Legión: capítulo 13, parte 2 de 2

–Sí, seremos mejores amigos los tres –dijo abrazando con el otro brazo a Matías.

Santiago, dada su inhabilidad para hablar y establecer situaciones de confianza en socialización; no había tomado tan rápido en bastante tiempo. Aún estaba en esa etapa donde la cruda no pegaba más que como un simple cansancio del cuerpo al día siguiente, muy de vez en cuando, una leve náusea; pero nada que no pudiera ser solucionado con sal de uvas o una buena rusa. Quien hizo la mayor parte de hablar fue Matías: contó sus proyectos sobre irse a vivir juntos en una casa que su padre rentaba, se las dejaría a mitad de precio de renta, y ambos podrían seguir estudiando apoyados con lo que Santiago iba ganando así como el padre de Matías les ayudaría con las compras del hogar en torno a comida y arreglos funcionales. El plan era que Matías lo apoyaría con su trabajo, que lo dejaron como clases de regularización privadas para casos urgentes, y así irían forjando su vida juntos.

Santiago, cuando sentía que la cabeza le empezaba a dar vueltas y el mareo era agradablemente relajante, informó que querían adoptar una niña. Cuando dijo esto, Flor volvió a emitir uno de esos chillidos que la caracterizaban, era como un perro chillando porque le pisaban la pata y, a pesar de la música que era fuerte, varios la escuchaban y volteaban a verla burlonamente. Sin embargo, ella era la anfitriona, así que no podrían hacer nada. En realidad, muy pocos eran invitados de ella.

Cuando ya Matías y Flor hablaban de cosas un poco más de su relación amistosa, Santiago se puso a observar a su alrededor, y se dio cuenta que con su trabajo de futuro exorcista, su conocimiento sobre la vida y el esoterismo, al ver a los demás ligando, besándose, bailando; supo que no sería como ellos, y no porque así lo quisiera, sino porque no se sentía parte de ese grupo. Matías lo apoyaba en todo y le creía cada cosa que le contaba Santi, era su mano derecha, el barandal de su escalera, la red de protección del experto que camina sobre la cuerda floja. Se preguntaba cómo hacía Matías para sobrepasar esa barrera de ser un extraño entre la gente que, seguramente, él podría salvar. Santiago sabía que no era esa en realidad la cuestión, sino más de introspección, de sentirse algo distinto por haber crecido diferente pero tratando de no hacerlo notar, especialmente porque su trabajo no debía ser reconocido. No podía pasar de un maestro que ayuda a quienes no pueden, debía enfocarse en aquellos con dificultad para el aprendizaje. No soltaba la mano de Matías, quien hablaba con ella, y él veía sus dedos entrelazados, y sonreía; notó que un par de personas los observaban, pero no les daba importancia, gracias a la breve euforia causada por un estado de intoxicación no grave, su mundo era Matías. Luego lo abrazó y recargó su cabeza en su hombro, su almohada favorita, le había dicho. Flor hizo alguna expresión pero Santiago la ignoró. Entre la gente vio a un niño caminando, de unos 7 años, ir de un lado al otro solamente. Parecía asustado. Santiago se distrajo cuando Mati le dijo:

–Vamos a bailar, amor.

–Pero… –Dijo Santiago con el rubor subiendo por su cuerpo y sonrojándolo–, hay mucha gente, Mati.

Matías le sonrió, enternecido.

–Ya te sonrojaste todo, ¡qué bonito te ves! –le dijo plantándole un beso en los labios–, pero no te preocupes por ellos. A nadie le importa cómo bailan los demás en estas pedas. Vamos.

