombre.

Fernando Galicía.

1904-1937

Recuerdo de su esposa.

Extrañado, miré a tu abuelo. Él tenía la vista fija en la cruz de madera que ya empezaba a desmoronarse. El sol del mediodía le caía entero y le dibujaba sombras en las arrugas del rostro. Al sentir mi mirada volteó. Creí adivinar un gesto de duda en su cara. Luego de unos minutos de silencio, como si sopesara por adelantado sus palabras, empezó a contarme esta historia:

“A tu abuelo lo mataron en la fiesta de San Pedro. Lo ajusticiaron los federales. Lo fusilaron en el muro de acá afuera. Lo confundieron con un bandolero del mismo nombre que había matado a un guardia allá por Las Jacarandas. El pobre ni tiempo tuvo de entender qué le pasó.

“Era un buen hombre. Dicen que todos los días se despertaba antes de que clareara, almorzaba un taco de algo y salía al campo a labrar su tierra. Varias veces fue mayordomo del templo de San Pedro. Todos lo conocían. Respetaban su apellido.

“Años después me contaron que ese día de fiesta había ayudado a traer la banda de música y conseguir sillas para la gente que llegaba a la iglesia. Meses antes anduvo juntando las cooperaciones de la gente. También se encargó de apalabrar a los cueteros para la procesión. Ya ese mero día desde muy temprano estuvo atrejeando a los chamacos de aquí para allá y él mismo se acomidió a barrer el atrio del templo de Padre Jesús. Cuando ya no quedó nada más que hacer, bajó a su casa a limpiarse. Todos lo vieron asistir a la misa con su mejor sombrero en la mano. Luego, en la comida y en el baile en la plaza, se arrejuntó con varios de sus amigos y así estuvieron toda la tarde.

“Casi para amanecer una patrulla de federales a caballo llegó por el camino que está detrás de la barranca. Desde Ameca venían preguntando por tu abuelo, por Fernando Galicia. El norte que la gente les dio los trajo acá, a San Pedro. De un trancazo entraron a la casa que está al inicio del pueblo y sacaron a Epigmenio, el de los Gutiérrez, a punta de rifle y pistola.

—¡Llévanos a donde Fernando Galicia!

“Cuentan que del susto el pobre de Epigmenio quedó como trabado. Sólo reaccionó cuando le pegaron con la culata del rifle en las ancas. Aún sin saber qué pasaba, con los fusiles en su espalda, bajó por la calle principal hasta llegar a la plaza, justo enfrente de esta iglesia. Ya ahí Epigmenio dizque dijo:

—Fernando Galicia está ahí, en la fiesta, pero no seré yo su Judas.

“Quién sabe si eso realmente haya sido así. A fin de cuentas no importó. Todos lo conocían; era uno de los hombres más respetados de San Pedro. Cualquiera pudo señalarlo.

—¿Eres tú Fernando Galicia?

“Algo habrá respondido él, pero entre los jaloneos y gritos de los soldados nadie alcanzó a oír su respuesta.

“Sin explicarle nada, los federales lo apresaron y casi a rastras lo sacaron de la plaza. Ahí, el que parecía ser el jefe leyó el cargo por el que lo iban a matar.

—Fernando Galicia, se le fusilará por haber dado muerte a un oficial del ejército constitucionalista.

“Él se habrá dilatado en reaccionar. Sin perder la calma intentaría convencerlos de su error, diciéndoles que lo trasteaban por alguien más.

—¿Eres o no Fernando Galicia?

—Soy. Pero yo no maté a nadie.

“Mientras, el verdadero asesino estaba escondido en la barranca. Días después de las fiestas del quinto viernes llegó con dos de sus cómplices. Traían hambre en la panza y la sangre hinchada de pólvora. Tal vez se desanimaron al ver este pueblo rascuache, pero cuando miraron a una regia muchacha salir de la iglesia, quedaron como deslumbrados por su larga mata de cabello negro brillante. La siguieron y entraron en su hogar. Dispararon contra sus mayores, matándolos al instante. Entonces, al tiempo que los otros hacían guardia en la puerta, Fernando Galicia violó a la pobre mujer. En todo ese rato ella no dejó de llorar y gritar a la vez que miraba los cuerpos de sus padres. Cuando varios peones de la huerta de al lado llegaron con sus machetes, los asesinos ya habían huido.

“Si los federales no hubieran hecho ese equívoco y hubieran fusilado a Fernando Galicia, el criminal, nada de esto hubiera ocurrido. El otro Fernando Galicia, el bueno, siguió gritándoles su error aun frente al pelotón de fusilamiento.

—¡Yo no maté a ninguno! ¡Yo soy inocente!

“Afortunadamente no dejó hijos.

“Casi nueve meses después yo nací. Tu abuela nunca se pudo recuperar de aquel día y murió desangrada en el parto. Ni siquiera se preocupó en escoger mi nombre. El cura de entonces, sin pensar mucho en lo que hacía, me bautizó en honor de Fernando Galicia, el bueno”.

Cuando tu abuelo llegó a este punto de la historia noté que las palabras le salían como cuarteadas. Él seguía con la mirada fija en aquella lápida.

—Anda, ya vámonos— me dijo. Deja las flores en la tumba de ese pobre hombre. ♦️


Fernando Galicia. DF, 1988. Me interesa la narrativa y el ensayo. Editor fundador de La Hoja de Arena. Exinmunólogo. Escribo sobre comida en comeren.mx.

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