El misterio, la oscuridad y la belleza en la literatura contemporánea

La magia y la brujería en Norteamérica siempre serán temas controvertidos. Luego de la larga sombra de los juicios contra supuestas brujas y sus implicaciones, la noción acerca de lo sobrenatural en la cultura del país tiene algo de sesgado, pero también inquietante. Un concepto a medio construir que no termina de sustentarse sobre un planteamiento coherente. Desde la magia de Nueva Inglaterra (emparentada directamente con la hechicería tradicional que viajó desde Europa con los primeros colonizadores) hasta las tradiciones indígenas, lo misterioso en EE. UU. está emparentado con una mirada desconfiada de lo primitivo.

Una de las primeras escritoras en meditar al respecto fue Shirley Jackson, que elaboró un tipo de terror provinciano con tintes mitológicos en casi toda su obra. El punto de vista de Jackson sobre el horror sostiene un elemento coloquial de dura alegoría sobre la realidad que le rodea, entrelazada con la concepción de lo místico y lo terrorífico. A diferencia de H.P Lovecraft (que imaginó mundos extravagantes y monstruos cósmicos que habitaban regiones inabarcables por la imaginación), Jackson apostó a lo temible en pequeñas escenas concatenadas entre sí hasta crear una tensión narrativa que termina por ser sofocante y dura de asimilar. Cada una de sus obras se sostiene en un elemento mágico tenebroso que se hace más complejo, pero mucho más humano, a medida que avanza la narración.

Para la autora, la fuente de inspiración primaria no era lo sobrenatural, sino las pequeñas vicisitudes que le rodeaban, convertidas en escenas cotidianas con un reborde maligno. Jackson estaba lo suficientemente familiarizada con la magia –rituales y tradiciones europeas, africanas y caribeñas– como para crear en sus novelas y cuentos capas superpuestas de un complejo simbolismo. Lo tétrico no es el motivo ni el objetivo central de su obra, sino algo más cercano a la amargura y al miedo. Una mezcla de frustración, apatía y angustia que transforma cada una de sus relatos en una percepción hórrida sobre los dilemas existenciales corrientes. La prosa de la escritora se convierte en paisajes anómalos y deformados de lo cotidiano, una mirada a los infiernos invisibles poblados de rostros comunes.

El escritor Laird Hunt usa la misma fórmula en su novela In The House in The Dark of the Woods (2018) y le añade una notoria capacidad para conjugar el horror desde la mirada de la brujería y la magia como una versión de la incertidumbre. De la misma forma que Stephen King (que redimensiona la fórmula de Shirley Jackson y la lleva a un nuevo nivel), Hunt analiza el mal y el miedo desde la conveniente distancia de un hecho fatídico envuelto en el manto de lo cotidiano. Su novela explora lo mítico y enigmático a través de una mirada sobre circunstancias en apariencia carentes de importancia para luego crear una historia de horror folk que, desde su engañosa apariencia de vulgaridad, logra el efecto inmediato del miedo en estado puro.

A primera vista no hay nada destacable ni especialmente peligroso en los paisajes que describe el escritor. Tampoco en la desaparición de uno de los personajes, punto de inflexión en la narración que Hunt sostiene con pulso inteligente y con una evidente conciencia sobre lo engañoso de su propuesta. Como en el cuento La lotería (1948) de Jackson, Hunt incursiona en una nueva dimensión de lo terrorífico y lo hace con un pulso que sorprende por su eficacia.

A medio camino entre un cuento de hadas y un thriller a toda regla, la obra de Hunt funciona a dos bandas paralelas. Por un lado, recorre las enigmáticas zonas rurales de Nueva Inglaterra (la Norteamérica profunda construida a la medida del desarraigo cultural) y, a la vez, se concentra en la poderosa voz del personaje narrador, que asume el papel de guía en mitad de un recorrido complejo e incompleto a través de la oscuridad –exterior e interior– y es la frontera entre lo absurdo y lo terrorífico que se esconde en los extensos bosques de árboles centenarios. 

