Legión: capítulo 13, parte 1 de 2

Santiago observaba a la familia llorando. Había pasado mucho tiempo y, hasta que por fin lograron expulsar al demonio, era demasiado tarde, sin embargo, Juan estaba demasiado cansado para confesarse, no podría hacerlo, y todos temían que fuera a pagar una pena que no le pertenecía por eso mismo. Estaban asustados de que él no fuera a verse con sus familiares en el cielo, presuntamente. Santiago solamente tuvo que ir a confirmar que el demonio no estaba, le había dicho Umberto que el trabajo lo haría alguien más con una habilidad, como la de él mismo, especial. Lo incitó a que se quedara a ver. Santiago aceptó, sin embargo, ya quería que acabaran, porque iría a una fiesta con Matías.

Un par de años habían pasado desde que comenzaron a andar, todo fue de color de rosa, con sus altibajos, pero no podía quitárselo todavía de la mente a él, su cuerpo, su voz; todo. Matías era su vida desde que se conocieron siendo pequeños, y lo sería por toda su vida, creía él.

En la habitación estaba reunida la familia, fervorosamente creyente, ya con rosarios en mano, listos para el último adiós, para la despedida a su padre, hermano, esposo, tío, sobrino, amigo y demás títulos que alguien pueda cargarse en la vida. Santiago estaba al lado de la puerta. Veía los arreglos florales alrededor de la cama, los familiares que iban y venían, susurros que eran todos oraciones, las voces que llegaban de abajo, los pasos continuos, el tiempo adelgazar, volverse lento, más lento; es la muerte, cree él, la que causa que el tiempo parezca reducir su velocidad de alguna forma que él no conoce, que ni siquiera sabe si sea posible. Lo que predominaban eran los murmullos de llanto ahogado, de tristeza. Santi llegó a pensar en que no iría a la fiesta, pero al contrario, estar con Matías y después de en un ambiente como este, lo ayudaría a relajarse.

–¿Y no puedes perdonar tú sus pecados?

–Sí, pero la familia quiso hacer otro tipo de… ritual –le contestó Umberto en voz baja–, además, así te das cuenta que hay gente con otro tipo de habilidades.

–¿Quieres decir que no soy único? –Preguntó Santi fingiendo, con un dolor burlón.

–Sí lo eres, pero… ya llegó, mira y sorpréndete.

Umberto dio un paso al frente y dio la bienvenida a una mujer de edad avanzada con un velo en la cabeza. Era transparente y se podía ver a través de él un rostro ya arrugado y alicaído, un gesto triste pero de alguna forma, torvas. Sus ojos eran blancos, ciegos, pensó Santiago, pero ella caminaba como si nada, como si no necesitara apoyo alguno, por lo que supuso que de alguna forma sí podía ver.

–Buenas noches, Teozolli.

–Buenas noches, hermano Umberto.

–Gracias por acudir.

–No hay problema, me conviene más de lo que parece –volteó la cabeza lentamente y Santiago pudo observar mejor su vestido negro como de funeral pero con grabados de culturas prehispánicas hechos con hilos negros también, pero ligeramente más brillantes. Ella era delgada, muy delgada, casi a punto de romperse. No lograba ver más de su piel, no lograba ver más de ella. Era como si el vestido se moviera solo–. Es él –luego regresó su mirada a Umberto. Dijo–: todos fuera, excepto tu pupilo y tú, si así lo gustas.

Umberto pidió a todos los presentes que salieran para poder llevar a cabo el ritual, pues si bien lo habían solicitado ellos, también él les había informado que seguirían las órdenes de la comedora. Lentamente, salieron del cuarto, más de uno viendo a Santiago pues no lo reconocían, y era obvio, no formaba parte de la familia. Al final, se quedaron ellos tres, y Umberto cerró la habitación.

–Abran las ventanas –dijo ella con una voz rígida y rasposa, vieja como si fuera cuerdas de guitarra muy gastadas y desafinadas, entrecortada y casi de llanto.

Umberto hizo una señal a Santiago para que lo ayudara y así lo hicieron, abrieron todas las ventanas. Un viento húmedo venía de fuera y de la calle, donde todo seguía normal. Santiago se puso a pensar en la frugalidad de la vida y del pensamiento mismo, en cómo todo sigue siendo normal a pesar de que hay cuestiones paranormales en todo momento, a cada rato, en cada calle. Hay demonios caminando por ahí, entre la gente, vestidos como cualquiera, y nadie se percataba del peligro porque todos creían que nada de eso era posible, que su reducida realidad lo era todo. Todos parecían un montón de hormigas con una meta en común pero que, si una es aplastada, el hormiguero no sufriría de grandes penas, porque habría otras cientos de miles de millones que usarían ese puesto. Sin embargo, Santi no se sentía fuera del hormiguero, nunca lo hizo; ni siquiera se sentía hormiga diferente, solamente una con alas, sin embargo, esas también son prescindibles.

