Legión: capítulo 12, parte 2 de 4

Santiago siente una gran seguridad como si él, Umberto, fuera una fuente que emanara tal sensación con sólo estar a su lado.

No se quedan en la ciudad, se adentran por tres horas más en caminos de tierra suelta y húmeda, por varadas y riscos tan altos que un pequeño resbalón los llevaría a la muerte segura, la oscuridad es contrarrestada por una luz brillante que viene de la luna en cuarto creciente, todo está cubierto por una densa jungla y Julión maneja lentamente para evitar atropellar a cualquier animal que pueda cruzarse por su camino: eso haría que él se salga del mismo para evitar golpear al mismo. Las llantas continuamente se barren.

Ninguno de los copilotos logra cerrar los ojos porque, a pesar del cansancio del viaje, están atentos al camino pero, sobre todo, a la belleza sobrenatural que alcanzan a ver incluso en la oscuridad: Los árboles parecen, lejos de brazos de un dios primigenio oculto bajo la tierra, un campo floral para gigantes. La sinuosidad del camino les recuerda que a pesar de que el hombre tratara de adaptar sus rededores a lo que necesita, es el hombre quien acaba de sucumbir ante el poder de la naturaleza, el aire cargado de humedad es como respirar bajo el agua, permitiéndoles ver a los visitantes que sí pueden hacerlo, como sirenas; aunque, por desgracia, no pueden volar por los aires para lograrlo, tampoco pueden nadar, pero poco les faltaría. La noche es estrellada como de pintura, con un verdor oscuro en la tierra que los ofusca como un hechizo milenario. Los convence de siempre ir contemplando el paraje que, un poco avezado diría, es repetitivo, sólo son árboles y árboles por kilómetros a la redonda; pero entre esta uniformidad, alcanzan a ver que cada punto sobre el que sus ojos se ponen, ven algo único, como un libro que fueran leyendo, uno de imágenes surrealistas.

Llegan a sus moradas, cabañas entre la jungla, en el manglar; deciden dormir y mañana iniciar con sus labores. Hoy, Santiago no usa su audífono, quiere estar listo para el día siguiente, que podría ser muy, muy demandante.

Se despierta con una orquesta de sonidos que son tan poderosos en su tronar como las bandas de metal que tanto escucha: animales múltiples en todos lados, puede asegurar que los escucha gritando en su oído: monos, pájaros, criaturas rastreras. La seda sobre su cama ha impedido que mosquitos lo acabaran durante la noche, que le succionaran toda la sangre pues, le advirtieron, serían muchos y podría enfermar de alguna infección por su piquete. El sol pasa a través de los verdes y frondosos árboles, es como una especie de alfombra en el aire que deja pasar a través de resquicios vivos y movedizos la luz del gran astro para contemplar la tierra húmeda, la pequeña aldea que entre los árboles viven, entre gente que apenas cubre sus áreas pudendas y niños desnudos que corren de un lado para el otro, hombres avejentados con tatuajes negros, perforaciones en orejas, nariz y boca, con rudimentarias herramientas de madera con las que trabajan la tierra, cazan y recolectan el agua de la lluvia e incluso del rocío de los árboles y de la muy espesa vegetación circundante, miradas curiosas que se clavan en los visitantes y sus extrañas indumentarias con las que cubren sus cuerpos, con las que lo ahogan, en las que se bañan de sudor y se vuelven pesadas y los rozan. Santiago se da cuenta que está húmedo de todo el cuerpo, pero que no siente la garganta reseca como cuando duerme en su cama, en su hogar, no le afecta, porque aquí el calor es intenso a todas horas. Es como un camino principal serpenteante hecho por el uso, no con máquinas enormes de destrucción, algunas zonas con claros para, principalmente, ritos religiosos y agricultura, cabañas alrededor de este camino principal de madera todas, algunos instrumentos traídos de la civilización; pero, sobre todo, una especie de conexión con la naturaleza que Santiago no había visto en tal esplendor, con tal belleza; pero a la que no está acostumbrado. Ve los cuerpos de algunos hombres jóvenes y agradece que no use lo mismo que ellos pues verían que su deseo lo traiciona, como generalmente lo hace.

–¿Cómo amaneciste, Santiago?

–Todo esto parece como si estuviéramos en una pecera, Umberto.

–Es extraño, lo sé.

Al voltear a verlo, Santiago se saca una sorpresa mayúscula: Umberto no tiene su hábito de siempre, aquí sería suicida, además de que no es oficial lo que están haciendo. Ahora tiene un short y una playera sin mangas, además de una gorra para cubrir su rostro del sol. No había imaginado que así fuera por debajo del hábito: su buen amigo Umberto es puro músculo magro, nada de grasa, las venas saltadas bajo su piel, pero estético de cierta forma. Le sorprende mucho que a su edad siga teniendo esa figura tan atlética.

