Legión: capítulo 12, parte 3 de 4

–Demasiado silencio –dice Santiago malhumorado.

–Es porque está cerca, abran los ojos y estén muy, muy atentos…

Caminan un rato más entre plantas, silencio y múltiples resbalones de Santiago quien, por una vez, no logra mantenerse de pie y cae de sentón.

–Bien, bien, maldita sea, todo resbaloso y ahora silencioso…

Escucha un olfateo justo al lado de su oreja. Cuando ese algo que lo olfatea, expulsa aire, Santiago lo siente caliente en el lóbulo de su oreja que le sirve para escuchar lo que es normal, lo que todos los demás escuchan.

Los otros dos voltean y Julión va al frente lentamente.

–Vulpes, buenas tardes, ¿cómo estás? –Le pregunta Julión con cierta familiaridad pero, al mismo tiempo, estableciendo distancia.

–¿Quiénes son? –Pregunta una voz que parece como un gruñido de hombre, como un cantante de metal hablaría en la normalidad si su voz siempre fuera gutural.

–Los que te dije que vendrían a ayudarnos con la vampiresa.

–Yo no me meteré con ninguna vampiresa.

–Ayudarnos me refiero a mí, y a los de la aldea, Vulpes.

–¿Trajiste…

–Sí, aquí tengo –Julión saca una de las bolsas de sangre y se la entrega a Vulpes. Santiago se pone de pie con ayuda de Umberto. Lo ve y no lo puede creer: el hombre Vulpes es corpulento como un Tarzán, extrañamente delgado pero corpulento, con su cabello largo y gris que le llega hasta la cintura y está totalmente desnudo. Toma la bolsa y la rompe como si fuera de papel, y bebe cuidadosamente la sangre sin derramar una sola gota. Santiago no le puede quitar la mirada de encima. Al verlo a la cara, porque el hombre voltea a él, puede notar todos esos años en su rostro que luce avejentado, pero de cierta forma conservado, con múltiples cicatrices en todo el cuerpo, con una férrea mirada gris también y facciones lobunas. Es un lobo, incluso siendo hombre. Está totalmente desnudo y Santiago lucha por no voltear la mirada más abajo. Es bastante peludo, más de lo que le gustaría, pero Santiago siente un calor que no había sentido desde que murió su Matías hace tanto tiempo.

–Tengo dos más –dice Julión–, sólo tienes que mostrarme el camino y nosotros nos encargamos del resto. Le da la ropa que encontraron en la jungla y la huele. La suelta y sacude la cabeza como si algo lo molestara. El olor es fuerte, mucho, y desagradable.

–Van hacia algo muy peligroso –dice con su voz lobuna, con la sangre entre los dientes–, van a su muerte.

–Venimos preparados –dice Santiago neutralmente, pero con imposición.

Vulpes se acerca a él con la bolsa de sangre a medio acabar, con la mirada que es como un martillo sobre yunque, con su expresión salvaje pero evolucionada, de aquél que ha visto mucho y se ha fastidiado de lo destructivo y está en proceso de tratar de encontrar aquello que lo haga redimirse.

–¿Qué sabes sobre la muerte, hombre de Dios?

–No soy un hombre de Dios, sólo soy un hombre que ha perdido todo, por eso sé sobre la muerte. Yo la escucho.

–Entonces tú eres el hombre que escucha a los muertos –dice para olfatearlo muy de cerca, Santiago de repente siente que sus mejillas chocan y él, el hombre lobo, emite un gruñido.

–Yo los llevaré… pero mi trabajo ahí concluirá. Me alejo de la criatura porque es peligrosa.

–Lo sé, Vulpes, muchas gracias por tu apoyo.

Gruñe, vuelve a tomar sangre y dice:

–Síganme –dice para no voltear atrás.

Agotados, llegan a la noche y no saben dónde están precisamente. Julión sube a un árbol para ver las estrellas y regresa con el grupo.

–Sólo así sabré cómo regresar.

–¿No nos puede decir Vulpes?