Fue esa seguridad, ese brío como de caballo galopando en la pradera sabiéndose el rey, ese candor de amante convencido, esa ternura de amante comprensivo; lo que lo llevó a dejar su cerveza y levantarse. Tomados de la mano comenzaron a moverse tal y como el ritmo sexual lo pedía, y Matías le dio la espalda y entrechocaron sus cuerpos no en una danza vulgar, sino sensual, finamente erótica, algo que no podría ser catalogado como obsceno, sino más bien como atractivo, un meneo de caderas digno de aquellos que se conocen tan bien que parecían estar unidos. El ruido sumergió la cabeza de Santiago en el solo pensamiento de moverse al ritmo de su amado, lo tomó de la cadera con ambas manos y el otro echó la cabeza hacia atrás hasta acomodarla al lado de la de Santiago, y así, con las mejillas chocando, se movieron, una mezcla de amor y sensualidad erótica tan llamativa que el par que les llegó a prestar la mínima atención fugaz que se da en estas reuniones, sonrieron, no burlones, sino ligeramente apantallados por esos movimientos que eran como las ondulaciones del agua, un agua templada y cálida, con una brisa refrescante, parecían flotar el uno con el otro. Santiago le dio la vuelta y lo siguió tomando de la cadera, justamente esa parte que lo volvía loco, y viéndose a los ojos, siguieron bailando, con una sonrisa provocadora pero amable, se hundieron cada uno en los ojos del otro, y las luces brillaban en las pupilas opuestas, se veían más profundas, y la oscuridad no era más que el lecho amatorio. Lograron llevar el sexo a un nivel diferente: al bailar, tenían sexo, lo rehacían, lo volvían algo tan prístino y sensual, que el orgasmo no fue físico, sino ocular: al verse así, al moverse así, al sentirse el uno al otro así, hicieron sonreír al mismísimo cielo eterno. Finalizaron cerrando los ojos y besándose, no fue necesario, por primera vez, decirse explícitamente que se amaban; lo mostraron bailando.

Santiago lo abrazó y lo estrechó muy fuerte, cerró los ojos, y luego le dijo al oído:

–Tengo que ir al baño.

Mati comenzó a reír y le dijo:

–Ve, ve, ve, yo aquí te espero.

Santi le sonrió y le pasó la mano por la mejilla.

–Ahorita vengo.

Dio unos pasos y vio una vitrina de cristal que reflejaba. Vio a Flor reflejada ahí, con su rostro de mujer bonita pero esos ojos de locura, con una gestualidad exagerada y con sus gritos que taladraban los oídos. Vio que cuando la luz roja la alumbraba, algo se asomaba en la comisura de sus labios y en su barbilla. Cuando otra luz alumbraba, no tenía nada. A la luz roja: algo, ahí, escurriendo en su mentón y en su playera. Otro color: nada. Rojo: sangre. Otro color, nada. Dejó de escuchar, dejó de sentir, se enfocó totalmente en el reflejo cambiante. Y de repente, el reflejo volteó a verlo y Matías lo sorprendió.

–¡Santi!, ¿ya fuiste?

Santiago salió de su aletargamiento y en el reflejo no estaba ella.

–¿Qué?… ¡Ah!, no, todavía no.

–¿No? Es que has estado aquí de pie por 5 minutos, amor.

–¿5 minutos? No manches, no… –Entonces se dio cuenta de que su vejiga estaba por estallar–, bueno, igual y sí –dijo Santi con la mirada perdida.

–¿Estás bien?

–Sí, sí, amor, ahorita vengo.

Y fue directamente al baño. Vio por debajo de la puerta que la luz estaba prendida. Esperó un rato. Regresó la mirada y ahora la puerta estaba abierta y la luz apagada. No se dio cuenta de cuando salieron, pero no le dio importancia, Ya estoy pedo, pensó. Entró y descargó todo en el inodoro. Ya habían orinado por fuera, Pinches salvajes, güey, pensó, y había un olor penetrante a orina. Se sintió bien por no ser mujer y tener que sentarse ahí, pero al mismo tiempo se sintió apenado con ellas, como si hubiera hecho él ese desmadre. Se estaba lavando las manos cuando vio un salpicón rojo en el espejo, rojo, no parecía labial, era espeso. Le puso un dedo encima y vio que era caliente, casi podía sentirlo latir. Lo sobresaltó alguien que tocaba desquiciadamente. Necesita orinar urgentemente, pensó para sus adentros, así que salió, pero no había nadie. Es que estoy pedo, se dijo. Buscó a su amor, lo encontró, y lo abrazó desde atrás, y apoyó su cabeza en su hombro, y ahí se quedó a pesar de que estaba en un círculo de amigos. Gracias al alcohol, no le importaba demostrar su sentimiento, era ridículo, incluso lastimero que sólo tomado lo hiciera, pero lo hizo, y se sintió feliz, sobre todo al tener esos redondos glúteos contra sí mismo.

Estuvieron platicando hasta que se formó un círculo de esos a donde todos van a bailar. Bailaban unos al lado del otro. Santiago volteó la cabeza y vio en una mesa una foto, rápidamente fue y la tomó y la observó con más detenimiento. Regresó junto con Matías.

–Vi al niño de la foto.

–¿Qué niño, amor? –Le preguntó Matías tomándolo de la cadera y pegándolo a sí mismo.

–El de la mesa de ahí –dijo señalando la misma. Matías volteó y la mirada que le dio a su novio, hizo que Santiago sintiera un poco de vértigo.

