Legión: capítulo 12, parte 1 de 4

Van en avión esta vez.

Umberto se mostró preocupado todo el camino. Tenía aviso y le habían reportado el caso que Santiago quería investigar, pero no se lo había mencionado a él justamente porque le parecía de un peligro peculiar: Santiago está especializado en el exorcismo, no en la lucha con criaturas que se mantienen en secreto. Sin embargo, él tenía que saberlo: ¿por qué Matías hizo lo que hizo?

El caso no era nada sencillo. A partir de esto, una nueva oleada de debates se había generalizado en toda esa parte del globo terráqueo: la nueva familia, como se referían a ella en los medios de comunicación, ¿era segura como aparentaba? Un caso, uno solo, el de Matías, Santiago y la pequeña adoptada, comprobaba que toda la generalidad era una enferma. El estallido social se volvió incendiario como la pólvora: la lucha no era entre el estado y la ciudadanía, se había vuelto entra la ciudadanía contra un sector minoritario de la misma. En una apariencia de calma y de presunta aceptación, los crímenes y confrontamientos mostraban que no era así, que en realidad, nada estaba resuelto aún. Tal vez, al llevar a cabo lo que querían llevar a cabo, podrían ayudarlos a solucionar el misterio. Sin embargo, Umberto sabía: exponer en medios que Matías había sido poseído de alguna forma, le parecía totalmente fuera de lugar y no les sería factible; sin embargo, lo que sí podrían hacer era comunicar la información entre las altas esferas (así se refería Umberto a ese sector) y poder promover una forma de solución.

A Santiago se lo había comunicado el mismo Lucifer, quien lo había consultado con Lilith, quien según, tenía el control de todas las posesiones, o al menos, el conocimiento de ellas.

–Son muchos demonios, Santiago, no es posible que estén enterados de todas las posesiones, así como Dios tiene a sus siervos, los ángeles, tronos, serafines, y demás, para ayudarlo; por eso ellos se consultaron entre sí.

–Sin embargo, me dijo la verdad, ¿cierto? Acá hay un caso que necesita ser resuelto, y no sólo eso, sino que me podría ayudar a mí a saber que Matías no estaba… bueno, que no lo hizo él.

–No fue él, Santiago.

–¿Entonces qué lo hizo perder la cabeza, Umberto? Debió ser alguien con fuerza porque su alma, la de él, de Mati, a pesar de lo que me digas y de su situación, pues… era un alma pura, la más pura que he conocido. La más amorosa. ¿Tienes idea de quién pudo haber sido?

Umberto lo observa en silencio mientras esperan su equipaje y le contesta:

–No… no tengo idea.

Santiago suspira.

–Entonces, esto es necesario.

–Yo siempre estaré junto a ti, pero si ella llegase a presentarse, serás tú el que decida tu propio destino.

Santiago ve la maleta que ambos comparten para este tipo de viajes que no duran más de una semana y en la que ambos guardan sus pertenencias. La toma de la cinta giratoria y ambos caminan: Umberto en su hábito, provocando que la gente al verlo incline la cabeza respetuosamente como sin siquiera conocerlo supieran que es un gran ser; y él, Santi, arrastrando la maleta por las ruedas, mirando a todos lados. La mayoría de la gente es del color de la tierra fértil de México, y el calor es húmedo, muy intenso, muy fuerte. Pareciera que el agua flota aquí y no te permite respirar como tal, te lo complica, y no sudas, la capa húmeda es el agua, es como si estuvieran en un sauna todo el tiempo.

–Nunca había venido aquí.

–Lo sé, hijo, lo sé –dice Umberto preocupado.

–¿Qué tengo que considerar al confrontarme a ella?

–Eso si el monstruo por el que venimos no te la presenta antes de que tú se la presentes a él. Perdón, es que esto es algo que no pensé que estuviera en mi control el… eliminar a esta criatura.

–Sin embargo, te lo autorizaron.

–Pero no tengo poder si ella decide aparecerse.