–No es parte del trato –dice él sumido en la oscuridad. Todos pueden ver sus ojos brillosos y amarillentos que reflejan la luz de la fogata. Lo demás de él no se ve.

–Me parece justo –dice Santiago.

–Coman. La noche no será sencilla y necesitaremos todas nuestras energías para mañana. También será un largo día… ¿crees que lleguemos mañana, Vulpes?

–¿A su paso lento?… Sí, tal vez.

–Eso es bueno de escuchar –dice Santiago quien siente los pies y brazos como dormidos por el cansancio.

Pero no duerme, finge hacerlo, mas no lo hace. Espera. Por la forma en que duerme, no deja de ver fijamente a los ojos del hombre-lobo, asimismo, el hombre-lobo no deja de verlo. Cuando ya sólo quedan carbones humeantes, Santiago se levanta y se aleja un poco de donde decidieron acampar, siempre en silencio. Ha de ser algo de Vulpes que asusta a todo lo que haya alrededor. Se pregunta si también a los insectos. Santiago espera a la vuelta de un árbol y cuando menos se lo espera, tiene a Vulpes mirándolo fijamente a apenas unos centímetros del rostro. Le respira. Tiene un aliento sanguinoliento, ferroso. Es imponente, le da miedo.

–Quiero hacer un trato contigo –le dice Santiago en voz baja.

–Sí, lo sé, desde que llegaste hueles a eso que huelen los hombres cuando tienen algo que decir.

–¿Puedes oler intenciones?

–No, pero liberan algo en su cuerpo dependiendo de lo que quieren. Y tu olor es muy fuerte. Quieres llevar a cabo esto, pero no es lo último. Hay algo más que quieres.

–Estoy buscando al culpable de lo que le pasó a mi familia.

–Sí, me contaron.

–Quiero venganza.

–¿Un hombre de Dios que quiere venganza?

–No soy un hombre de Dios.

–¿Y eso te da la libertad para decidir quien vive o muere? Deseas muerte, eso es obvio.

–Deseo justicia.

–¿Y qué podrías ofrecerme a cambio de mi ayuda?

–Eso mismo obtendrás, al ayudarme obtendrás tu recompensa.

–¿Y eso es?

–Sangre caliente directa del cuerpo… carne… carne humana.

Santiago alcanza a ver la sonrisa cuasidiabólica de enormes colmillos que Vulpes tiene en el rostro.

Se levantan temprano, muy temprano, el sol ni siquiera había salido, caminan por horas, se detienen a comer y descansar, y vuelven a caminar. El calor nunca se reduce, el silencio siempre es el mismo, el hombre-lobo nunca voltea a verlos para cerciorarse de que lo siguen. Varias veces, Umberto voltea a lugares entre la vegetación, como si percibiera algo. Santiago trata de ver el vistazo de lo que fuera que él ve, pero no alcanza a percibir nada que no fueran sombras entre la maleza, sombras que se van intensificando más y más conforme el sol cae, conforme se va ocultando en el horizonte. Santiago piensa que tendrán que volver a dormir en la selva, entre los insectos que corren sobre ellos y la humedad eterna. Comienza a llover. No era el horizonte solamente lo que cubría el brillo del sol, también eran nubes. La lluvia cae a monzón, como si fuera una regadera abierta a tope. Santiago no sabía que podría estar mojado de tantos rincones de su cuerpo al mismo tiempo. No sienten frío, sin embargo, siguen caminando hasta que el hombre-lobo dice:

–Llegamos, el olor viene de ahí.

Señala un terreno en descenso y, alcanzan a ver en un punto, a un kilómetro de distancia más o menos, una especie de roca enorme que está en una pronunciada sima.

–¿Qué es? –Pregunta Santiago.

–Una construcción muy antigua, perdida, inmemorial… Yo ya cumplí –dice con su voz gruñido a Julión, quien sin dudarlo saca las otras dos bolsas de sangre y se las da sin chistar. El hombre-lobo las toma con las manos, se voltea a Santiago, y dice–: Yo sabré cuándo ayudarte. Ahí estaré –se pone las bolsas en la boca, las muerde y se aleja a una velocidad sorprendente usando sus cuatro extremidades como lo haría un lobo.