–No es cierto… –dijo casi sin convencerse a sí mismo. Santiago dudó, pero dijo:

–Sí, lo vi hace rato, caminando entre la gente.

Matías lo tomó de la mano y lo apartó un poco del grupo.

–Santiago, no digas eso.

–¿Por qué? Digo, es la casa de tu amiga, es normal que su hermanito…

–¡Está muerto, Santiago! Está muerto y ella sigue muy afectada. Creerás que es muy energética por naturaleza, pero es porque su hermanito murió. No digas eso, por el bien de todos.

–Pero se me presentó, Matías, si se me presentó es por algo.

–No estás escuchando tu música, Santiago.

–Pero sí este estruendo, que es música también –miró a su alrededor–, debe estar por aquí.

–Es mi amiga, Santiago, no la lastimes.

–No lo haré, pero si el niño…

El retumbar del ritmo electrónico se fue desvaneciendo poco a poco, todo se fue reduciendo a un sonido grave, muy grave, uno que vibraba y vibraba. En las escaleras, cuando la luz roja alumbraba, veía al niño, uno muy pequeño, delgado, y con los ojos aterrados. Con luces de otro color, no había nada, nada. Rojo, el niño aterrado. Otro color, nada. No estaba el niño solamente ahí, como si nada. Tenía en sus manos una bolsa de papel y se la estaba ofreciendo a Santiago, pues era el único que lo veía. Matías se dio cuenta que Santiago estaba viendo a las escaleras, volteó y no vio nada. Nada en ningún color. Tomó a Santiago de los hombros y lo sacudió un poco.

–Amor, amor, por favor, descansa un poco, ¡descansa!, distráete, no seas…

Santiago tomó suavemente sus manos y las apartó, lo vio a los ojos, y dijo:

–Dios, creador y defensor del género humano tú formaste al hombre a tu imagen y lo recreaste admirablemente con la gracia del Bautismo; vuelve tu mirada sobre este siervo tuyo, y escucha bondadosamente mis súplicas. Te pido que brote en mi corazón el esplendor de tu gloria para que, eliminado todo terror, miedo y temor, sereno en mente y alma junto a los hermanos en tu Iglesia pueda alabarte eternamente. Amén.

Matías salió de un ensueño, lo vio sin comprender muy bien:

–¿Qué pasa? ¿Dijiste algo?

Santiago lo apartó suavemente y se dirigió a las escaleras. Conforme se acercaba, el color rojo dejaba ver al niño, y conforme iba cerrando distancias, el niño iba cambiando. A cada color rojo que lo alumbraba, que alumbraba las escaleras, iba revelando más y más su naturaleza. Primero, su mirada cambió, el horror de ver algo que ningún niño pequeño debería ver cambió por una de dolor, de lástima, de búsqueda de protección. Luego, su boca, la mitad de su labio superior desapareció, así como por entero el inferior como si se lo hubieran arrancado con algo afilado, de raíz. Después, su mejilla derecha también, arrancada. Vio que no tenía playera, le faltaba un pezón, su estómago estaba todo lleno de mordidas, pero no eran animales, no había colmillos. La sangre emanaba de todas sus heridas. Se siguió acercando. Estaba en interiores, y sus muslos y pantorrillas revelaban enormes mordidas en las partes más carnosas. Santiago supo que para un ser humano sería imposible mantenerse de pie, ni siquiera por el dolor, sino por la falta de músculo para sostener el peso arriba. Le faltaba carne de todos lados de su cuerpo, su abdomen estaba al descubierto, su músculo atropellado, la sangre emanando dejando un charco espeso, oscuro, pegajoso y oloroso. Para este momento, algunos pocos lo observaban caminar como ensoñado. Lo que más le afectaba a Santiago, era el rostro de dolor, el rostro de la falta, de la necesidad, del cariño que no le dieron.

Flor observaba todo con el rostro enrojecido, los ojos llorosos, a punto de enloquecer.

Escucharon todos, a pesar de que Santiago lo dijo en voz baja:

–Señor y Dios mío, que me adoptaste por la gracia y quisiste que fuera hijo de la luz, concédeme, te pido, que no sea envuelto por las tinieblas de los demonios y siempre pueda permanecer en el esplendor de la libertad recibida de ti. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.

Lo tomó de la cabeza y lo besó en la frente. Tomó la bolsa.

–Libero te.

El niño lo vio a los ojos y de un lado de la boca sonrió, Santiago podía ver toda su dentadura porque no tenía labios prácticamente, pero en los ojos lo notó, se entrecerraron en algún grado, fruto de una sonrisa honesta de aquél al que le han robado todo.

