J. R. R. Tolkien y el mundo según el bien y el mal mítico

OURÓBOROS / AGLAIA BERLUTTI

El mundo creado por Tolkien para la obra The Lord of The Rings, es quizás uno de los más amplios y complejos de la literatura. Lo es por razones obvias: el escritor no sólo dotó a su universo de mitología, religión, lenguaje y antropología propia, sino que, además, enlazó una serie de ciclos mitológicos para englobar una idea sobre el arquetipo que aun en la actualidad, resulta un prodigio formal. También lo es por razones menos evidentes: cada personaje de Tolkien es un símbolo y también, una máscara conceptual de algo más profundo, elaborado y por supuesto, confuso de entender. Nada en el mundo de Tolkien es simple y no lo es por el mero hecho que está construido para sostener algo mayor: una narración que intenta englobar el rostro de la mitología como algo más que simbología antigua.

Por supuesto, el poder y la belleza de la obra de Tolkien tiene una estrecha relación con el hecho que transcurre por completo en un territorio imaginario, creado para contener y extrapolar una múltiple versión de la realidad. Desde los reinos que aglomeran una serie de deconstrucciones sobre mitos y leyendas nórdicas, celtas y sus diferentes ramificaciones, hasta la capacidad del escritor para humanizar criaturas mitológicas hasta dotarlas de propósito y de capacidad para reflejar lo humano, todas las historias de Tolkien se sostienen sobre el mismo impulso: recrear a través de la fantasía el mundo del hombre.

Construir una versión de delicadísimas fronteras sobre el bien y el mal escindido a través de algo metafórico. Más allá de la alegoría y en especial, con un cuidadoso respeto por el arquetipo medular del cual procede todo el trayecto hacia la hoja escrita, Tolkien encontró la forma de narrar en el mismo escenario épicas en las que sus versiones sobre walkirias, gigantes, ogros, hombres emparentados con grandes linajes, artefactos y objetos de leyenda, subsisten bajo un mismo ámbito y bajo exacto objetivo.

Investigador nato y amante de la capacidad de la literatura para traducir la percepción de lo misterioso, el trabajo de Tolkien celebran la necesidad compartida por el espíritu humano por descubrir sus enigmas y lo hace desde la connotación ideal de crear algo más depurado que una simple versión de líneas narrativas familiares para cualquier amante de la historia.

Claro está, antes de la publicación de El Hobbit (primera obra de su universo) en 1937, Tolkien ya había dedicado una cantidad considerable de esfuerzo a recorrer lo mitológico como ámbito de lo humano y lo potencialmente ideal, a través de su especialísima mirada por diversos mitos y personajes fundacionales de la mitología. Su ensayo sobre Beowulf, se hizo famoso en Oxford por permitir una lectura por completo nueva del clásico anónimo, en especial, gracias a la insistencia de Tolkien en destacar el hecho que cada elemento de la narración, es en realidad un recorrido por la cultura que le vio nacer, en contraposición con la habitual suposición que se trataba de una mezcla de leyendas y mitos más o menos similares, con un propósito aleccionador. Pero como medievalista, logró encontrar en la obra, una mirada sobre un sistema de valores que además, sostenía la percepción clásica sobre el héroe trágico, algo que hasta entonces, no era del todo aceptado y de hecho, había suscitado más de un debate acalorado.

Pero el escritor, que con toda seguridad ya comenzaba a plantearse la posibilidad de analizar la mitología desde su necesario vínculo con un tipo de contexto nuevo, insistió en que Beowulf era también una búsqueda de los valores y los ideales, más allá de su carácter de poema épico, alejado además de sus raíces en las leyendas mitológicas de los pueblos del Norte. Obviamente, es una obra temprana que ya permite suponer que el escritor reflexionaba sobre la cualidad del símbolo como elemento que se transforma y se sustenta sobre algo más prodigioso. Escrito en 1926, es quizás, la mirada más clara sobre las posibilidades que, según Tolkien, asumía podían existir en la narración mitológica como algo más amplio.

Lo mismo podría decirse de sus interpretaciones de Sir Gawain y el Caballero Verde que la leyenda alrededor del escritor asegura le obsesionó hasta convertirse en un motivo de investigación perpetua. Pero más allá de eso, es notorio que se encontraba en la búsqueda de un centro esencial en la forma de reflexionar sobre la identidad colectiva que se manifiesta a través del mito. Para el escritor, no se trataba sólo de fragmentos más o menos comprensibles de creencias y tradiciones orales mucho más antiguas, sino una búsqueda sobre la concepción de lo humano mezclado con lo divino a través de una idea en perpetúa transformación.

Sus conocimientos como medievalistas le permitieron encontrar una forma de unir y entremezclar todo, ir desde el ciclo artúrico hasta los viejos poemas sobre el poder femenino y masculino, convertidos en epítome del temor y la belleza. Para cuando el escritor decidió comenzar a escribir acerca de un universo mucho más robusto y complejo que sus tímidos intentos en poemas y narraciones cortas, la concepción sobre lo primigenio de lo mitológico se volvería su principal obsesión.

