El arte como expresión del dolor y la belleza

Foto de Steve Johnson en Unsplash

OUROBOROS / POR AGLAIA BERLUTTI

La nota de una lira de oro y la presunción de la belleza

La autonomía del arte es un hecho reciente y casi exclusivamente contemporáneo. Durante siglos, el arte fue parte de un pequeño grupo privilegiado que, además, necesitaba de la intervención del poder —llamase político o religioso— para prosperar. Y aunque siempre el arte ha logrado mantener un nivel de expresión sobre lo que mira —o lo que documenta— lo suficientemente fuerte como para retratar su época, siguió siendo reflejo también de cierta glorificación al mentor ideológico. Las grandes figuras del medioevo y sobre todo del renacimiento temprano, aunque lograron expresarse con alguna libertad —y dejar constancia de la opinión del momento histórico que les tocó vivir— también debieron glorificar al poder.

Quizás por necesidad, quizás por costumbre, quizás por temor, el artista promedio aprendía bien pronto que necesitaba del poderoso para procurarse un lugar en el competitivo y violento mundo artístico. El caso típico podría ser el de Wolfgang Amadeus Mozart, quien se enfrentó de manera sutil al estamento musical de su época. Desobedeciendo el canon sutil que insistía debía componer para agrado de reyes y figuras de la corte, compuso la música que deseaba escuchar, no la que se le insistía necesitaba mostrar para formar parte de esa nutrida pléyade de talento joven. Y la consecuencia inmediata fue un ostracismo social y cultural que lo sometió hasta reducirlo a la pobreza. Solo en la época burguesa finalmente se aprecia su obra y aun así, se le califica de obra menor. El puño del poder continuará aplastando su obra décadas después de su muerte.

No es de sorprender que buena parte del arte que abarca desde principios del siglo II hasta mediados del siglo XVII, tuvo una considerable influencia religiosa. Lo que implicó, a su vez, la sujeción a normas limitantes y represivas es tan tradicional como cualquiera de sus dogmas de fe. ¿No fue la intención monacal del medioevo someter a los artistas por medio de una estética restringida y carente de cualquier atributo humano? 

Hasta el siglo XIII se consideró el arte una obra del demonio y más allá, solo fue proclive de la bendición eclesiástica cuando le dio forma a la imaginería religiosa a través de símbolos fácticos para la difusión de los valores morales del cristianismo. ¿No eran los tapices de la época de Teodora de Constantinopla meros estructuras narrativas de la historia —tanto de la Corte como de la vida religiosa— que la Iglesia quería revelar como verdadera?

Sin duda el puede ser la sublimación del espíritu humano, pero también puede serlo de sus espacios más oscuros. Mucho más frecuente lo segundo que lo primero, si lo analizamos desde una óptica más dura. ¿Cuántos artistas no han mostrado su dolor y suplicio a través del arte? Desde Artemisia Gentileschi (empeñada en mostrar el miedo y la rabia de una violación temprana en cada una de sus obras) hasta Jackson Pollock, que convirtió a sus pinturas en un conjunto de mensajes transidos de puro dolor, el arte es una forma de mirar el tiempo, la forma y la expresión de lo que vivimos —somos, creamos— como un corpus colectivo. ¿Quiénes somos cuando el arte nos representa, nos refleja, nos contiene, nos muestra?

El arte, el dolor, la belleza, el asombro

Al fotógrafo David Nebreda se le diagnosticó esquizofrenia a los diecinueve años, cuando aún era estudiante de Bellas Artes en Madrid. Abrumado por los síntomas, se encerró en un apartamento de apenas dos habitaciones donde ha realizado la totalidad de su obra fotográfica. Y es que David decidió, tal vez de manera consciente, que su dolor y su sufrimiento serían la base de su obra o lo que parece ser lo mismo, el arte como reflejo de un sufrimiento secreto y que no podría expresar de otra manera que a través de las imágenes.

 Sin tomar medicación, sin comunicación con el exterior, sin radio, prensa, libros ni televisión, Nebreda creó un lenguaje fotográfico desgarrador, donde muestra, imagen a imagen, el verdadero rostro de la locura. Muy probablemente, Nebreda encontró en la fotografía no solo una manera de expresión, sino algo mucho más duro de concebir y comprender: una noción de sí mismo más directa de la que podría tener a través de sus propios sentidos.