Regresó la mirada al frente y vio que la mujer había puesto un tarro de cerveza sobre el hombre así como un pedazo de pan. Santiago frunció el entrecejo pues le parecía una imagen casi bizarra, extraña, no había pensado en algo así, ni siquiera en sus más extraños pensamientos. ¿Qué pedo?, pensó, y vio a la mujer que se había quitado su velo revelando una piel tan vieja como la roca que ha quedado sepultada muy profundamente. Su cabello era de polvo y, en efecto, sus ojos eran blancos-grisáceos como dos dientes de león. Después de acabar su oración, tomó el pan y se lo comió, así como la cerveza se la engulló de un trago. Se desnudó sin los más mínimos de los pudores, sin importar que estuvieran ellos dos ahí. Puso una vasija bajo ella y comenzó a pujar. Santiago no aguantó más y desvió la mirada con esa sensación en la piel de que hemos visto algo que no debíamos y pudimos haberlo evitado, como esas veces que se ve a un joven desnudo y la mirada casi sin querer se va a sus partes siempre ocultas. Entonces, un aroma tremebundo invadió la habitación.

–Mira… –le dijo Umberto, y él sin querer, y no porque el cuerpo de anciana le pareciera desagradable, sino porque era el cuerpo femenino en sí lo que no le llamaba tanto la atención per se; vio cómo de entre sus nalgas arrugadas y caídas, salía un humo oscuro. Ella defecaba humo oscuro que se disolvía en el aire. Hasta ese momento, Santiago se dio cuenta que el olor, a pesar de ser terrible, no le causaba arcadas, y que era muy fuerte, que jamás lo había olido antes. Si tuviera que describirlo, lo haría diciendo que era como huevo podrido encerrado por mucho tiempo mezclado con humedad. Comenzó a sudar por el aroma, era insoportable, y trataba de no respirar tanto, pero se estaba mareando. Casi podía sentir un sabor mohoso en la boca, una explosión de esporas podridas en sus muelas, como saborear un grito de terror, un sonido muy agudo que le haría explotar los oídos internos a cualquiera. Eso, pero en sabor. Recordó una vez que una compañera, cuando iba en la preparatoria, dijo que olía a oruga, así pues, comprendió, que este olor era el de un grito. Sus ojos lloraban por la pestilencia, pero vio a través de sus lágrimas cómo los huesos de la anciana se desdibujaban lentamente, cómo su piel se afirmaba y sostenía sola, cómo sus nalgas recuperaban fuerza y se paraban, cómo sus piernas perdían flacidez y tomaban musculatura, cómo sus brazos pasaban de ser bofos a ser firmes, cómo perdía la avanzada edad y tomaba facciones de juventud en flor, de firmeza, de belleza inigualable.

–Lástima que te guste el chile, mi vida –dijo ella al acabar con una voz jovial y bromista. Santiago se ruborizó y bajó la mirada. Umberto solamente sonrió. Ella se vistió, pues llevaba ropa lista, sabía lo que sucedería. Les hizo un ademán con la cabeza y se retiró. Umberto la acompañó y pidió que nadie entrara aún pues el aroma era muy fuerte aún. No les dijo que por la pestilencia, pero sí les pidió tiempo. Umberto fue con Santiago quien se hacía aire con la mano, pero se dio cuenta que sólo se echaba la pestilencia a la cara.

–¿Qué fue eso? –Preguntó Santiago verdaderamente impresionado, con el gesto sorprendido, en realidad no podía creerlo aún.

