Lolita: En el jardín del dolor, el miedo y la pura belleza

OUROBOROS / POR AGLAIA BERLUTTI

En uno de los pasajes más duros y desagradables de Lolita de Vladimir Nabokov, es cuando el narrador y personaje central Humbert Humbert describe la belleza mancillada de Lolita. Convertida en una mujer, embarazada y rota la imagen cristalizada en el ámbar del deseo perverso del personaje. La inquietud —casi repulsión— que el narrador experimenta ante la imagen rota de la delicada mezcla entre la belleza y el deseo.

La concepción más profunda de cómo Nabokov mostró los estratos más repugnantes y controvertidos de los sentimientos de Humbert, convertido en observador de su desgracia. También, al final, en una figura lóbrega rota por la necesidad insatisfecha. El personaje simboliza un recorrido oscuro hacia lo que separa el amor de la mera compulsión destructiva.

Por supuesto, toda la novela construye un mecanismo pulcro y doloroso para expresar la idea del deseo convertido en cierta densidad tenebrosa. Lolita es una nínfula y como toda criatura mítica de estatura metafórica, simboliza la relación retorcida entre el sexo, la seducción y lo prohibido. Nabokov describió a su personaje desde esa perspectiva y, de hecho, el peso del argumento se deriva de la capacidad de Lolita, para desdoblarse entre la fantasía de Humbert (que incluye su sublimación) y algo más incómodo que al escritor le lleva tiempo construir hasta lograrlo.

Las nínfulas, en toda su sobrecogedora noción de lo vulnerable como un veneno punzante, no es otra cosa que una provocación. Una idea que seguramente, también meditó Nabokov y que, además, con toda seguridad, fue lo que le permitió crear uno de los personajes más duros de toda la literatura Universal. La niña precoz —víctima, tentación irrealizable, centro motor de una obsesión desinhibida y devastadora— marcó un antes y un después en la literatura.

Como buena nínfula, la Lolita literaria sigue siendo un misterio, trágico y ambiguo como todos los misterios. La imagen trasciende incluso al ámbito literario. La Lolita —esa imagen constante del imaginario popular— insiste en esa belleza irrealizable e inalcanzable del mito. Pero también, en una rarísima mezcla de idealización, ira adolescente y quizás un elemento de pura y primitiva sexualidad.

En su aspecto más oscuro y desagradable, la nínfula es una peligrosa idealización de la posibilidad del abuso y algo más perverso. Aunque la nínfula mitológica es una criatura capaz de despertar todo tipo de deseo y por supuesto, basar y fundar su capacidad para la seducción a través de la necesidad insatisfecha, en realidad se trata de una forma de recrear el deseo corrosivo sobre lo irrealizable. El arte y la literatura parecen obsesionados con esa dulzura exquisita y tentadora, que nunca llegan a saborear, pero que representa el deseo exquisito.

Curiosamente, la nínfula representa cada vez el deseo insatisfecho. Una vez que se sacia, la Lolita se transforma en algo más terrenal, herido. La pérdida de la ternura, la ruptura de la belleza idílica y sofisticada que parece ser su estigma. Pero mientras lo es —radiante, frágil, hipnótica— La Lolita/nínfula representa la interpretación más antigua sobre la sexualidad que se tenga memoria: esa espléndida dulzura del fruto virgen, del no tocado, de la provocación en la manera de una mujer que, siendo una niña, ya roza con sutileza la madurez primaveral.

Nabokov reconstruyó el mito a la medida de los tiempos y también, quizás, intentando contener esa visión de lo absurdo, lo bello y lo perverso bajo una visión quebradiza y retorcida. De hecho, la obra no incluye obscenidades: a pesar de lo que pueda suponerse, el autor se cuidó muy bien de cualquier elemento que pudiera animar a la pedofilia o incluso el incesto.

