El fuego invisible que todo lo arrasa: la ultraviolencia en la literatura y el cine

OUROBOROS / AGLAIA BERLUTTI

En una de las escenas más aterradoras de Mandy (2018) de Panos Cosmatos, el horror se muestra como una mezcla de imágenes oníricas. El cielo toma un color violeta profundo, mientras que el de la sangre brilla en un profundo carmesí sobre los cuerpos de varios cadáveres tendidos en la tierra oscura, casi negra. Toda la construcción visual y de tensión de la escena, es una reflexión sobre los horrores escondidos. Un secreto dentro de un secreto que se hace más incómodo, a medida que Cosmatos sostiene su singular discurso sobre la ultraviolencia sofisticada.

Bajo su pátina de producto demencial e inclasificable, el argumento del filme hace un uso sofisticado que lleva el terror a una nueva percepción. También, analiza la crueldad y la violencia desde un punto de vista visceral en la que basa su efectividad.

Dividida en dos tramos bien diferenciados (una primera parte que se desliza bajo algunos clichés y parece destinada a la confusión y una segunda trepidante y perturbadora), Mandy tiene la capacidad de construir el miedo desde lo marginal. Resulta complicado describir un argumento basado en golpes de efecto, pero, sobre todo, en el análisis de lo terrorífico desde una perspectiva caótica y destructiva. En Mandy el miedo no es un elemento que se manifiesta de manera comprensible, sino un conjunto de ideas que se mezclan de manera confusa, pero al final, por completo efectiva.

La ultraviolencia —que el director explota hasta límites inauditos y que Nicolas Cage encarna con una actuación delirante— es un recurso entre tantos, para expresar una serie de planteamientos discordantes que convierten al guion en una combinación de temores paranoicos. Desde las teorías conspirativas sobre cultos y terrores secretos hasta la noción de la realidad quebradiza y al límite de la cordura. Todo bajo el rojo incandescente de la sangre y la perenne sensación de angustia abrumadora que Cosmatos suele brindar a sus películas.

La nueva mirada de la ultraviolencia contemporánea, es un recorrido a través de los parajes primitivos de la mente y el comportamiento humano. Algo que deja claro, pequeñas revisiones del tema tanto en la literatura, como en la televisión y el cine. Por supuesto, se trata de una idea controvertida. Por años, se ha insistido que la violencia, el gore y todas las representaciones del horror físico, encontró una frontera que le está llevando esfuerzos superar.

Una de las escritoras que insistió en el particular fue la recién fallecida Anne Rice, que en más de una ocasión ha declarado que la “censura” presiona a las historias que llegan a publicarse y no permite que todo tipo de narraciones transgresoras, durísimas y en ocasiones sorprendentes, lleguen a los estanquillos de la librería. 

Rice llegó a decir en el 2015 durante una conversación con Electric Literature que “Vivimos en una época que olvidó la verdadera fuerza de una historia que incomode y aterrorice” y que eso se debe a cierta tendencia a infravalorar a los que llamó “escritores despreciados”. Esa pléyade de autores dispuestos a correr riesgos y a enfrentar el límite de lo permisible y lo aceptable. De crear una nueva naturaleza del terror.

Coincidiendo con el alegato de Rice, la traducción al inglés de la novela La Vegetariana (2007) de la autora Han Kang vino a reivindicar justo el derecho de toda una nueva generación de escritores de romper tabúes y construir toda una percepción novedosa sobre la novela de género. Hay algo retorcido, doloroso, pero, sobre todo, intrigante en esta novela corta que intenta resumir el miedo y la depravación a un conjunto de imágenes desconcertantes y poderosas.

Una historia feroz, que elabora un nuevo concepto —quizás casi por accidente— de lo que puede ser la percepción sobre los pequeños monstruos privados que se asimilan a través de la conciencia. El resultado es una eficaz recreación de lo temible a través de lo privado, lo inverosímil y cierto cinismo sutil que convierte la historia en un símbolo alegórico de enorme profundidad.

Detrás de su título inofensivo, Han Kang analiza los pormenores y recovecos del miedo a través de una intrigante percepción sobre sus alcances e implicaciones. La escritora reflexiona sobre la muerte y la destrucción de la identidad renunciando a los clichés más habituales y avanzando hacia todo tipo de conceptos sobre la codicia, el deseo y la violencia.

La prosa impecable permite a la autora sostener un ritmo rápido y ágil: La narración está llena de descripciones brillantes, pero también, de un incesante diálogo introspectivo, que brinda a sus personajes una rara humanidad. Con su brillo cotidiano y sutil, la narración es una parábola sobre la transformación, el odio, pero también, sobre la violencia sugerida. Una mirada implacable acerca de lo que se esconde bajo la pátina de la obsesión cultural por la normalidad.

No obstante, Han Kang no se atiene a límites ni tampoco a lugares comunes para contar una historia plagada de todo tipo de símbolos sobre los horrores ocultos en la imaginación. Desde incómodas escenas sobre purgas, agresiones sexuales y el uso de la metáfora de los trastornos alimenticios como una forma de violación, la autora crea una mirada inusual sobre las relaciones de poder, los vínculos fraternos, pero, sobre todo, el miedo escondido en pequeños rituales cotidianos.