–Una comedora de pecados que ha perfeccionado su técnica. Quedan pocas con vida, y ella es de esas. Vuelven los pecados pasados en vida para ellas. Son… espíritus de alguna forma… no sé si malignos porque toman el pecado y lo vuelven vida para ellas, pero libran a alguien de sus errores del pasado. Tengo entendido que alguna vez hicieron ese trato con algún dios pero te mentiría, son muy herméticas. Para que te des cuenta –dijo poniéndole las manos en los hombros–, ellas tienen su camino, tú debes encontrar el tuyo. Tu habilidad solamente la podrás explotar a tu manera. Ellas, por ejemplo, vienen de una tradición milenaria, son más viejas que Jesucristo, de una deidad femenina de antaño pero no recuerdo exactamente cuál. Esta divinidad era contradictoria y estaba relacionada con la feminidad: ella traía las enfermedades venéreas, pero las curaba, también provocaba desviaciones, pero las absolvía, ella estaba encargada del parto, de los médicos, la fertilidad y la locura. Estas aprendieron alguna técnica. Este hombre que vemos –dijo con un leve movimiento de cabeza–, es totalmente libre de pecado ya. No sé qué tan aceptado sea eso por aquellos que se encarguen de su juicio, pero va limpio.

–¿Y no está mal eso, Umberto? Es decir, ¿no debería ser juzgado?

–Hijo, así como este hombre fue absuelto, tú tienes algo en ti que te condena en automático, ya hemos hablado de eso. En sí, sabes que una simple masturbación nos condena al infierno por imitar el desperdicio de la semilla que Onán hizo; pero también recuerda que así como estas personas que son liberadas de sus pecados, tú puedes hacer algo.

–Los mariposones no vamos al cielo, Umberto, yo ya me hice la idea –dijo a su amigo mayor.

–Santi… –dijo Umberto en tono de reproche.

–Lo digo de broma, lo digo de broma… los homosexuales no vamos al cielo, Umberto… no me molesta ayudar a Dios sabiendo que eso pasará de todos modos.

–Eso te pasa porque estás pensando en ti, pero deberías pensar también en la gente que vas a ayudar e incluso salvar.

Santiago frunció el ceño.

–¿Quieres decir que me puedo redimir?

–No es la palabra que yo quería, pero algo así, hijo mío.

–¿Dios sería capaz de perdonar… nos? Digo, a Mati y a mí. Es que, esotéricamente es imposible…

–Esotéricamente alguien como tú no debería tener una habilidad como esta, pero mira, has venido a enseñarnos algo a todos, incluyendo al más alto de todos, al que no puede entrar a la iglesia por altísimo.

Santiago sonrió y meneó la cabeza por el chiste tonto de Umberto.

–Me parece muy difícil eso, amigo.

–¿Por qué, mi muchacho?

–Porque si soy capaz de intercambiar de alguna forma mi pasaje al cielo con mi buen trabajo…

–Recuerda –interrumpió brevemente Umberto–, Dios es justo, no tanto esa imagen de bondad que todos tenemos. Es justo. Y él debe establecer la flexibilidad necesaria para la justicia como tal.

–Sí, comprendo, pero eso querría decir que Dios sería capaz de perdonar hasta Satanás, si es que él de alguna forma decidiera regresar al cielo… ¿lo haría?

Umberto no le contestó, sólo lo observó orgulloso por cuestionarse eso. Le sonrió, le revolvió el cabello como cuando todavía era jovencito de secundaria y le dijo:

–Eso tú me lo dirás después, mi pequeño Santi –ambos, maestro y pupilo se miraron a los ojos, enternecidos, gozosos de tener a un amigo a quien ver, solamente ver, sin necesidad de hablar, de llenar los silencios con palabras bobas, sin la necesidad de intentar ser alguien que no ni que se malinterpretara su intimidad mutua: sólo verse a los ojos y sonreír–. Órale, pues, ve a tu fiesta con tu novio. Me lo saludas y le das un abrazo de mi parte.

–¿De tu parte? Uy no, qué asco, Umberto

Umberto lanzó una risotada seguida de un gesto infantil de travesura, y fue a decir a todos que podían entrar de nuevo, pues el aroma se había disipado lo suficiente.

Santiago llegó en taxi a la ubicación que le había mandado su hombre, una casa bastante grande en una de esas zonas donde sólo iría si quisiera sentir celos, y lo hace, pero con moderación. Cuando llegó, su luz y luna salió a recibirlo, con esos ondulados cabellos cubriéndole la frente, su sonrisa amable y su andar de coqueto. Se abrazaron y se besaron en los labios.

–Por fin llegas, amor.

–Y créeme que tenía ganas, hoy vi algo muy perturbador. Una comedora de pecados en acción.

–¡No me digas!

–¿Sabes qué son?

–Tienen que ver con Tlazolétol, la deidad de la inmundicia.

–Vaya que eres inteligente –le dijo Santiago para pegarlo más a su cuerpo y hacerlo sentir lo que le provocaba en su físico.

–Guarda eso para al rato, guarro.

Santiago rio.

–Uy, tengo de sobra para ti, amor.