Es en realidad, un análisis soterrado y demencial sobre la complejidad del deseo, el dolor de lo inalcanzable y la futilidad de la aspiración del hombre por la satisfacción emocional. En más de una ocasión se ha dicho que la verdadera controversia en torno al libro no se debió a la historia original sino a su posterior recreación como obra cinematográfica. La ambigüedad se transformó en insinuación, la sexualidad apenas sugerida en lujuria y el cuidadoso entramado que Nabokov ideó para su obra, se desplomó bajo la crudeza de lo evidente.

En otras palabras, esa deliciosa visión de Nabokov —tan parecida a la nínfula histórica— se transformó en algo casi vulgar. El misterio de Lolita —como libro y metáfora— dejó de estar oculto entre las páginas de un libro perturbador, pero profundamente alegórico y se hizo explícito —evidente, quizás hasta barato— a gran formato y a color.

Versiones de una mirada oscura al deseo

La cultura occidental —y sobre todo la norteamericana— pareció obsesionarse con la imagen: En Beautiful Girls (1996) de Ted Demme, la treceañera Natalie Portman —en una extraordinaria y perturbadora actuación— se convertía en el objeto del deseo platónico del treintañero Timothy Hutton, en un juego de símbolos que no rebasó lo que la rígida moral norteamericana considera aceptable, pero que sí, desconcertó a más de un espectador. 

Juliette Lewis —maravillosa actriz de errática carrera— creó toda una nueva versión sobre la Lolita, tomando la mano de Robert De Niro y llevándola a la boca para chupar su pulgar, en el remake de El cabo del miedo (1991) de Martin Scorsese. Una y otra, son extremos de la misma idea, análisis desconcertantes de la misma visión de lo núbil, la salud y la juventud deseable.

De hecho, la nueva Lolita Hollywoodense, carece de la extraña ambivalencia de su origen literario. La vulgaridad, más allá de la belleza y de hecho, la imagen barata de la sexualidad que sustituye al símbolo.

Más reciente, es la encarnación que construyó de la Lolita —la simbólica, más allá de la complejidad literaria y la vulgaridad cinematográfica— la artista austríaca Mercedes Helnwein. Escritora y cineasta, la artista parece profundamente consciente del poder transgresor de la Nínfula histórica y la figura de la adolescente perpetua. Y quizás, para explorar ambas visiones, la reestructuración del mito y la nueva interpretación de la idea de la juventud sexualizada, llevó a cabo una serie titulada Whistling Past The Graveyard, en la que explora de manera visual, exquisita y casi tétrica esa dulzura de la feminidad núbil y tentadora.

En sus representaciones, intenta plasmar lo que el estereotipo de la mujer joven culturalmente aceptado rechaza: esa fuerza y belleza de la primera juventud, ese miedo inquieto y, sobre todo, esa doliente fragilidad de la Lolita en un instante preciado de belleza. Un tipo de complejidad del mundo femenino que pocas veces se analiza —mucho menos se reinterpreta— y que crea toda una nueva perspectiva sobre el viejo mito de la sexualidad primaveral.

Lolita y lo perverso: una visión sobre el bien y el mal

Lolita es una historia escandalosa, pero más allá de eso, tiene la cualidad de obligar al lector a un cuestionamiento casi involuntario, incluso doloroso. El autor siente un enorme respeto hacia las historias: lo que leemos es lo que pudo imaginar, el mundo que creó para que sus personajes lo habitaran, en su inocencia o crueldad. Pero no brinda una opinión ni tampoco hacer menos crudo el planteamiento.

De hecho, es esa sordidez de lo intelectual —ese cuestionamiento duro y puro— lo que hace a la novela creíble, dura e incluso comprensible. El lector se convierte en un testigo involuntario —casi un cómplice silencioso— que debe aceptar, casi por las buenas, las motivaciones de ese Humbert Humbert, retorcido y tan humano.

