El perdón como fuente de resiliencia personal

Foto Toni Reed en Unsplash

Por: Ernesto Palma F.

El común denominador entre las personas que hoy sufren en algún lugar del mundo, desde Ucrania, hasta las sierras del estado de Guerrero o en las comunidades indígenas de los estados de Chiapas o Oaxaca, es la adversidad que tienen  que enfrentar cotidianamente para sobrevivir. La cuestión es que esas personas no sólo requieren ayuda humanitaria, sino apoyo profesional para fortalecer o desarrollar la resiliencia, especialmente entre los niños y jóvenes, quienes son más vulnerables a las condiciones de violencia e incertidumbre social.

No sólo las condiciones extremas de violencia y abandono en las que sobreviven muchas comunidades en el mundo y en nuestro país, son detonantes del sufrimiento de las personas. La pobreza, la falta de oportunidades, la injusticia o  la impunidad, son factores que generan sufrimiento y éste puede derivar en trastornos psicológicos como la depresión.

La depresión es la enfermedad de la tristeza. En ella pueden converger una infinidad de síntomas negativos: pena, abatimiento, apatía, desgana, desilusión, falta de ganas de vivir, abulia y anergia —falta energía para realizar cualquier actividad—, ideación suicida, problemas de sueño y de atención y concentración.

La depresión deja sin energías, sin ganas de hacer nada. Sus síntomas son muy variados y oscilan entre lo físico: dolores de cabeza, opresión precordial o molestias difusas desparramadas por toda la geografía corporal. Psicológicos: lo más importante es el bajón anímico, aunque también es frecuente la falta de visión de futuro, ya que todo se vuelve negativo ajedrezado por sentimientos de culpa. De conducta: paralización y bloqueo del comportamiento, aislamiento. Cognitivos: fallos de concentración y de memoria. Ideas y pensamientos sombríos que deforman la percepción de la realidad en nuestra contra, y sociales- También se les llama asertivos: se desdibujan y pierden las habilidades sociales y el trato y la comunicación interpersonal se tornan torpes y distantes.

El que no ha tenido una auténtica depresión clínica no sabe lo que es la tristeza. El sufrimiento de la depresión puede llegar a ser tan profundo que solo se vea como salida de ese túnel, el suicidio.

Nadie está a salvo de padecer una depresión. Es cierto que existen factores de riesgo —familiares, genéticos, socioeconómicos, etc—, pero las consultas están llenas de personas de todo tipo que atraviesan el túnel oscuro de la depresión. Escritores, deportistas, músicos, actrices, cantantes, políticos, grandes empresarios y hombres de éxito… Muchos han reconocido haber sufrido depresión o haber estado en tratamiento.

Hoy, afortunadamente, contamos con mejorías ostensibles en el tratamiento de la depresión a todos los niveles. Atajar los síntomas desde el principio y encontrar el tratamiento adecuado favorecen la probabilidad de curación. Muchas depresiones provienen de estados de ansiedad permanente y por tanto el tratamiento debe ir orientado a trabajar las bases del cuadro anímico, la gestión del estrés y las emociones, y el trasfondo de personalidad.

Sin embargo, se debe reconocer que no todas las personas que padecen depresión, se encuentran bajo el tratamiento psicológico indicado, por lo que es necesario recurrir a un especialista en cuanto se identifique alguno de los síntomas descritos. Por otra parte, es posible desarrollar o fortalecer nuestra resiliencia personal, mediante algunas estrategias y recursos psicológicos, cuya eficacia ha sido ampliamente comprobada científicamente, y que actualmente se utilizan como alternativas de intervención psico-emocional en instituciones especializadas en salud mental. A continuación se describe el caso específico del perdón, como una eficaz alternativa para las personas que padecen algún trastorno asociado a la ansiedad y la depresión.

El sufrimiento en la vida puede ser realmente doloroso y tormentoso, razón por la cual hay que luchar para superar ese daño. Cuando uno se queda anclado en un odio, cuando uno no es capaz de sanar las ofensas o humillaciones recibidas, puede convertirse en alguien resentido, agrio y neurótico.

Para evitar esas consecuencias negativas, incluso en los casos en los que quien provocó el trauma no tiene justificación posible, a la víctima le conviene «egoístamente» perdonar. El drama y el trauma que a unos aplasta y destruye, a otros los fortifica y regenera, dotándoles de mayor capacidad de amor.