–¿Qué fue eso? –Pregunta Julión.

–Bueno, tú te inspiraste en mi trabajo para pedir el favor de Vulpes… yo le pedí un favor a cambio de algo también.

–Ten cuidado, Santiago –le dice Umberto consternado.

–No te preocupes, mi buen amigo, no actuaría si no supiera que es seguro.

–Debemos ser muy cuidadosos desde este momento, y no podremos detenernos hasta que lo logremos. Si ella no está muerta, nos eliminará con facilidad si nos descuidamos… no sabemos si ella está aquí. Ojos abiertos, siempre en grupo… Vamos.

Santiago se da cuenta de que Umberto toma un rosario de oro que no le había visto y lo aprieta con la mano derecha.

Se va haciendo de noche, por lo que Julión les da una lámpara con lazo que se amarra en la cabeza y así poder ver por dónde van caminando. Sigue sin haber ruido, pero no sólo eso, sino que ahora se sienten observados, cosa que no pasaba con Vulpes entre ellos. No había ruido pero no se sentían acechados por él a pesar de ser una verdadera amenaza en sí, por ser una criatura aún inestable. Las sombras parecen haberse intensificado, todo luce negro, no verde. A cada instante esperan encontrarse con unos ojos amarillos entre la penumbra, acechantes entre las tinieblas; pero no. Sólo escuchan el sonido de sus pisadas. No saben si eso es mejor o peor, pues es mejor saber dónde está el mal a que se oculte y no se rebele. Sin saber de dónde viene el golpe, no se podrán proteger.

Llegan a la sima del lugar y hay una suerte de construcción pequeña piramidal al estilo de las culturas prehispánicas de América Latina: piedra gris embadurnada de musgo y vegetación verde, múltiples grabados escarbados y encriptados en la piedra sin que por eso dejen de ser visibles y hasta artísticos. Estos, sin embargo, no son hermosos: dan escalofríos. La mayoría de los grabados pictóricos hacen alusión a mujeres, bebés, algo que parecen estrellas y vapor, humo. Julión examina de cerca y dice:

–Tlahuelpuchi… básicamente eran vampiresas que se convertían en vapor y animales, especialmente aves. Son de esta zona del globo terráqueo. Claro que, en antaño, emitían una especie de vapor que hacía que la gente se viera en una especie de sopor y así poder chupar la sangre, en especial la de los niños; pero la humana en general, la de animales era buena también. No eran entes malignos en sí, la malignidad en el vampirismo viene de Europa pero esta… esta parece haberse desarrollado, si nos fijamos en lo que ha venido pasando y lo que hemos investigado; una nueva forma de sopor, una nueva forma de engañar, engatusar, de acercarse a sus víctimas.

–De la misma forma que Vulpes es diferente, no es una bestia salvaje; ésta ha desarrollado nuevas formas, más actuales, de llevar a cabo sus viles propósitos –luego de observar la pequeña pirámide, Santiago voltea a Julión–… Vulpes… ¿de verdad es un hombre lobo?

Julión se aleja de la pequeña suerte de pirámide, se talla los ojos y lo ve, a Santiago:

–Podría ser un nahual pero… no estoy seguro.

–Eso explicaría al menos una cosa, que no haya sido violento como se esperaría de un hombre-lobo europeo… los nahuales eran más gente que nacía guiada por un espíritu animal. Así, pues, un gran guerrero era un nahual, un hombre guiado por el jaguar.

Julión lo observa sorprendido y le dice:

–¿Es conocedor usted de culturas prehispánicas?

–No, mi pareja, Matías, a él sí le gustaba todo esto y me platicaba de estas cuestiones. Me encantaba escucharlo, se apasionaba de verdad, los ojos le brillaban, y de por sí le brillaban solitos y hablando de cosas que le gustaban… eran hermosos. Eran vida…

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