Es esa ausencia de señalamiento y opinión lo que hace tan abrumadora la experiencia de la narración, que no ofrece —ni jamás tiene intención de hacerlo— un juicio de valor, una censura, una moraleja. Claro está, una historia como la de Lolita necesita ser reprobable, que la odiemos un poco, que podamos señalar el pecado y lamentarnos de su existencia para hacerla soportable.

Pero Nabokov se resiste a brindar esa última absolución: Lolita solo cuenta, no juzga, tampoco se mira a sí misma como una lección que se aprende, como una transgresión moral. Eso lo que irrita, preocupa quizá. Subyuga, sin duda. Pero el libro no puede evitar ser polémico y, de hecho, el debate sobre viejos y nuevos tabúes se entremezcla entre sí para justificar la mera existencia del texto. Como si se tratara de una batalla de ideas a medio digerir sobre el sexo —lo prohibido y los temores que engendra— la novela continúa sostenida a medias por una percepción sobre el dolor y lo improbable que continúa siendo de difícil análisis.

El debate se extiende en todas direcciones y puntos de vista, pero en esencia Humbert Humbert encarna la dualidad dolorosa y perpetúa del pecador. El periodista y crítico literario francés Bernard Pivot resumió el argumento casi con sencillez en su artículo La tribu apatride des Nabokov “Fuera de la mirada maníaca del señor Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, solo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Este es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa”.

Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul (Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía). Con estas palabras en apariencia románticas, Nabokov comienza el recorrido por una historia que continúa desafiando explicaciones sencillas. En ella confluyen lo moral, lo ético y lo que subyace bajo todo lo demás: puede ser el retrato de un pedófilo, obsesionado con sus propios demonios y que encuentra en la pequeña Dolores Haze el símbolo del deseo.

Pero también puede ser la historia de una niña corrompida que sobrevive a las paranoias de un pervertido. O puede ser la de la Lolita sádica que manipula y disfruta con el dolor de un hombre enfermo, inestable y destrozado por su propia incertidumbre. La autobiografía de un demente y un renacimiento en esa visión triste de la sexualidad como pérdida de la identidad. Todo eso puede ser Lolita, pero eso solo puede decirlo —traducirlo— el lector: el que tal vez se ve reflejado en esa oscuridad exquisita del relato, en la falibilidad de la naturaleza humana, en el temor que engendra toda debilidad.

El manuscrito original de la novela fue rechazado por al menos cuatro editoriales —la leyenda sobre el texto insiste que fueron más de diez— y al final, solamente Olympia Press de París decidió publicarla, el 15 de septiembre de 1955. El catálogo de la editorial incluía exclusivamente novelas eróticas y tal vez por ese motivo, la noción de Lolita como un texto sexual continúa siendo parte de su mito o, mejor dicho, de la percepción general sobre la historia como un hito en la forma como se concibe el erotismo en la actualidad.

No obstante, la historia es una revisión durísima sobre el miedo, el deseo y lo moral, todo en clave de un romance fragmentado que el autor narra desde un punto de vista cuestionable.

Es quizás una de las pocas novelas contemporáneas, capaz de hacerse preguntas directas sobre lo obsceno y, además, ridiculizar la moral con planteamientos intelectuales sobre el temor a la oscuridad de los deseos y la perversión. Sin sermones de por medio o mucho menos lecciones morales, Lolita es un peculiar recorrido por lo que consideramos moralmente aceptable. Con una prosa brillante, la estética se encuentra al servicio de esa insidiosa necesidad de señalar y cuestionar.

Como si el erotismo apenas sugerido, transformara la obra no en una mera mirada sexual sobre lo retorcido, sino en una forma de desafiar tabúes tan antiguos y complejos que difícilmente podemos rastrear su origen. La novela confronta, lucha contra lo evidente y al final, no es otra cosa que un reflejo de lo que somos, lo que tememos y lo que ocultamos bajo el refinamiento espiritual del que presume con tanta frecuencia nuestra cultura.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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