Matías lo veía con horror en donde se había quedado cómo había sangre en el último escalón de la escalera, sangre que nadie había visto antes. Santiago dio la media vuelta con una bolsa de papel en las manos que, a su vez, goteaba sangre.

Flor temblaba, temblaba como si estuviera a punto de tener un colapso nervioso, como si estuviera a punto de morir por la hipotermia.

Santiago abrió la bolsa, tomó la cabeza de los cabellos, y la sacó: la diferencia con el niño era que este tenía los ojos torcidos hacia arriba, estaba llena de gusanos, pálida como un bloque de hielo, el olor era insoportable… Era el mismo niño.

Flor explotó, se puso a correr por todos lados gritando:

–¡Me lo comí! ¡Me lo comí! ¡Me lo comí!

Se necesitaron 4 hombres para controlarla. La fiesta se acabó entre gritos de horror, llantos, policías, una joven detenida y unos padres sin consuelo.

Matías y Santiago se sentaron en el pasto, al lado de la puerta de entrada. Santiago se sentía credo (crudo y pedo), y Matías no dejaba de ver al frente. Había ido Umberto también a manejar la situación para que no se saliera de control: si salía en las noticias que Santiago recibió una bolsa con una cabeza de la nada, su secrecía corría peligro. Santiago, por su parte, sólo observaba, y notaba que los agentes se le quedaban viendo frunciendo el ceño. Eso era lo que más le dolía: que lo veían como monstruo sólo por ayudar a quien nadie más podía ayudar. Volteó hacia Matías y le preguntó en voz baja:

–¿Cómo te sientes?

Santiago notó que su voz era ronca.

–No sé –le contestó su novio.

Santiago suspiró y luego lo rodeó con un brazo. Por un momento pensó que él se alejaría pero, contrario a eso, se recargó sobre Santiago. Sentir su calor fue, para Santi, tan tranquilizador que por fin pudo relajarse un poco.

–Lo siento.

Matías movió su mirada hacia la de su novio.

–¿Qué?

–Lo que pasó, ella era tu amiga y…

–No… –dijo Matías–, no era mi amiga… no la conocía –Sus ojos se inyectaron rojos y con lágrimas arrasando sus mejillas, arrugó el rostro y su boca se hizo un arco de dolor–… ella no era mi amiga… no era quien yo creía.

Se puso a llorar. Santiago lo abrazó y lo sostuvo contra sí mismo, aspiró el aroma de su cabello, el aroma suyo, el de su cuerpo, el que él expedía. Su perfume favorito no era comprado, era el aroma particular de Matías.

–Todo estará bien ahora.

–Lo sé –dijo de nuevo para verlo a los ojos–, porque a ti sí te conozco.

Se besaron largamente hasta que Umberto carraspeó. Ellos alejaron sus labios, Matías como si nada, Santiago como si lo hubieran descubierto en una travesura. Umberto les sonrió fugazmente, enternecedoramente.

–Ella no presentaba características de posesión sólo estaba… mentalmente desviada –informó a Santiago, quien afirmó con la cabeza–, siento mucho lo de tu amiga –dijo Umberto poniéndose en cuclillas frente a Matías–, pero no te lastimes por ella. Tú no lo sabías… –le puso la mano en su cabeza y susurró, tan bajo que Matías no lo escuchó, pero Santiago lo pudo leer en sus labios–: Libero te –casi al instante, Santiago sintió cómo su novio se relajó y se tranquilizó.

–Gracias –le dijo Santiago a su amigo mayor.

–¿Gracias? Por fin conozco al susodicho. Es un gran muchacho, puedo verlo –Matías sonrió, no lo notaron, pero así lo hizo, pues tenía su rostro hundido en el pecho de Santiago–… joven Matías –él volteó a Umberto como si alguien de gran autoridad, pero amable, se lo pidiera–, cuida de mi muchacho, ¿eh?, él te ama, tiene todo depositado en ti. Yo sé que tú en él así es también, pero de sobra sé que él te ama como a nada en el mundo. Yo sé que a lo mejor mi petición cae de sobra porque… bueno, lo harás, lo cuidarás… pero un viejo siempre pide eso.

–Tú no eres viejo, Umberto –dijo Santiago.

–Más que tú, sí.

–Gracias, así lo haré –dijo Matías apenado. Con nadie había visto Santiago que Matías se apenara.

–Vamos, los dejaré en su casa. Necesitan descansar.

Santiago lo ayudó a levantarse y dormirían ambos abrazados uno al otro protegiéndose de todo, cuidándose de todo, pero sobre todo: amándose como nadie jamás.

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