Vincent Van Gogh sufrió un tipo de epilepsia que, con frecuencia, se mezclaba con terribles crisis de ansiedad. En sus momentos de mayor actividad artista, el padecimiento lo sumía en severos estados de agresividad y confusión que, sin duda, influyeron en la percepción de su obra e incluso en la esencia de su discurso artístico. Y de hecho, se insiste que es esa extraña combinación de locura y talento, lo que ocasionó que el pintor literalmente no pudiera dejar de pintar y produjera una inconcebible —para la época y con los limitados recursos del artista— cantidad de cuadros que parecían resumir sus épocas de dolor y angustia mejor que cualquier otra cosa. 

El mismo Van Gogh, agotado, pero iluminado por la locura como una forma de construcción de la memoria, afirmaba “Trabajo como poseído, más que nunca, en silencioso frenesí. Lucho con todas mis fuerzas para dominar mi arte, y me digo que el éxito sería el mejor medicamento para mi enfermedad. Mis pinceles corren entre mis dedos como el arco de un violín”.

Carlo Gesualdo, príncipe de Verona y conde de Conza, fue uno de los grandes compositores medievales italianos. Ningún cronista ha podido ofrecer mayor indicio sobre cuál era la enfermedad mental que le aquejaba, pero la mayoría de las narraciones, le describen como un hombre violento e irascible que solamente encontraba alivio en la música. 

En un episodio insólito que confundió a sus contemporáneos y que fue considerado “inaceptable” para el mundo artístico que frecuentó, Gesualdo hizo apuñalar a su joven esposa frente a él y después mató al pequeño hijo de ambos por dudar de su paternidad. Todo esto, sin dejar de componer piezas artísticas que asombraron por su belleza a un público embelesado que jamás sospechó que, más allá de la mano artística, se ocultaba un hombre considerado como un cruel asesino. Al parecer, la violencia de Gesualdo parecía incrementarse en la medida que no podía expresarse artísticamente.

Perturbado y cada vez más deprimido, el príncipe de Verona terminó sus días en la locura, pero siempre componiendo obras magníficas que en pleno siglo XIX fueron denominadas “milagros de perfecta ejecución”. Desde la depresión más profunda a severos estados de disociación con la realidad, el arte parece muy relacionado con esa necesidad del artista de reconocerse, comprenderse y quizás, construirse a base de lo que asume como arte y construye como idea perenne.

Un reflejo de su visión del mundo y de la inquieta reflexión sobre la naturaleza de la identidad que se logra a través de la construcción del simbolismo visual. Quizás el arte en estado puro, no sea sólo una forma de locura, sino una elucubración misteriosa sobre quien somos y cómo nos concebimos más allá de la realidad. El arte que desinhibe, que abre puertas cerradas en la imaginación y la mente, que brinda a su autor una libertad desconocida para asumirse como parte de su proceso creativo y también, de la obra que crea.

La belleza y los espacios más inquietantes

Pero el arte también engloba el contexto, el poder de lo colectivo, la memoria que se afirma y se sostiene sobre una versión de la realidad que se contrapone al deber ser y al hecho mismo de elaborar preguntas y respuestas complejas sobre las motivaciones —activas y pasivas— de nuestra cultura. El sábado 12 de octubre de 2013, artista polaco anónimo instaló ilegalmente una obra en Gdansk, en el norte de Polonia. Lo hizo en lo que después explicó como una protesta contra la presencia en el centro de la ciudad de un monumento en honor al ejército rojo.

La imagen que muestra la escultura es perturbadora, frontal, directa: la mujer que yace sobre el suelo está embarazada y un hombre se encuentra sobre ella, violándola. O al menos eso parece sugerir la violencia de su postura: se aferra a la cabeza de ella con una mano y, con la otra, le apunta al rostro con un arma. Una escena como la descrita inmortalizada resulta inquietante para cualquier observador. Pero en este caso se añade un elemento que la hace aún más desconcertante: el agresor se trata de un soldado soviético con uniforme, reconocible por su camisa de manga media, el cinto de cuero delgado y el casco redondo. La mujer lleva un vestido largo y botines al tobillo que recuerdan a una campesina de Europa del este. Es entonces cuando la escultura parece simbolizar no solo un hecho de violencia de naturaleza puramente sexual, sino algo mucho más ambiguo: una agresión mucho más elemental.

