La indocta intelectualidad

Foto por Volodymyr Hryshchenko en Unsplash

POR: EMMA RUBIO

Vivimos en una época en la que podemos saber mucho pero a la vez hacemos nada. Como decía Lao-Tse ¿de qué nos sirve saber esto o aquello si estamos lejos de comprender su sentido?  El conocimiento es un modo de relacionarnos con el ser, con el ser del mundo que nos rodea y con el nuestro. Hoy todo mundo se siente poseedor de la verdad al grado que también se sienten con la autoridad de desacreditar simplemente por intolerancia y sin fundamento alguno. La crítica real brilla por su ausencia, vivimos en el mundo de la doxa y esto no es un conocimiento en sentido estricto porque simplemente estamos ante la réplica de la doxa de la doxa de la doxa y así hasta que pasa su momento el cual siempre resulta efímero o como decía Bauman, líquido.

La crítica como bien lo explica Marina Garcés se despliega en una actividad múltiple que consiste en seleccionar, contrastar, verificar, desechar, relacionar o poner en contexto, entre otras. No sólo constata sino valida, no sólo acumula sino que interroga sobre el sentido de modo dinámico y contextualizado. (Garcés, 2017) como verán, nada de lo que vemos en mucho de la epidemia de columnas de opinión tienen que ver con esto, muchas de ellas sólo son textos en los cuales se busca denostar a otros, ridiculizar o simplemente elevar el propio ego para “demostrar” que se tiene  la razón. Paradójicamente vivimos en una época donde la razón es lo que más se anhela no desde el sentido cognitivo y Cartesiano sino desde una necesidad de reafirmase así mismo una valía de intelectualidad ficticia en el sentido de que ni siquiera se toma en cuenta a la razón en verdad, de lo contrario, habría debate, crítica y no una lucha de poder absurda entre opiniones muchas de ellas poco fundamentadas y sustentadas.

Habitamos con el privilegio de tener pocas restricciones de acceso al conocimiento pero sí hay muchos mecanismos de neutralización de la crítica tales como: la saturación de la atención, la segmentación de públicos, la estandarización de los lenguajes y la hegemonía del solucionismo. Es imposible que podamos formarnos opinión de todo lo que sucede a nuestro alrededor. Como dice Garcés, ese doble límite de la atención, la recepción de datos e informaciones y su elaboración en forma de opinión y de escenario desbordante nos lleva a una subjetividad desbordada. ( Garcés 2017) y justo esto, es lo que somete con mayor adhesión acrítica a la opinión, ideología, juicios de otros.

Ya que no podemos formarnos una opinión sobre todo lo que nos rodea, seguimos o nos apuntamos a las que otros nos ofrecen ya como decía, bien formateadas, sin la capacidad de someterlas a críticas porque, además, la crítica ahora parece haberse tornado en motivo reaccionario para generar una respuesta violenta en lugar de abrirse a un debate intelectual en donde se sustente y fundamente la postura que se escribió. Por tanto, vivimos en medio de muchas opiniones que resultan inoperantes.

Cada época y cada sociedad tiene sus formas de ignorancia y de ahí devienen sus formas de credulidad. La de nuestra época como bien dice la filósofa española es una época de “ignorancia ahogada en conocimientos que no pueden ser digeridos ni elaborados” Robert Pfaller filósofo vienés nos habla de una “ interpasividad”,  Slavoj Zizek retoma este concepto como un modo de actividad delegada que oculta la propia pasividad, más concretamente; en todo aquello que no hacemos, dejando que sea otro y normalmente es una máquina quien termina haciéndolo. Es como las fotocopias, que por haberlas hecho, ya no las llegaremos a leer nunca como bien dijo Umberto Eco respecto a los académicos. Hasta las películas o la música al descargarlas muchas veces ya ni las vemos o la escuchamos. Pues la máquina ya lo ha hecho por nosotros. Es una especie de relación sin relación que no genera ningún tipo de experiencia ni de comprensión. 

La pregunta que compete ahora es ¿acaso nos hemos vueltos todos una especie de semi especializados? La verdadera especialización realmente es más compleja y exigente, queda en manos de unos cuantos, mientras que lo que se produce en general, es una segmentación de saberes y de públicos. La trasversalidad que hoy experimentamos ya no conecta experiencias sino modos de funcionar y en este ámbito al que hoy me refiero que es el de la opinión el cual domina minuto a minuto el sentido común del conjunto de la población gracias a las “benditas redes sociales” principalmente, vemos claramente la estandarización de lo pensable llevada al paroxismo.

Las opiniones se ofrecen una tras otra con una escenificación del conflicto según las audiencias pero siempre con el mismo presupuesto de fondo: que el hecho de tener una opinión neutraliza la exigencia de tener que ir un paso más allá para que pueda ser puesta en cuestión. Todas las opiniones valen lo mismo porque son eso: opiniones pero tal parece que para muchos es mas una especie de escaparate.

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