Un ingrediente tóxico derivado de lo que estamos hablando es el resentimiento : la repetición de un sentimiento —y de un pensamiento— de forma recurrente y perjudicial. Todas las religiones y sistemas éticos tienen en el perdón uno de sus ejes básicos. El budismo lo trata en profundidad; existen lecciones magistrales de Buda sobre la necesidad del ser humano de perdonar. En el judaísmo, el concepto de perdón es fundamental, muy similar al que poseen los cristianos.

Perdonar no significa aceptar que lo que la otra persona cometió fuera aceptable o comprensible. En ocasiones el crimen es tan atroz e inhumano que no existe forma de descifrar la conducta del otro para que ello produzca un alivio. Pese a todo aun en esos casos el perdón es necesario porque el dolor que genera no merece estar anclado en tu mente. Por culpa de esa herida, de ese veneno, de ese resentimiento, puedes convertirte en alguien amargado, al no ser capaz de soltarlo. Perdonar alivia el dolor causado, evita el resentimiento y, por ello, abre a la víctima las puertas del futuro, que, sin él, estarían inevitablemente cerradas.

La capacidad de perdonar es exclusiva de la víctima, no depende del arrepentimiento de quien provocó la ofensa. El perdón libera de cargas y ayuda a seguir adelante aunque la causa sea terrible, aunque el que la provocó no se arrepienta.

Perdonar es ir al pasado y volver sano y salvo. Si no perdonamos, podemos quedarnos anclados en el rencor, el odio y en la revancha. En la revancha decido que quiero devolver la ofensa al otro, quiero que sufra y que le sucedan cosas negativas. En el rencor, me mantengo herido, apuñalado y no soy capaz de olvidar y superarlo. Si esto nos sucede, seremos incapaces de recuperar la paz y el equilibrio.

¿Cómo perdonar?

  • Aceptar lo que ha pasado. No negar la realidad.
  • Intentar comprender lo que ha sucedido con perspectiva. A veces somos protagonistas de algo ajeno donde no hemos podido intervenir de ninguna manera. La vida conlleva injusticias y complicaciones que no podemos controlar.
  • Trabajar el nivel de autoestima. La capacidad de perdonar, de sobreponerse a la rabia, a la sed de venganza o a la autocompasión es propia de las personas que poseen fortaleza interior. Si ante un acto grave quien lo sufre es capaz de sobreponerse y perdonar, está haciendo una exhibición de seguridad en sí mismo propia de alguien con autoestima sana.
  • Ser optimista. A veces requiere tiempo, pero el simple hecho de saber que se puede crecer ante el dolor, la esperanza de superarlo, puede resultar un bálsamo para aliviar las heridas.
  • Evitar anularnos con sentimientos de culpa. ¡Cuidado con convertirnos en víctimas! Hay personas que ante una fatalidad se encierran en sí mismas y evitan progresar. Acudir a hechos pasados para autojustificarnos una y otra vez nos acaba enquistando, deteniendo nuestra trayectoria vital.
  • Mirar hacia adelante.
  • A perdonar se aprende cuando a uno le han tenido que perdonar. Es un ejercicio sano rebuscar en nuestro pasado reciente, en nuestra propia vida, el perdón de otros.
  • Ver a la otra persona como digna de compasión. Hay que tratar de sustituir lo negativo por sentimientos poderosos como la compasión y la misericordia.

La compasión —literalmente «sufrir juntos»— es una capacidad que eleva a quien la ejercita. No sólo entiendes el dolor que atraviesa el prójimo, sino que conectas con su sufrimiento, intentando emplear todas tus herramientas personales para ayudarle a salir adelante.

Trabajar la compasión desde el corazón tiene efectos maravillosos en la mente, en el cuerpo y en la relación con los demás. Es una manera de liberarse de la rabia y del odio, aportando paz y equilibrio. Obviamente la capacidad de empatizar es distinta en cada individuo pero puede trabajarse, lo que nos ayudará en nuestras relaciones personales y profesionales.

Aunque el perdón puede ser visto como un acto de  debilidad o cobardía, es en realidad un rasgo de fortaleza interior que se encuentra en la esencia de corrientes filosóficas, y de acuerdo con los nuevos descubrimientos neurocientíficos, constituye un recurso muy eficaz en la autopromoción de la salud mental. Por sus  múltiples beneficios y ventajas  a nivel personal y social, vale la pena intentarlo.

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