Santiago suspira y le dice:

–Estoy listo, Umberto.

Umberto lo voltea a ver como un padre voltea a ver a su hijo, con esa necesidad de que sea que el mundo no es como el cree, que debe estar consciente del mucho cuidado que debe tener.

–No la veas a la cara. Nadie sabe qué es su cara. Cuando todos la ven, mueren. Para algunos la impresión es tan fuerte que, al verla, no cierran los ojos. Por eso hay gente que muere con los ojos abiertos, Santi. La muerte recoge personalmente a quien su tiempo en la Tierra ha llegado a su fin. Ella no se encarga de juzgar, ella solamente provoca el último respiro para que los verdaderos jueces, los verdaderos encargados de las almas, lleven a cabo su labor. La muerte se ve una vez en la vida, nadie puede regresar de ella, porque ella no lo permite.

–¿Ella está en todos lados al mismo tiempo? Me parece imposible que una sola haga todo, porque Dios tiene muchos ángeles para que lo ayuden con sus labores divinas.

–La muerte se mueve en el tiempo de forma distinta, para nosotros comprender de qué manera lo hace, diríamos que… va muy aceleradamente. Un segundo de nosotros, son mil eternidades para ella. Ella no se mueve a través del tiempo. Está en otro plano dimensional, por eso no la podemos ver ahora mismo pero, al verla, es porque ese momento fugaz es el de morir, ese paso de vida a muerte. Ahí ella viene a nuestra dimensión… es la mejor explicación que puedo darte, una aterrizada, por decir así, a nuestra burbuja epistémica.

–Entonces, si yo le hablo…

–Verás como si todo se paralizara, el mundo dejaría de girar para ti pero, en realidad, sería porque todo correría muy lento. No puedes detener ni el tiempo ni el movimiento, ella solamente lo hace mucho más rápido, por decir así.

–Si la veo…

–Te mueres. He sabido de algunos que la han contactado y no mueren porque no es su momento, pero sería preferible que no la vieras a la cara. Yo sé que estás decepcionado de todo y no encuentras sentido a casi nada de lo que antes te motivaba pero… hazlo por mí.

Al llegar afuera del aeropuerto, Santiago le pone la mano en el hombro a Umberto y le dice sin verlo a los ojos:

–Si no he hecho una pendejada, ha sido gracias a ti y a mi familia, amigo, así que no, no te voy a dejar solo en este mundo. No te voy a herir de esa manera.

Ven que un auto se estaciona: es una camioneta de carga de esas que sólo tienen una hilera de asientos adelante y atrás es un espacio al aire libre para transportar lo que sea. Está lleno de tierra negra. Santiago huele el aire que tiene un aroma particular: a lluvia, a pesar de que no hay nubes y no se siente el ambiente cargado en ese sentido, pero que sí tiene mucha humedad, las estrellas brillan y la vegetación es selvática. El hombre baja del auto y les dice:

–Buenas noches, soy Julión.

–Muy buenas noches, hermano Julión, somos Umberto y Santi.

–Un gran gusto en conocerlos –les dice dándoles la mano a uno y luego al otro–, yo los llevaré a donde se quedarán a dormir, es de las zonas más seguras. Vamos, sin pena.

Suben a la camioneta que vibra tanto como si fueran en una montaña rusa, traquetea y no tiene amortiguadores pues cada hoyo lo sienten en toda la columna vertebral. Santiago se preocupa fugazmente por su amigo pero sabe que ese señor es de hierro y que nada lo tumbaría. No conoce nada que lo pueda hacer ceder.

–Uy sí, es un feo caso, muy feo caso. Ya hemos tratado de ponernos más atentos. Comenzó con Lulú, la hija de don Manolo, siguió con Diana, la hija de don Pancho, y siguió con Luz, la hija de don Fernando. Hasta que no nos reunimos todos, pudimos ver el patrón, don Umberto: todas se hicieron amigas de una desconocida que a todos enamoró por su comportamiento, su dulzura y su forma de ser. Y poco a poco, mientras la desconocida se hacía más vital y fuerte, las niñas iban decayendo. Ya cuando las encontrábamos muertas, pobrecitas, ya no había más por hacer. Curioso caso el de todas: no tenían la cantidad de sangre que sus cuerpos deberían tener.

