La salud emocional, una prioridad en la agenda ciudadana

Foto Neil Thomas en Unsplash

Ernesto Palma F.

Los lamentables acontecimientos ocurridos en el Estadio La Corregidora de Querétaro, demuestran que un gran sector de la población vive al borde de la violencia y la crispación social. Luego de los hechos violentos que involucraron a integrantes de la barras de fanáticos,  la sociedad mexicana parece haber asimilado con normalidad este episodio que se suma al clima de violencia generalizada que se vive en el país.

Los tibios e inexistentes reclamos de justicia se diluyen en la cascada de declaraciones de políticos, dirigentes del futbol y protagonistas que disfrutan sus cinco minutos de fama. Promesas de investigación y castigo ejemplar que culminan en órdenes de aprehensión y detenidos fugaces. Una cortina de humo perfecta, para un incidente que es una señal de alerta sobre el riesgo de soslayar los efectos de un ambiente social en el que priva el odio, la impotencia, la frustración y el enojo colectivo.

De acuerdo con la Oficina de Información Científica y Tecnológica para el Congreso de Unión, el 17% de la población en México, presenta al menos un trastorno mental y una de cada cuatro lo padecerá como mínimo una vez en su vida. Actualmente, de las personas afectadas, sólo una de cada cinco recibe tratamiento. Los trastornos mentales afectan el sistema nervioso y se manifiestan en el comportamiento, las emociones y en procesos cognitivos como la memoria y la percepción. Además, afectan la salud física y pueden limitar considerablemente la calidad de vida de quienes los padecen y de sus familias. En países que han pasado por desastres naturales y fenómenos de violencia generalizada, como es el caso de México con la guerra contra el narcotráfico, hay miles de personas, víctimas directas e indirectas, cuya salud mental requiere atención oportuna y efectiva.

El costo de los problemas de salud mental se estima entre el 2.5 y el 4.5% del PIB anual para diferentes países. Del presupuesto en salud en México, sólo se destina alrededor del 2% a la salud mental, cuando la Organización Mundial de la Salud, OMS, recomienda que se invierta entre el 5 y el 10%. Además, el 80% del gasto en salud mental se emplea para la operación de los hospitales psiquiátricos, mientras que se destina muy poco a detección, prevención y rehabilitación.

Las crisis provocadas por la pandemia, la falta de políticas públicas para atender la salud mental y emocional de la población, más la violencia incontrolable en muchas regiones del país, hacen un peligroso caldo de cultivo para que se generen expresiones de violencia individual y colectiva en contra de sectores vulnerables como las mujeres, los niños y personas expuestas a la opinión pública, como el caso de periodistas y líderes de movimientos sociales o ambientalistas.

Específicamente, la crisis económica nos impide apreciar con claridad la tendencia de nuestra sociedad de otorgar mayor importancia a aspectos que están alejados de áreas vitales para el desarrollo de una nación, como la ciencia, la cultura, la educación y la salud emocional de sus habitantes. Es el costo de un fallido proyecto político que apuesta por la expansión de una masa clientelar sumida en la ignorancia y la miseria.

Por ello es fundamental que surja una agenda ciudadana en áreas del desarrollo humano, como la salud y la educación y buscar mecanismos para que las organizaciones no gubernamentales retomen su papel histórico frente al evidente deterioro y retroceso que vive nuestro país en todos los ámbitos. En el caso de la salud emocional, es imperativo abrir espacios para que organizaciones, expertos y especialistas difundan entre la población los conocimientos elementales para generar una conciencia individual y social, sobre la importancia de la gestión emocional en la vida de las personas.

Actualmente existen muchos estudios científicos que demuestran los beneficios de una adecuada gestión emocional, cuyos efectos alcanzan no sólo la salud física y mental de los individuos, sino que contribuyen a la reconstrucción del tejido social y favorecen una convivencia armónica en la se reconoce el valor y el respeto a la diversidad.

La salud emocional forma parte de las políticas públicas en los países más desarrollados y es también una estrategia de las grandes empresas para mejorar el clima laboral y elevar los índices de productividad y bienestar de sus trabajadores. Existen innegables evidencias científicas entre la salud emocional y la prevención de enfermedades cardiovasculares, crónico degenerativas y aquellas que están asociadas al estrés.

Sin duda, la salud emocional -que se traduce en un mejor manejo de las emociones- es un tema que debe ser motivo de nuestras conversaciones y fondo de nuestras exigencias ciudadanas. Es necesario llamar la atención de los medios de comunicación sobre la ausencia de este tópico en la agenda política y gubernamental, para propiciar que  la ciudadanía, a través de sus organizaciones,  genere un movimiento social a favor de incorporar la educación emocional en los planes de estudio de todos los niveles educativos, centros de trabajo -a través de la capacitación laboral- clínicas y hospitales -a través de programas preventivos y formativos sobre el manejo del estrés-.

Existen aspectos de la vida pública que no podemos dejar en manos de quienes tienen hoy la mirada puesta sólo en sus intereses políticos o personales. El descuido de sectores como la salud y la educación nos debe motivar a emanciparnos y a actuar en la medida de nuestras posibilidades, con ideas y acciones concretas para garantizar a nuestros hijos un clima social más seguro y más digno.

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