Si yo fuera Residente

I. De cuyo nombre no quiero acordarme

En los inconmensurables años noventa, en los conciertos de la escena llamada “Rock en tu idioma”, muchos cantamos y coreamos letras que hoy son impresentables. En gran parte por el necesario cambio de narrativas pero también porque ya estamos viejos. Y no viejos en el sentido docto de ser ancianos, sino en el sentido rancio y vergonzoso como para seguir alzando las manos y dibujar con los índices y los pulgares un triángulo mientras gritamos “La pucha asesina”, por ejemplo. Las generaciones que crecieron con el rock y el rap ya en 2022 una gran parte es vieja, mientras que al resto le queda apenas una pequeña veta de juventud. Los cambios generacionales son así: sorprendentes, irredentos, confrontativos para luego ser repetitivos y hasta abyectos. 

La catástrofe del rock como agente libertador comenzó cuando fue domesticado, acicalado, perfumado, se numeraron los asientos y se les puso aire acondicionado a las salas de conciertos, pero también cuando su público se hizo viejo. En México, la transición de los hoyos funky a los escenarios con nombres de bancos españoles es la muestra clara de cómo se diluye una revolución. Y este mismo fenómeno se repitió, con sus expresiones locales, en todos los países que el rock tocó. Algo parecido le ocurrió al rap y le ocurre a las expresiones culturales y artísticas “urbanas”. Lo marginal se civiliza, la resistencia se comercializa, lo contestatario se prefabrica para ser comestible e impreso en hoodies y el público se rinde ante un sistema invencible.  

A pesar de que haya dicho que el rock se domesticó con las salas de concierto con aire acondicionado y asientos numerados, no lo agradezco poco. El Roxy, lugar mítico para los que vivimos la adolescencia en Guadalajara, era un espacio en verdad feo, sucio y hasta peligroso. Ya en 2019 vi a Primus en una sala agradable, buen sonido y baños limpios, lo ideal para un público como el de la banda californiana; es decir, ideal para viejos. 

Como adolescente en los noventa con alma rockera me negué a seguir la ola de rap que comenzó a suplir al rock. Ya no se diga años más adelante cuando los ritmos latinos, como el raeggeton, se pusieron de moda. En 2005 “Atrévete te te” sonaba en todas partes y siempre le cambiaba de canal cada que salía el dichoso video de la canción con decenas de mujeres vestidas con minifaldas blancas. Hubo muchas otras canciones que evitaba y pronto MTV dejó de ser mi canal favorito. Por años me aferré a la música que me formó en la adolescencia hasta el punto que trataba con desdén todo lo que se programaba en la radio y en la televisión. 

II. Aquello que más cuesta se estima y debe de estimar en más

El peligroso momento en el que dejas de estar en onda no se da en un solo acto, sino en una serie de eventos diminutos hasta que te descubres abrazando tus CDs que no pueden reproducirse en ningún dispositivo nuevo porque ni siquiera traen lector de esa tecnología efímera. Por fortuna la vejez —esta vez referida por cómo me ven los adolescentes y no porque lo sea en toda regla— y la versatilidad de la música me trajeron gustos más flexibles, nuevos grupos queridos, música fresca. También por esos factores —y también por fortuna— dejé de sentir la necesidad de definirme como “alma rockera”. 

En esa etapa descubrí a Residente, con su disco y documental del mismo nombre. “Es el de Calle 13”, me dijeron. El disco con ritmos del mundo me acompaña desde entonces. “El futuro es nuestro” y “Milo” son mis canciones favoritas. Desde entonces mi idea sobre ese artista puertoriqueño cambió y lo tuve en mucha mejor estima, y quizá más justa, que cuando me quejaba de “Atrévete te te” y de que MTV ya no era lo mismo. Quizá por esto mismo le di oportunidad a la sonadísima tiradera que Residente le hizo a JBalvin. Pero también porque al escucharla no encontré más que verdades poderosas que me habría gustado escribir. 

Debo decir que aunque trato de conocer nuevos artistas siempre siento que llego tarde a todo, como si mi destino fuera llegar a lugares en los que acaba de ocurrir una fiesta. No sin cierto rubor puedo decir que hasta hace muy poco descubrí que me gusta el freestyle. En una tarde de ocio vi la Batalla de los gallos del Festival Internacional Red Bull del 2020 y me sorprendió aquel universo extrañísimo y divertido al que llegaba no solo tarde sino vieja. 

Es verdad que algunos aspectos me causan incomodidad, como el eje central de denostar al contrincante. Sin embargo, también ví que al término de las contiendas se abrazan y se felicitan. Me recordó a los gestos que muchos peleadores de box tienen con su oponente. No por casualidad los mejores contrincantes del freestyle y del box se forman en la calle. En esa calle que tantas expresiones culturales han nacido, ese barrio tan único y parecido a muchos otros del mundo hermanados por las garras de la marginalidad, la pobreza y la falta de oportunidades. Esa calle que, por cierto, los que logran salir de ella,  siempre recuerdan y otros hasta anhelan volver. 

III. Sepamos, pues, ahora cuál es más loco, el que lo es por no poder menos o el que lo es por su voluntad

Residente sacó en 2019 “René”, la primera canción de su nuevo disco. Entonces conmovió a muchos seguidores, yo incluída, pero también fue criticado por el supuesto victimismo del autor. “De estar deprimido a pesar de ser millonario”, como si la soledad no la pudieran sentir los famosos, los ricos o los bravucones. El proyecto de su nuevo disco se detuvo por la pandemia y no fue hasta hace muy poco que sorprendió, como dicen por ahí: a propios y extraños, con su tiraera a JBalvin. 

Me enteré de las aristas de la bronca por la canción que Residente hizo con el productor argentino Bizarrap. Lo dicho, siempre llego tarde a todo. Sabía poco de todo, pero un buen pleito es irresistible. La tiradera me emocionó, aunque tiene algunas frases que no me gustan. Como cuando utiliza imágenes sexuales como insulto. Me incomodaron como se incomoda una vieja escuchando rap, pero también las creo innecesarias entre la cascada de frases poderosas y certeras que presenta.

“Un imbécil con tinte de cabello que puso a mujeres negras con cadenas de perro en el cuello. Un blanquito que perdió el camino, todo un divino aceptando su premio de afro latino.” Son tan solo un par de cosas que Residente le dice a JBalvin, si eso no debe señalarse, incluso y sobre todo con rabia, entonces qué se hace. En un mundo tan desigual, en una región como latinoamérica donde los privilegios apestan a injusticia, se debe ser menos permisivo con los estúpidos. 

Puede ser que la estima que le tengo a Residente me nuble el juicio, pero cualquier persona que goce de fama por el simple hecho de ser un producto de la industria y no de la música, merece ser señalado. Merece que se le recuerde que su música o lo que sea que haga se quedará en ese lugar pestilente en el que se echa lo que nos avergüenza con el paso del tiempo. 

Lo peor de la industria de la música es la fabricación de esos artistillas de oropel que utiliza como moneda de cambio unos cuantos años y se sigue con la siguiente ola. Para dicha industria, la música es lo de menos, es lo que menos importa y ahora está saqueando los ritmos latinos para llenarse los bolsillos. Si eso no debe señalarse, entonces qué se hace. El discurso poralizado contra los privilegiados no debe domesticarse, debe ser áspero, rudo, majadero, no debe gustar, debe incomodar, hacer ruido, que den ganas de taparse los oídos. Porque ante las injusticias nadie debe poner la otra mejilla sino preparar el otro puño.

La arenga de Residente no solo está llena de verdades sino de puñetazos certeros. Ni los errores que él mismo ha cometido le restan verdad. Sería injusto demeritar sus críticas a partir de sus canciones anteriores, lo penoso sería que siguiera siendo el mismo, que no aprendiera de sus tropezones, que no se evolucionaran sus narrativas o que se quedara callado. “Una cosa es ser artista y otra cosa es ser famoso”, dice Residente. Agregaría que la obra de los artistas permanece, se transforma y cambia con ellos, a los que solo les sostiene la fama se les olvida rápidamente y muchas veces con vergüenza. 

¿Quién dijo que la rebeldía y los grandes ideales son potestad de los jóvenes? Si yo fuera Residente no me creería que estoy vieja para tiraderas y es posible que solo por eso lo haría. Porque si bien hay coros que ya no cantaría a todo pulmón en un concierto, irme a sentar porque soy señora, jamás. 

Vonne Lara

Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Mamá cósmica.

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