Las sangrientas escenas —algunas tan duras que lleva esfuerzos leerlas— meditan desde la periferia sobre la vida, la redención frustrada y una singular perspectiva sobre el miedo y la brutalidad. Pero no se trata de una revisión meditada sobre la crueldad o el horror: la escritora parece mucho más interesada en revelar los monstruos internos de sus personajes y construir a través de ellos símbolos sobre lo inanimado e invisible en cada uno de nosotros. Y lo logra, por momentos con tanta precisión que resulta angustioso en su durísima belleza.

Sensorial y llena de detalles profundamente sensuales, la novela humaniza el miedo y, además, lo dota de un lustre atractivo que hace aún más compleja su lectura. El lector se encuentra en la desconcertante disyuntiva de comprender la ultraviolencia y admirar sus límites como una forma de expresión de perpetua vitalidad.

Y es justo esa improbable combinación lo que hace que La Vegetariana sea un complejo mecanismo de relojería que se sostiene sobre sus virtudes y momentos bajos con un precario equilibrio. Desde las breves secuencias en cursivas que describen los pensamientos del personaje principal —monólogos inquietantes sobre la metamorfosis invisible hasta las afanosas descripciones de puños, la carne herida y la sangre, Han Kang logra una perfecta sincronía entre lo sugerido y lo evidente.

Entre ambas cosas, una historia tan retorcida que parece subvertir el orden de esa persistente sensación de urgencia y desazón que provoca la historia entera. Una mirada al horror del miedo, el dolor y los excesos que demuestra que el matiz sobre la violencia en el más retorcidos de sus aspectos tiene mucho que decir.

Los horrores del miedo y la sangre derramada

Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) acaba de asesinar por primera vez y corre despavorido a través de la oscuridad. La cámara le sigue con atención obsesiva: su figura empequeñecida entre la basura que se acumula bajo uno de los puentes de Gotham. Pero la oscuridad, está allí: hay algo descarnado en su sombra repetida en un monumental espectro sobre la pared a su derecha. Un monstruo que le persigue, pleno y macabro, flotando a su alrededor. El mal habita en la frágil belleza de la desesperación de este hombre desplomado en las fauces de su infierno íntimo. Una criatura despiadada, está a punto de nacer.

Todd Phillips convirtió a Joker (2019) en una alegoría sobre los monstruos que habitan al hombre corriente: una tan violenta, dolorosa y realista que inquieta por su atención al detalle y al miedo que destruye la razón. Por supuesto, no es la primera vez que un director observa con tanta atención al abismo: Martin Scorsese transformó Travis Brinkle (Robert De Niro) en una salvaje muestra de sufrimiento, locura y redención violenta, todo a la vez en el contexto de una ciudad a punto de estallar de pura desesperanza y miseria.

También lo hizo Joel Schumacher, que allá por el año 1993 meditaba sobre la furia del hombre común en la infravalorada Falling Down. Michael Douglas, con el aspecto inofensivo de un oficinista con el cabello cortado a cepillo, anteojos y un bolso lleno de armas de fuego, fue el primer símbolo de la maldad y la violencia urbana que no se justificó en pantalla, a pesar de que Schumacher brindó a la película de un final moral casi doloroso.

Pero la maldad estaba allí, al acecho. Y no la moral o la espiritual, sino de un tipo de transgresión primitiva muy cerca del miedo que asombró y desconcertó por partes iguales a la audiencia, que asistió a la sala para sorprenderse con un villano de la vida real, tan parecido al vecino con que se tropezaba a diario. Una máscara retorcida de la maldad cotidiana.

Milos Forman y Stanley Kubrick también exploraron el mal primigenio cultural, aunque desde perspectivas distintas. Kubrick dio vida al Alex DeLarge imaginado por Anthony Burgess, que, con el rostro de Malcolm McDowell, profundizó en el filme La Naranja Mecánica (1971) sobre la desazón contemporánea, la amoralidad y la destrucción del espíritu colectivo en favor de una individualidad monstruosa.

La película se convirtió en una mirada al absurdo existencial, un tributo al miedo convertido en reflexión sobre la naturaleza social y más allá de eso, en una mirada sobre el existencialismo aciago del pesimismo. Por otro lado, Forman lo hizo a través Randle Patrick McMurphy, ese símbolo del antihéroe escindido y roto que con el rostro Jack Nicholson convirtió a la película Atrapado sin salida (1976), en una meditada reflexión sobre la alienación social y la locura.

Para ambos directores, el mal era real, un hilo conductor entre los terrores más profundos colectivos y algo más doloroso, con el rostro de pequeños ídolos rotos al borde de una definición ambigua de lo maligno. Para bien o para mal, la locura se convirtió en un atributo para explorar la singularidad de la naturaleza humana y sus dolorosas implicaciones.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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