La imagen como destino

POR: EMMA RUBIO

El gran filósofo Theodor Adorno en su momento pensó que se había impuesto un nuevo imperativo categórico a saber; «reorientar el pensamiento y la acción para que la barbarie no se repita». El pensador alemán nos invita a repensar los conceptos tales como: verdad, política, moral. Para Adorno el sufrimiento es la condición de toda verdad. ¿Qué tanto nos puede decir hoy en día esta postura? ¿Hemos realmente superado la “era de la catástrofe” la cual se comprende del 1914 al 1945? Es realmente preocupante que hoy veamos a estas historias del pasado y nos encontramos como en aquel entonces o quizá hasta peor pues si algo tengo claro es que el tener acceso a imagen e información tan fácilmente nos ha vuelto más mezquinos en cierto modo. El tema de la pantalla influye mucho en la tendencia a banalizar el sufrimiento de los otros, pero por otro lado como nos sugiere Susan Sontag hay que aprender a elegir la mirada con la cual se observa el sufrimiento de los otros en las imágenes. Si bien, me parece que este encuentro requiere un proceso de concientización y empatía muy poco probable para las miradas que tan sólo consumen imágenes sin reflexionar. Pero siempre cabe la posibilidad de repensar y reorientar la propia mirada.

Por otro lado, puede pasar lo contrario cuando se da la censura ante ese tipo de imágenes, pues muchos optan por no reproducirlas en los medios pareciéndoles una cuestión de ética, sin embargo, yo me pregunto ¿ocultar la verdad es ético? Y hay quien ya me ha respondido y me han dicho que se puede informar pero no mostrar tal cual las imágenes y de inicio yo compartía tal postura pero ahora no lo sé pues considero que si no se muestra no se reconoce, la imagen viene a fungir como el sustento a la información y ver tal cual la realidad, nos pone ante la justa dimensión del acontecimiento y entonces puede que no se banalice. Por lo tanto, vemos que en un caso u otro se corre el mismo riesgo. Por lo tanto, el problema no es el tema de la imagen o la reproducción de la guerra como espectáculo, el quid del asunto va más allá de esto.

Sontag nos lo deja claro en su ensayo el lector es conducido más allá de las fotografías de guerra a través de un recorrido por su historia y su relación con el entorno. Partiendo de las observaciones que Virginia Woolf plasmó en Tres guineas acerca de los orígenes de la guerra, Sontag repasa la fotografía de guerra desde diferentes puntos de vista: pruebas de realidad, manipulaciones, censuras, arte, memoria, contenido de los medios, espectacularidad y espectador. Será él, quien dará sentido último a las miserias de otros, rostros anónimos, cuerpos ajenos; guerras que no comparte ni entiende sino a través de un disparo que no mata pero eterniza en el dolor. Y justifica Woolf que el fallo está en la falta de empatía y de imaginación. Argumento peregrino para tan devastadora realidad.

Hoy estamos ante la reproducción de la imagen y nos estamos topando incluso con falsificaciones, vemos que algunos medios en su afán de manipular toman imágenes de acontecimientos pasados tratando de hacerlas pasar como parte del que está en curso. No es la primera vez que los medios falsifican imágenes. El semanario L’Express publicó en diciembre de 1956 una serie doble de fotografías sobre el alzamiento húngaro. Los documentos eran idénticos, sólo variaban las versiones de los pies de foto. En una de esas imágenes dobles se veía un tanque soviético en medio de una calle. Mientras uno de los pies de foto rezaba ‘Despreciando el derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, el gobierno soviético ha enviado varias divisiones blindadas a Budapest para reprimir el alzamiento”, bajo su opuesta pareja podía leerse “El pueblo húngaro ha solicitado la ayuda del pueblo soviético. Han llegado varios tanques soviéticos para proteger a los trabajadores y restablecer el orden”.

La importancia no está en conocer las pasadas dobles intenciones de los usuarios de imágenes de guerra, sino en la aprehensión por parte del público de la trampa en futuras recepciones de las mismas. «La guerra no es un espectáculo». Al menos no lo era en los grabados de Goya de principios del siglo XIX. Cierto que no eran fotografías, sino representaciones que el autor escogió crear para reflejar los horrores que sucedían a su alrededor. Tal vez no eran copias exactas de una realidad dada. Pero también es cierto que «fotografiar es encuadrar, y encuadrar es excluir». Elegir. Todo depende de la elección: encuadrar, publicar, mirar, reflexionar. Manipular.

La fotografía es como una cita, una máxima o un proverbio. Desde la guerra de Crimea hasta la «guerra del terrorismo». Ha pasado un siglo y medio entre uno y otro acontecimiento. En medio, los conflictos se han sucedido como un látigo que cae con fuerza una y otra vez sobre la carne trémula y doliente. Como especie no hemos parado de capturar el sufrimiento y si nos alineamos al sistema del bestial capital es un hecho que hay sufrimientos que tienen más rentabilidad que otros. Claro ejemplo lo vemos hoy ante el fuerte interés en el conflicto de Ucrania y Rusa mas no lo hemos visto en los conflictos que no paran en el Medio Oriente. Jamás vi a tantas personas preocupadas por el tema cuando por ejemplo destruyeron Damasco. Pero en definitiva, los intereses económicos de las potencias es lo que prioriza un sufrimiento sobre otro.

Los fotoperiodistas han sido ladrones de sus horrores, y a veces víctimas de la bestia. Y los lejanos observadores, ajenos a la devastación, han podido volver sus gráciles cuellos hacia paisajes más agradables. Pero en el fondo quieren ver, quieren recorrer con sus ojos el infierno, la destrucción, la crueldad. Encontrar belleza en las fotografías bélicas parece cruel. Y eso es lo que nadie quiere, lo que debe ser soslayado. Qué es correcto y qué no lo es. Qué es apropiado transmitir. Dónde acaba el buen gusto. Cuándo las imágenes se vuelven insoportables.

Basta recordar al fotógrafo Kevin Karter quien se hizo ganador de Pulitzer tras haber capturado para siempre los horrores del sufrimiento humano, la violencia implícita, el dolor, la muerte. ¿Habrá alma que soporte ver tanto y verlo meramente como espectador? ¿cómo lograr que no te atrape el horror que no te invada el interior y no te vaya carcomiendo lo poco que te puede quedar de espíritu y de fe en la vida? Evidentemente era de esperar el funesto fin de la vida de este fotógrafo. Dejando como últimas palabras lo siguiente: «Realmente lo siento —dijo en su carta de despedida—. El dolor de la vida anula la alegría hasta el punto en que esta no existe. […] Estoy atormentado por los vívidos recuerdos de los asesinatos, cadáveres, enojo e ira. De los niños hambrientos o heridos. De los locos que sonríen cuando disparan, la policía, los verdugos. Me voy para reunirme con Ken si tengo suerte».

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver