Estatua de AMLO: el estilo mexiquense en tiempos de la 4T

Foto: Eneas en Flickr

Arturo Rodríguez García / Notas Sin Pauta

Acaso el estilo mexiquense se nos presenta como un salto al pasado desbordado de acarreos, salamerías y comedimientos para el encumbramiento de un político en busca de trascendencia.

Para mayor precisión, el estilo del Valle de Toluca, territorio donde surgieron las políticas de control que se ejercen medrando en la necesidad y la miseria cuya dimensión se aprecia en el hecho de que las víctimas suelen estar dispuestas a los vítores, el cohetón, el viva-viva y la matraca, de manera directamente proporcional al reparto de mendrugos y alguna modesta dádiva.

Quizás por eso no sorprende tanto que Roberto Téllez Monroy, un político morenista cuya trayectoria se limitaba a dos cargos administrativos en la estructura gubernamental priísta mexiquense antes de ser presidente municipal de Atlacomulco, localidad epicentro de la veterana clase política priísta mexiquense, haya considerado una buena idea erigir una estatua del presidente Andrés Manuel López Obrador.

Uso y costumbre de un lugar que desde hace décadas es referente obligado de la oligarquía posrevolucionaria que, encumbrada en la política y los negocios que de esta emanan, se ha relacionado de manera feudal por la vía del parentesco político pero también de la muy artificial construcción de prosapias.

Botón de muestra: si se va de Atlacomulco a Toluca, hay que transitar por la vía Alfredo del Mazo, nombre que lleva el actual gobernador, persistente en la nomenclatura política pero también urbana, a través de cuatro generaciones.

El genearca y bisabuelo del hoy mandatario fue alcalde de Atlacomulco, el abuelo y el padre, gobernador como él. Y aun así, parece desproporcionado que 44 calles y al menos 93 espacios públicos (entre estos 10 avenidas, dos bulevares, 15 escuelas, un centro médico, dos mercados, un auditorio, cuatro colonias, dos deportivos y un distribuidor vial) se llamen Alfredo del Mazo, en el Estado de México.

La proclividad al narcisismo de los políticos mexiquenses no tiene parangón: si a alguien le parece demasiado la abundancia delmazista en la nomenclatura, debe saber que Carlos Hank le supera.

Más modestos los exgobernadores y cúpula peñanietista, siete calles se llaman Emilio Chuayffet; César Camacho Quiroz, es el nombre de tres escuelas, dos bibliotecas, un centro cultural, otro deportivo, un hospital y un asta bandera monumental, amén de varias calles. Son diez calles y un distribuidor vial que se llaman Ignacio Pichardo Pagaza.

Podemos seguir por el país: Manlio Fabio Beltrones tiene cinco vialidades en Sonora; en Hidalgo, se puede encontrar el cruce de las calles Jesús Murillo Karam con Miguel Ángel Osorio Chong; en Santiago Papasquiaro Durango, existe la calle Rosario Robles Berlanga y hay otra en Acapulco.

Volviendo a Téllez Girón, el cálculo fue desafortunado tratando de homenajear a un político, hoy presidente de México, cuya insistencia cotidiana contraría “la extravagancia” y la “lambisconería”, explícito en que no le anden erigiendo monumentos ni calles con su nombre… aunque por ahora tiene al menos cinco de esta últimas.

También mal cálculo política por el hecho previsible de haber colocado a su jefe político frente al episodio y polémica del derrumbe y la mutilación, que hasta ahora sólo contábamos sobre Vicente Fox cuya broncínea efigie fue derrumbada y mutilada en 2007 en Boca del Río, Veracruz.

En cualquier caso, edificación y derrumbe es signo de peligrosa exacerbación que mezcla el uso y la costumbre del poder con la muy actual polarización alentada por los dirigentes políticos porque ¿con que fin un político erige estatuas o nombra espacios públicos a su jefe político? Y aun peor ¿quién se ocupa de andar derrumbando y mutilando estatuas?

Arturo Rodriguez García

Creador del proyecto Notas Sin Pauta. Es además, reportero en el Semanario Proceso; realiza cápsulas de opinión en Grupo Fórmula y es podcaster en Convoy Network. Autor de los libros NL. Los traficantes del poder (Oficio EdicionEs. 2009), El regreso autoritario del PRI (Grigalbo. 2015) y Ecos del 68 (Proceso Ediciones. 2018).

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