–¡Umberto!, no pensé que hicieras ejercicio… a tal nivel.

–No te preocupes, mi muchacho, no eres el único que va al gimnasio y así. Anda, vamos a conocer a la joven que tuvo el último contacto con la vampiresa.

–Voy por mi audífono, dame un instante.

Santiago va por su celular donde tiene la música guardada y su audífono único, su herramienta de trabajo más importante. Ya los esperaba Julión.

–En un rato desayunaremos, primero vamos con María. Ella fue la última… amiga, de la criatura. Podría darnos alguna información importante, o a ustedes. Creo que es importante que vean la realidad del caso. No es común saber de esto. Al rato iremos con Vulpes y con suficiente suerte ya Santiago habrá escuchado algo que nos lleve a saber dónde está el cuerpo de ella.

–¿La han nombrado de alguna forma? –Pregunta Umberto.

–Hija de perra, nada más.

Santiago sonríe. Escucha viento pero no lo siente. Voltea a la derecha y entre la densa jungla alcanza a ver el rostro de una niña asomándose. Regresa la mirada al frente y llegan a la cabaña de la familia. Están la madre, junto a la cama de su hija, el padre de familia ha ido a preparar de comer, el hermano menor está con él o seguramente jugando. Santiago clava la mirada en la joven que está en cama: a pesar de ser de piel oscura, la palidez la hace ver como una muerta, verdaderamente muerta. Está dormida. Todos entran en silencio.

–No se preocupen, está muy débil. No despertará… lleva un buen rato durmiendo, no despertará –dice su mamá.

Se acerca Santiago y acerca el rostro al cuello donde hay varios piquetes pero en parejas, son pequeños agujeros rodeados de hematomas, como de un centímetro y medio o dos de radio, y agujeros al centro de apenas unos milímetros. Varios de esos puntos, de esas entradas en pares, en el cuello y que iban más al pecho. Los labios y párpados amoratados de la joven la hacen lucir con especialmente tenebrosa. Como un cuerpo listo para ser preparado para el entierro. Santiago se aleja y sigue escuchando.

Hablan ellos de cómo ella conoció a una muchacha que llegó de entre la selva diciendo que estaba perdida y que no sabía cómo regresar a casa, por lo que pidió ayuda y rápidamente, en cuestión de días, unos pocos, se hizo muy amiga de su hija, sobre cómo siempre andaban juntas y siempre hacían sus labores la una con la otra. La visitante mostraba celos al ver a su hija con alguien más, ya fuera amiga, amigo, familiar; quien fuera. Además de que comenzó a menguar la salud de su hija, mientras que la extraña visitante ganaba más y más fuerza: la debilidad de su cuerpo crecía y crecía como si le pesara algo en los hombros, sus ojos eran amarillentos y su piel perdía color. Llegó un día en que no podía caminar y decidieron aislarla, temerosos de que fuera contagioso. Ese día, la visitante se enojó mucho de que no la dejaran estar con ella, y no se acercaba. Santiago vio una imagen religiosa y un crucifijo sobre la cabecera de la cama. Lograron que se mantuviera en ese débil estado, cuando llegaron los rumores de que a otras muchachas les había pasado lo mismo, de una joven que llegaba de entre la jungla diciendo que estaba perdida y rápidamente la adoptaban casi como una más de la familia. Todas las demás jóvenes que tenían contacto con esta misteriosa visitante, acababan muertas.

Santiago voltea a la entrada y ve a una joven como de la edad de la que está postrada en la cama. Se le queda viendo fijamente a él. Santiago voltea a la entrada y dice:

–¿Por qué ella no entra? –Pregunta a los de la cabaña. Voltean y no ven a nadie. Julión iba a decir algo pero Umberto le pide silencio con un ademán de manos, esperando acción de Santiago. Santi ve que del cuello de la joven aparecen puntos pequeños y rojos que empiezan a sudar sangre, a emitir sangre de forma exuberante, a borbotones, y así como la sangre sale de su cuerpo de cobre, ella pierde color más y más hasta quedar más pálida incluso de la que en cama se encuentra. Da la media vuelta y comienza a caminar lentamente. Santiago la persigue, seguido de Umberto y Julión. Santiago la sigue por entre la jungla. Ella camina casi como si flotara, las plantas y los árboles, las densas raíces no parecen entorpecerle el paso, casi las atraviesa, pero estas sí se mueven como si alguien físicamente consistente pasara por ahí para los demás que no la ven. Se adentran en la jungla casi tres kilómetros hasta que ella desaparece entre el verdor fulgoroso de la vegetación. Santiago ya no la puede ver y ni escuchar. Se queda de pie y ve a todo su alrededor. Ve que Umberto y Julión lo siguen y les dice:

–Desapareció… –voltea al suelo–, ayúdenme a buscar, debe haber algo por aquí.