La analogía es evidente: la patria violada por la incursión soviética que, de forma paradójica, es considerada por buena parte del país como liberadora. Sin embargo, la historia en ocasiones se contradice a sí misma. Aunque Polonia fue liberada por los soviéticos durante lo que fue probablemente uno de sus períodos más oscuros, también es cierto que el país ha sufrido de todo tipo de violencia territorial, ha sido atacada y defenestrada una y otra vez por conflictos de agresión continúa.

¿Contra qué protesta entonces la escultura de Gdansk? ¿Qué argumento histórico ofrece en toda su terrible imagen, en su grotesca aseveración sobre la violencia, cruda y descarnada? El análisis no es sencillo, por supuesto, pero tampoco escapa a esa historia de dolor que ese país ha padecido y que se encuentra tan fresca aún en la memoria (a pesar del casi medio siglo transcurrido) como para sacudir la conciencia del arte en busca de significado.

La historia de Polonia está llena de asedios del poderoso del momento. Ha pasado por varios de los embates históricos en una lucha de poder de la que casi nunca ha podido defenderse. Su historia es de pérdidas y silencios. Cuando cayó bajo el puño soviético en 1945, luego de que en enero de 1944, y enarbolando la bandera de la liberación, el ejército soviético cruzó las fronteras polacas para liberar al país del totalitarismo germano. A pesar de la avanzada heroica del ejército rojo, muy pronto quedó claro que la URSS tenía objetivos y fines políticos contra los alemanes y no a favor de Polonia.

Algunas versiones de la historia mundial lo cuentan como una gran confrontación y uno de los momentos decisivos de la Segunda Guerra Mundial, pero en la historia de Polonia es otra escena de violencia en una larga historia de dolor y angustia. ¿Pero es posible que Polonia recibiera al otrora conquistador con los brazos abiertos, aceptar por buena su visión del mundo y aceptar la agresión sutil de permitir la invasión casi por necesidad ¿Una forma de violación? Muy probablemente, este joven artista anónimo de Gdansk se miró así mismo como víctima y creó una expresión de la guerra: la visión de la patria desgarrada. Y le brindó un símbolo.

¿Qué muestra entonces la escultura de Gdansk? Las interpretaciones son tantas que podrían confundirse entre sí hasta crear una idea única sobre la violencia. ¿Violencia hacia quién? ¿El dolor expresado de qué manera? Pues la Polonia traumatizada, la Polonia víctima, la Polonia mujer que aún no se recupera de sus viejas (históricas) heridas. Por supuesto, tal declaración de intenciones sacudió al país. La estatua fue derribada de inmediato y el embajador ruso en Varsovia se declaró “profundamente consternado” en una declaración donde además insistió en recordar que “El arrebato de un estudiante de bellas artes de Gdansk que con su pseudoarte insultó la memoria de más de 600.000 soldados soviéticos muertos por la libertad e independencia de Polonia”.

No obstante, la intención última sobrevive a la polémica y a la simple provocación. Así como a la idea esencial que hace del arte el vehículo elemental para construir ideas que contengan, de una manera tan precisa, el dolor y la historia. Muy probablemente, en el futuro no se recuerde a la estatua de Gdansk. O quizás sí, pero lo que prevalecerá, por encima del escándalo y más allá de una imagen ya desaparecida, pero en la memoria cultural de un país adolorido, será el mensaje. Tal vez la gran pregunta sea la que engloba y resume la inquietud del arte que construye, destruye y renace.

¿Es el arte entonces un fenómeno que escapa a la visión de quien somos para crear una nueva? ¿O es el arte una forma de concebirse, un renacimiento en nuestra capacidad de creación? Quizás nunca tengamos una respuesta a una idea que parece debatir esa expresión del yo tan profunda como es el arte. Aún así, el mero cuestionamiento deja claro que la expresión artística es algo más sustancial que una simple expresión personal y que parece rozar esa necesidad de trascendencia que forma parte esencial de la personalidad creadora.

Aglaia Berlutti

Bruja y hereje. A veces grosera y quizá demente. Fotógrafa por pasión, amante de las palabras por convicción. Firme creyente en el poder del pensamiento libre.

0
    0
    Tu carrito
    Tu carrito está vacíoRegresar para ver