Un tesoro escondido, un valle en sombras, el bosque eterno

Tolkien diría después que El Hobbit fue un cuento para niños que tardó casi seis años en escribirse y quizás, fue así. No obstante, un análisis del texto permite comprender que incluso en su dulce ingenuidad y su ritmo tan semejante a los poemas bardos de amor y aventuras con los que, sin duda, el escritor estaba familiarizado, el libro es mucho más que eso. Aunque comienza con una línea mágica, semejante a la de cualquier cuento de hadas al uso, de inmediato el libro sostiene un discurso que de alguna forma, es el precursor evidente del mundo extraordinario que el escritor narraría en su trilogía futura.

Sin duda, El Hobbit carece de la seriedad, el impulso épico y la necesidad de reconstrucción de todo tipo de figuras ideales que tendría los libros que Tolkien escribiría después, pero aun así, sus parajes sencillos son lo suficientemente consistentes como para sostener una historia extraña, para la época asombrosa y que pasaría a la historia como el primer capítulo satélite de una obra mayor.

¿Necesita la trilogía El Señor de los Anillos de El Hobbit? es una pregunta que más de un investigador se ha planteado, sobre todo por el hecho que historia discurre por terrenos por completo distintos a lo de los libros más famosos de Tolkien y en especial, por el modo en que ambas obras confluyen, como piezas en una estructura mucho mayor. Pero en realidad, El Hobbit puede entenderse como el primer intento serio del escritor por construir un universo a través de una rica caracterización, un brillo del imaginario colectivo que asombra por su cualidad portentosa y su atención casi obsesiva al detalle. El Hobbit no es sólo una historia, es también el preludio de algo más grande y multidimensional.

Es posible deducir la forma en que Tolkien escribió la trilogía entera a través de The Hobbit, que fue transformándose poco a poco hasta convertirse en una narración robusta, repleta de referencias cruzadas. La historia, que cuenta cómo el hobbit Bilbo Baggins recorre el ficticio continente de la Tierra Media en compañía de un mago y un grupo de enanos es a la vez una metáfora sobre las antiguas compañías medievales y también, todo un paso longitudinal en cuanto a la creación de universos literarios se refiere.

Desde el primer párrafo —que narra la vida cotidiana en la Comarca, región habitada por las criaturas imaginadas por el escritor—, hasta las correrías que atraviesa a través de lo largo y ancho del mundo ficticio al que de alguna forma la aventura da forma, El Hobbit es una curiosa mezcla de narración clásica con algo mucho más denso, que deja entrever la existencia de un mundo extraordinario. En toda su magnificencia, la Tierra Media no es otra cosa que un escenario que sostiene la narración y que se descubre poco a poco en un recorrido azaroso. Montañas, bosques, los Reinos de distintas especies, encuentros con todo tipo de criaturas: en la travesía de Bilbo Baggins no falta un elemento de las grandes épicas tradicionales, sólo que comprendidas a una escala pequeña y delicada.

Tolkien, que aseguró en más de una ocasión que jamás esperó la repercusión de su novela, ya parecía meditar sobre las extraordinarias proporciones de algo mucho mayor, a pesar de asegurar que “su cuento para niños” era parte de sus pasatiempos más preciados. No obstante, cuando su hijo Christopher publicó la primera de las obras póstumas de su padre, El Sillmarillion, la variedad y vastedad del material, demostró que el autor ya esbozaba durante la escritura de El Hobbitt, algunas de las ideas que después plasmaría en su clásica trilogía.

Algunos de los borradores, cuentos y poemas (que según la versión de Christopher Tolkien formaban parte de la extraordinaria colección de notas de su padre) delineaban los principios medulares de un mundo tan rico como realista. Desde el cuento largo El Silmarillion, hasta el mito creacionista AinulIndale, el relato élfico Valaquenta hasta Akallabeth, que narra el nacimiento de las razas más importantes de la tierra, la cosmogonía que Tolkien imaginó para su historia creció a medida que el escritor incluyó elementos tomados, reversionados y deconstruidos desde todo punto de vista. Para cuando el escritor comenzó a escribir la que sería su obra más conocida y la que le haría parte de la historia de la literatura, es probable que ya hubiera imaginado la mayor parte de los territorios extraordinarios de la Tierra Media.

Pero, además, ya en El Hobbit era evidente el patrón que sostendría el resto de las historias del escritor: desde los principios de estructura, tan semejantes a las grandes epopeyas medievales y anteriores, hasta el patrón de las leyendas sublimadas para construir y constituir una comprensión más poderosa sobre la identidad, la percepción de Tolkien sobre el relato como fuente de belleza, pero también un mensaje simbólico, provoca profundo asombro. Incluso, se toma el atrevimiento de asimilar los principios de Dante y Chaucer, que basan el equilibro universal y cósmico en una preciosa combinación de lo estético, para crear el libre albedrío de la Tierra Media como una percepción moral de enorme valor intrínseco. Se trata sin duda de una osadía experimental, pero a la vez, profundamente sentida: los maravillosos espacios y terrenos de la belleza, convertidos en una forma de metáfora sobre la vida humana y sus luchas.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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