–Julión es enviado mío, personal, de la iglesia. Por eso no habla como todos los demás de aquí, mi hijo, para que no te sorprendas. También es exorcista.

–¿Es él Santiago, don Umberto? ¿El jovencito que escucha a los muertos?

–Él mismo.

–Qué gusto conocerlo, joven Santiago, y qué bien se ve usted. No sé si sepa pero generalmente los que nos dedicamos al exorcismo envejecemos prematuramente, pero los que nos vamos más allá… bueno, casi no morimos por causas naturales. Sin embargo, yo no he tenido suerte para cazar a este, pero tuve contacto con otro, y es él el que nos podría ayudar, sin embargo, necesitamos algo que pueda rastrear. Y es ahí donde usted entrará en acción, joven Santiago. Necesitamos encontrar el cuerpo de este espectro y acabar con él de una vez por todas.

–¿Cómo se supone que nos ayudará esta persona de la que usted me comenta?

–Cuando lo conozcan comprenderán. Deben tratarlo con cuidado, es muy, muy explosivo. Quiso ayudarnos porque digamos que yo le copié a usted, Santiago, esta cuestión del intercambio, de obtener algo a cambio de otra cosa. Yo le ofrezco a nuestro ayudante bolsas de sangre de hospital y él nos ayuda.

Santiago voltea frunciendo el ceño a Julión, a su denso mostacho tipo Emiliano Zapata, y sus facciones gruesas. Sudando todo el tiempo está el señor.

–¿Sangre?

–Es un hombre-lobo, joven Santiago. Nuestro contacto ayudante es un hombre-lobo. Ha olvidado su nombre así que nosotros nos referimos a él como Vulpes.

–¿Es un hombre-lobo?

–Debemos tener cuidado, siempre ir preparados con él pero hemos logrado que se apacigüe. No es raro, sin embargo, tengo entendido que tiene más de quinientos años con vida. Es normal que… no sé cómo decirlo sin que suene ofensivo… madurara, evolucionara. Nos ayuda con cuestiones de animales, linces, rateros, criminales; pero él rastrea. Necesitamos que huela algo del vampiro para poder llegar a él. Por alguna extraña razón, el vampiro no evolucionó como él, como Vulpes, sino que solamente hizo más eficiente su forma de ataque. Es muy sutil como habrás visto en el reporte.

Santiago lo recuerda, sí, y lo relacionó en seguida con Sheridan le Fanu. Una vampiresa homosexual, ¿quién lo diría?, pensó él.

–Entonces… el plan es que yo escuche y que eso nos lleve a algo que podamos usar para ubicar a la vampiresa.

–Exacto… ya la finalidad suya que tenga con lo que tenga que hacer pues lo llevará a cabo de la forma que más le parezca eficiente, joven Santiago. Tengo entendido que quiere hacer contacto con ella, la dama de negro. Así le llaman unos por aquí. Deberá ser muy preciso y muy valiente. No sé por qué pero de entre las cosas que dan miedo, la muerte ha de ser una de las que más pudor causan.

–He enfrentado cosas suficientemente tenebrosas, señor… vaya que sí.

–Yo nunca dudaría de alguien que Umberto tome en su santo regazo, sin embargo, manténgalo cerca todo el tiempo. Lo que aquí pasa es… singular.

–Yo estaré con él todo el tiempo –dice Umberto sin despegar la mirada del camino, concentrado, realmente enfocado–, no dejaré que nadie lastime a mi Santi.

Santiago siente una gran seguridad como si él, Umberto, fuera una fuente que emanara tal sensación con sólo estar a su lado…

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