Se besaron otra vez y caminaron a la entrada.

–¿Y tu carro, Santi?

Matías tomó la cerveza que había comprado Santiago y con la mano libre lo guio tomándolo de la mano. Santi le había dicho que le daba pena porque la gente se les quedaba viendo, pero Matías le decía que generalmente la gente cela aquello que desea, que se tranquilizara. Eso no evitaba que sintiera algo de pena, pero con él, todos sus problemas siempre se desvanecían.

–Vine en taxi, ya sabes, por si te quieres tomar una cerveza, o dos… ¡pero docenas, hijo de la…!

Mati rio con estruendo.

–Ya sabes que no me gusta tomar.

–Ya lo sé, don mamado, pero igual, no tendrás que manejar, así que puedes disfrutar.

–Disfruto con el simple hecho de tenerte conmigo, mi amor.

–Eres bien hermoso, mi Mati –le dijo para besarlo en la mejilla.

La música era ruidosa, de esos punchis punchis que alborotan las neuronas, habían instalado luces de colores y hasta una bola disco que reflejaba luces blancas a todos lados, mesas, sillas y sillones con todo tipo de personas, mujeres hermosas y hombres nada atractivos comparados con Matías, al menos para Santiago, y mucho alcohol. Una casa enorme con un gran patio y alberca, una cocina integral del tamaño de la casa que Santiago había pensado en comprar alguna vez, vestiduras de madera, enormes pantallas de televisión, un cine en casa, tres pisos hacia arriba, bacón al frente, seis habitaciones, cuatro y medio baños con tina y uno con jacuzzi. En fin, un nivel económico que Santiago sólo podía entrever en sueños, de esos que tenía muy escasamente, casi todos sus sueños eran de patinar y volar, sólo unos pocos de casas gigantes donde le gustaría vivir. Se quedó honestamente pasmado al ver el enorme lugar.

–Ven, te voy a presentar a Flor –por primera vez la conocería, la mejor amiga de Matías, por quien ha tenido un par de accesos celosos porque a él gusta de pasar tiempo con ella, mucho–. Florencia, mira quién llegó…

Santiago siempre ha pensado que la mirada dice todo de una persona. Cuando Matías solía entrar a escondidas a su cuarto, su mirada era de emoción, de esas ansias entrañables, una especie de especulación, expectativa de algo maravilloso. Brillaba, y eso mostraba lo que tenía dentro. Por eso cuando se acostaban desde pequeños, y Matías se colocaba sobre él, solamente se veían a los ojos, y no se aburrían, podían platicarse sin hablar, solamente se veían, Santiago pasando sus dedos entre su cabello y sonreír, siempre sonriendo, y nunca les dolían las mejillas por eso. Justamente eso fue lo que lo enamoró de Matías: su mirada, sus ojos encabritados, un salvajismo fruto de la emoción radiante al ver a Santiago Umberto. Matías, desde ese tiempo de amistad, lo besaba con la mirada, lo amaba con la mirada, lo deseaba con la mirada, se emocionaba, se sentía completo. Santiago sentía lo mismo, al verlo, al ver sus ojitos parpadeando, era como ver al mismo Dios sonriendo, como ver a un niño pequeño agradecido. Flor, sin embargo, tenía mirada de locura: era una explosión latente, algo oculto, una especie de barrera que ocultaba algo. Los ojos los abría mucho, sólo los párpados, pero las cejas se quedaban en su lugar. Era enérgica y muy intensa, su voz era grave, pero femenina aún. Tenía el cuerpo que cualquiera podría desear.

–¿Es él? –Le preguntó viendo a Matías fijamente, acercándose mucho a él casi como si lo fuera a besar–, ¿es él Santi?

–Así es, Florencia.

–¡Aaahhhh! –Gritó emocionada, fingido para el gusto de Santiago, por momentos le recordó a los Nazgûl de las versiones cinematográficas del Señor de los Anillos. Lo abrazó con fuerza, mucha, y pudo sentir sus senos aplastarse contra él. Supuso que sería algo excitante para cualquier hombre, pero a él sólo le gustaban los huevos de Matías contra los suyos.

Sonrió por su pensamiento y se libró de las tenazas de la mujer.

–¡Qué padre! Mati me ha hablado mucho de ti, y me pareces adorable, como para comerte. Ven, siéntate, cuéntamelo todo.

–¿Todo? –Eso no se cuenta, pensó Santiago, se come.

–Sí, seremos mejores amigos los tres –dijo abrazando con el otro brazo a Matías…

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