Hunt maneja con inusual habilidad la connotación de lo desconocido que se extiende alrededor del personaje central. Lo sobrenatural se estructura como una amenaza casi orgánica. Con sus caminos impracticables, el sonido del viento cada vez más violento y la persistente sensación de anomalía, la historia de Hunt se superpone a lo evidente para mostrar una dimensión original sobre lo terrorífico. Para el escritor, el centro de toda la acción es una búsqueda incesante de significado –de lo temible, lo misterioso, lo que se esconde en la oscuridad– y las formas que asume lo inquietante en medio de la realidad.

Sobre todo, Hunt juega con la ambigüedad: nada en la novela es lo que parece e incluso en sus momentos más intensos y duros la narración se desvía con sabiduría de líneas predecibles. Apenas hay nombres dentro de la trama y es ese anonimato –y su vaguedad inherente– lo que convierten a In The House in The Dark of the Woods en algo difícil de definir. “Le dije a mi hombre que me había ido a recoger bayas y que debía cuidar a nuestro hijo porque me iría por un buen rato. Así que me fui con una cesta”.

La novela comienza con la frase anterior, que no indica nada que pueda anunciar lo sobrenatural, pero está cargada de una cierta sensación etérea. El bosque, el hombre, el hijo son ideas que gravitan sobre la acción principal sin que nunca lleguen a ser del todo reales, a pesar de parecerlo y que, por momentos, la realidad física del temor es tan profunda que resulta insoportable.

Hunt logra que esa abstracción de la realidad se manifieste como una especie de vacío ambivalente: el personaje avanza por el bosque y poco a poco su identidad queda diluida en medio de los sonidos, las sensaciones y la presencia invisible que le sigue y que percibe casi por instinto. Hunt explora esa sensación de vaguedad colectiva (lo que no existe sino apenas por un recuerdo sugerido), le otorga una mayor fortaleza a los personajes que sí llevan la carga de un nombre, tal y como el autor deja muy claro en una de sus frases más memorables. “El nombre era real, como el cielo y la Tierra. Como el calor de la sangre en mis venas. Cuando le señalé y reconocí, existí de inmediato”. El personaje central acaba de tropezar con una mujer que lleva una cuerda pesada y oscura –¿por la suciedad, por la sangre?– alrededor de la muñeca y una larga cicatriz en el rostro. Aún así la encuentra bella. “Jane, ese es mi nombre. Soy además capitán de mi bote, ¿qué no puedes ver?”, dice la desconocida.

Para la narradora, todo a su alrededor se hace mucho más corpóreo y comprensible. Hunt consigue que ese primer encuentro con lo extraño tenga un toque de belleza siniestra que realza con pequeños golpes de efectos sensoriales. Insiste en que Jane tiene un aroma “sucio y justo” y que su risa –fuerte y ruidosa– es como “el eco del bosque enredado en medio de un sonido humano”. Pero Jane es algo más o, quizás, es lo que la narradora sin nombre necesita creer.

Cualquier sea el caso, Jane encarna el bosque y sus misterios con su bolsa repleta de raíces y hierbas, los ojos como “linternas para perforar la oscuridad” y sus manos firmes y fuertes “que podrían matar y traer un niño al mundo, quizás ambas cosas como un prodigio de la tierra”, piensa la narradora mientras sigue a la misteriosa mujer al fondo del bosque. Para la mujer sin nombre, Jane es un faro en la oscuridad y una mirada elaborada sobre el terror convertido en insinuación. Jane podría o no existir, pero a la vez es mucho más real que cualquier otra cosa que la voz de la narradora ha descrito hasta entonces.

En medio del bosque se levanta una casa. Hunt logra que el efecto de la sorpresa tenga algo de onírico y también de desconcertante. La casa surge entre los troncos como una aparición y, de hecho, pareciera serlo: tiene un aspecto derruido y viejo, aunque a la vez toda la tesitura de una construcción nacida de las entrañas de la tierra. “Ésta es la casa de Eliza”, dice Jane mientras señala el lugar –que podría ser una choza, un camino zigzagueante o solamente una sombra en mitad de las sombras– y se acerca con paso firme. Para la narradora la casa es enorme, una apoteosis de belleza verde y amarilla, muy semejante a las sombras del bosque en que está perdida.

