Sin mí la otra no existe

Foto Matthew Henry en Unsplash

POR: GWENN-AËLLE

Llegó a mi vida otra mujer. No sé si la odio, o nada más me pudre. Sé que indiferente no me deja, interviene en cada momento de mis días, hasta de mis noches, parce que su voz es la ley, a veces, demasiadas, no me permite hablar.

No la logro odiar, me hace falta mucha energía y parece estar de todas maneras al tanto de todos mis intentos por desterrarla, se yergue frente a mí, impasible y su mirada fría me detiene en cada intento. Pierdo, cuando está ella, mi capacidad de moverme, de hablar, hasta de pensar.

No sé si es bruja maligna, hada o diosa, no es posible que sea humana, su omnipresencia la delata.

Lleva años atando mis manos, lleva mis pies a tropezar con la nada, mis piernas le obedecen y de repente se doblan y mi mente… Mi mente a veces es otra, le pertenece.

Se instaló sigilosamente, al principio me causaba gracia, sus intervenciones parecían pusilánimes, casi infantiles y la dejé ser, ingenuamente.

Poco a poco su infantilismo perdió de su frescura, empezó a imitar los niños de las películas de suspenso y luego los de las películas de terror. Habla sin usar mecanismo oculto, se mueve sin hacer ruido y todo lo invade. Huele fuerte, mueve aire con aspaviento, todo sin sonrisa, ni siquiera alguna risa sardónica que me permitiría clasificarla de una vez por todas.

Ha ido cobrando color, peso, textura y la transparencia que al principio inducía mi confianza se ha ido pintando de humos tóxicos, me ahoga su presencia.

Pedí ayuda, claro.

Y fue como en los libros de susto, a la protagonista nadie le cree. Todo es exageración, paranoia y locura, la loca siempre he sido yo así que tantito más o tantito menos no se cuestiona, sobran los ejemplos, recuerdan todos el día que abandoné mi coche porque no sabía cómo regresar a casa o la vez en que hablé de más en una reunión familiar, y comentan del día en que se vio mi alcoholismo,-falso, pero tan obvio para quienes me critican sin fin.

Pedí ayuda otra vez, y otra.

Años de irla arrastrando, de solo verla yo, de sólo sentir yo su peso sobre mí. Años de provocar ira y descontento de mi gente, años de oírlos cuchichear o de sentir sus palabras llenas de hiel atravesar el espacio para herir mi rostro, mi pecho.

Pedí ayuda, por fuera, a otros. Y me escucharon. Unos a regañadientes, creo que me dieron el famoso avión sólo para quedar con la conciencia tranquila o para que saliera yo de sus vidas.

Y encontramos. Porque unos sí escucharon.

Sabemos de dónde viene la mujer, sabemos qué es. Sabemos, porque los que están ayudando conocen a gente de su familia, que aprovecha cualquier fisura en mi corazón, mi pecho, mi mente para inmiscuirse y tomar el mando. Sabemos que si tiemblo, me puede forzar a temblar más, que si tartamudeo, puede esconder aún más lejos mis palabras y que si lloro, cree que gana.

Sabemos por sobre todas las cosas que existe, que no, esta vez no esto loca, solo demente.

Soy Gwenn-Aëlle, y como en las famosas juntas de Alcohólicos Anónimos, intento sobrevivir un día a la vez, una puta noche a la vez, acusando a la otra de ser la que no quiero ser.

Aplico la oración de la serenidad cuando la logro recordar y si no por lo menos su esencia.

Soy Gwenn-Aëlle Louise Marcelle Folange Téry , tengo demencia fronto-temporal con y por cuerpos de Lewy, y parkinsonismo, entre otras putadas que parece que me he ganado dice la ley del Karma.

Gwenn-Aëlle es Ángel Blanco, llevo ese nombre porque mi papa me vi como un regalo de los ángeles.

Louise es por una de mis abuelas que no era la mujer más linda del mundo, era terca y cabrona.

Marcelle por mi otra abuela, que no conocí pero que vuela a mi rescate  absolutamente cada vez que se lo imploro.

Y hoy controlo parte de esa mujer, a la que he estado llamando la otra, la que me obliga a decir idioteces, a agredir a lo estúpido —y a los estúpidos— la que me roba las palabras, la que me avienta a lugares que desconozco y se roba el rostro de la gente que conozco.

La controlo porque yo decido cuando lloro y por qué.

Y porque la bauticé, volviéndola mía: la otra, la de los cuerpos de Lewy, se llama Louise. Una cabrona que se metió en mí, que no saldrá, pero que es de mi propiedad. Así como el cáncer, morirá cuando yo lo haga, ganaré la última batalla.

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