Los tres bajan la mirada y comienzan a buscar en el suelo y Julión encuentra una vestimenta de mujer ahí, sin motivo alguno, entre dos plantas frutales. La levanta y Umberto dice:

–Bueno, ahí tenemos nuestra pista para que Vulpes nos ayude.

Comen tacos de huitlacoche. Santiago tuvo un poderoso recuerdo en el que Matías se burlaba diciendo que era un oso pensar que el hongo era una plaga cuando, en realidad, es un manjar. Al comer, con un chile endiablado que les dieron pero que Santi aceptó de muy buena manera, se acordó de eso con una sonrisa en los labios. Umberto se dio cuenta pero decidió dejarlo con su recuerdo y su memoria.

Al finalizar, cuando el calor aún es fuerte y el sol brilla entre la alfombra de copas de los árboles y la humedad sigue siendo casi suficiente para ahogarlos, Julión les indica que hay que partir porque el camino hacia Vulpes no es corto y, a parte, no saben cuánto tiempo estarán en la jungla. Nadie de la villa quiso acompañarlos, pero les dieron comida y utensilios que podrían utilizar en prácticas bolsas de cuero. Se enteraría Santiago después que eran de piel de mono. Sintió un poco de lástima por los animales, pero se enfocó en mejor tratar de seguir el paso de aquellos dos que, siendo mayores, parecían ser incansables. Santiago pensaba en la ironía del asunto, siendo el más joven, ser quien persigue y ser la razón por la que ellos aminoran el paso a momentos. No es fácil transportarse por estos lugares, y le parece una caminata que, de no ser por la densa vegetación, recorrerían en una tercera parte del tiempo. Deben estar atentos a todo pues hay multiplicidad de insectos y animales pequeños que pueden ser mortales. Julión les contó la historia de un antiguo hombre que fue con motivos de enseñanza religiosa, a otra villa, que decidió adentrarse un poco y encontró miel, pero que no sabía que era narcotizante. Se le paralizó el cuerpo, se quedó a medio camino, y una manta de hormigas llegó para comérselo. Encontraron sus restos un par de días después. No pueden asegurar si sufrió mucho o no, pero el simple hecho de imaginarse que sería consciente en media manera de que las hormigas poco a poco se lo van comiendo; a Santiago le pareció algo sumamente terrorífico. Se dio cuenta que no necesita fantasmas o muertos deambulantes en casonas para asustarse: la naturaleza le da los motivos necesarios también para no querer saber de esas cosas.

Caminan por tres horas aproximadamente cuando Julión dice viendo un excremento en el suelo:

–Estamos ya cerca de su territorio. Él nos encontrará, y si no quiere ser encontrado, no lo vamos a ver de ninguna manera. Siempre traigo un poco de lo que le gusta para que sepa que venimos en paz, sin embargo… –Les dio a cada uno una daga de plata–, si es necesario defenderse, háganlo. No hagan ningún movimiento brusco ni mucho menos comentarios respecto a su… apariencia. A pesar de ser más animal que humano, sigue teniendo orgullo. Es muy respetuoso, pero si lo molestan… no hay vuelta atrás.

En su mochila, Julión tenía una hielera pequeña. Saca una bolsa de sangre, la abre, vierte sangre en un trapo y cierra la bolsa. Pone el trapo amarrado en su mochila, y Sigue caminando. Van tras él.

Cosa a la que no está acostumbrada Santiago es el silencio: dada su extraña habilidad, siempre está escuchando música cuando trabaja, pero incluso cuando no, escucha música. No le gusta estar a solas con sus pensamientos que, últimamente, han sido más difíciles de controlar dado que no está la melodiosa voz de Matías para aplacarlos, ni tampoco está la voz de cristal de María Magdalena para llevarlo a la ensoñación. Santiago se da cuenta en seguida cuando hay silencio por dos cosas: porque le molesta y le eriza la piel por la ansiedad al escuchar a alguien masticar, por eso siempre tiene música al comer con alguien; y porque no le parece común tanto silencio, tomando en cuenta que parecía una sinfónica de animales y salvajismo al despertar. Ahora no hay nada.

–Demasiado silencio –dice Santiago malhumorado.

–Es porque está cerca, abran los ojos y estén muy, muy atentos…

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