Como si el nombre de la desconocida cambiara de rumbo el sentido completo de la novela hasta ese momento, de pronto todo se hace más nítido. La narración de Hunt cambia y se hace más sensorial, toda adjetivos para describir la belleza aciaga del bosque, el cielo encapotado, la presencia firme de Jane a su lado, el olor de las bayas, hojas y ramas que le rodean. Cuando una voz se escucha desde la casa  —“¡Es un nombre bastante común!”, grita una voz femenina desde el interior con evidente sentido del humor — todo el ambiente se materializa alrededor de la narradora. Y, de hecho, es entonces cuando toma conciencia que se encuentra realmente perdida, que tiene miedo, que lleva los pies descalzos heridos –antes, se ha quitado los zapatos al recorrer el arroyo, pero sólo ahora lo recuerda– y que no comprende bien lo que ocurre a su alrededor.

Eliza venda sus pies, le da de comer y le brinda cobijo con la solicitud de una madre. “Eres una buena chica que no tendría por qué serlo”, dice varias veces. La casa flota en medio de la oscuridad del bosque, aunque ahora es tan real y tan abrumadora como el centro mismo de la maleza. Hunt anuda con cuidado los hilos narrativos y de inmediato crea una atmósfera malsana y primitiva que recuerda de manera muy evidente narraciones más antiguas como el cuento Hansel y Gretel e incluso fragmentos de El gran Dios Pan (1894) de Arthur Machen. Eliza sonríe con amabilidad, pero es obvio que sólo se trata de una máscara elaborada que no disimula demasiado. Puede ser la dueña, la prisionera o simplemente encontrarse de paso, sin embargo, la casa es algo más que su hogar. “Oh, nunca salgo de esta casa y sus finos jardines”, afirma cuando la narradora le pregunta sobre cómo es su vida en el centro del bosque.

La idea de la magia y la brujería –presente a lo largo del libro como una sensación imprecisa de fuerza misteriosa– se hace mucho más fuerte en presencia de Eliza. Una y otra vez el personaje y la casa se convierten en el centro de la historia que, muy pronto, toma las características de una pesadilla persistente e inquietante. La narradora anónima sale de la propiedad en busca de “su hombre y su hijo”, pero acaba perdida de nuevo. Por segunda (y habrá una tercera vez), Jane le regresa a la puerta de la enigmática construcción en mitad del bosque y la sucesión de hechos idénticos –como un deja vu siniestro convertido en una osada metáfora– crea una concepción sobre el absurdo que aterroriza por su mera improbabilidad. La mujer está allí y, a la vez, desaparece, es parte del bosque. Eliza le recibe entre sonrisas, no obstante, le mantiene prisionera de algo más tenebroso.

Poco a poco, la narradora anónima comienza a ordenar las piezas de la vida que abandona en su mente: Hombre, hijo y bosque toman el sentido de la tragedia y se muestran como reflejos del abuso, la violencia, el dolor, el miedo, el desarraigo y una profunda soledad sin sentido. ¿Está realmente perdida la mujer en el bosque o trata de escapar? De pronto nada parece real y la magia llena los espacios de los eventos fuera y dentro de la casa para crear un rompecabezas de enorme solidez sobre el bien, el mal y el poder sustancial. El bosque se hace un personaje más, una presencia oscura y mistérica que se asimila a través de las ramas, al acecho y los ojos que podrían –o no– observar desde la oscuridad.

La novela In the house in the dark of the Woods podría ser muchas cosas: un cuento de hadas macabro, una narración experimental, una reconstrucción de una extraña visión ajena a la realidad. Pero también es un puente entre la noción de lo temible, lo creativo y el poder que engendran ambas cosas. Con sus múltiples capas de información, la novela tiene algo de artesanal –una pieza de relojería que sólo puede funcionar en las condiciones requeridas– y una suprema concepción sobre el miedo convertido en un recuerdo tangencial en la memoria. El bosque y sus misterios quizá sean el último reducto de algo más tenebroso. Y Hunt se asegura de dejarlo claro una y otra vez.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

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