La verdadera amistad es neuroquímica

Foto de Sam Manns en Unsplash

Por: Dra. María Cozumel Butrón Olguín

La amistad tiene una gran importancia en la plasticidad neuronal y en la salud de los seres humanos. Una amiga o amigo de verdad es aquel que como un espejo, nos ayuda a lograr el desarrollo de nuestra propia identidad. El cerebro tiene la capacidad anatómica, neuroquímica y fisiológica para sentir, desarrollar y comprender la amistad. Una verdadera amistad logra una dimensión química en nuestro cerebro para conectar neuronas, desarrollar circuitos de memoria y aprendizaje que permiten recuerdos permanentes, momentos de placer que son la esencia de momentos nostálgicos.

Un verdadero amigo o amiga influye en la vida. En particular, la amistad adolescente goza de mayor impacto en la construcción de la confianza y la personalidad, pues a través de esta amistad se aprende y se desarrolla la lealtad, el entendimiento de exclusividad e intercambio de cordialidad. El cerebro aprende gradualmente con la amistad en la adolescencia la competencia y el afianzamiento de grupos.

La oxitocina es la hormona que favorece la amistad, el apego, la unión, y ayuda a decir la verdad; la oxitocina está detrás de los grandes eventos de generosidad, honestidad y altruismo. Esta hormona se encuentra muy relacionada con los vínculos sociales, el amor y la adhesión familiar. Es la hormona que nos hace ser parte de grupos y cuyos vínculos sociales nos han hecho una especie gregaria.

Nuestros primeros amigos y amigas de la infancia, sin que lo supiéramos, desarrollaron grandes apegos. Estas primeras amistades fueron creando algunos tipos de reglas sociales y vínculos de intercambio de información que sólo nuestros verdaderos amigos lograron en nuestra vida.

Un verdadero amigo, que nos genera oxitocina, copia conductas positivas más rápido, las reconoce, y éstas incrementan simpatía y fomentan relaciones a largo plazo. Un amigo también motiva, le permite al cerebro liberar beta-endorfinas, adrenalina y serotonina; un amigo se puede convertir en una persona adictiva, analgésica y, sobre todo, un confidente. De tal manera que los lazos que se inician en las primeras amistades de la infancia, cuando se rompen, suelen generar al cerebro un gran sentimiento de amargura y tristeza.

Cuidar una amistad a medida que envejecemos beneficia la salud mental y física, entre más amigos y amigas se hayan hecho en la infancia, se favorece más un cerebro sano, feliz y satisfecho. Tener el apoyo de amistades disminuye la incidencia de enfermedades crónico-degenerativas. Estudios recientes indican que la amistad iniciada en la infancia o la adolescencia y que se prolonga (en promedio una convivencia de entre 6 y 16 años) en la etapa adulta de la vida, deriva en una mejor salud; ocurre lo contrario con quienes no convivieron con amistades o se la pasaron en soledad.

La relación positiva entre la salud y los contactos sociales de las personas en la infancia y la adolescencia es cuantitativa, después de los 30 años. Aquellos individuos que durante su niñez vivieron experiencias en conjunto con amigos de edades semejantes y experiencias positivas en promedio, a partir de los 32 años, tienen índice de masa corporal más bajo que aquellos que refieren no haber tenido una infancia con buenos amigos.

Asimismo, la gran mayoría de los sujetos que pertenecieron a grupos escolares, equipos y conjuntos semejantes refieren tener presión arterial en promedio más baja, que aquellos individuos solitarios en la adolescencia; estos últimos tienden a padecer hipertensión. Algunas variables etiológicas fueron consideradas en estas investigaciones, como tipo de alimentación, ejercicio y factores genéticos.

La soledad de la adolescencia sí trasciende en los valores de la actividad cardiovascular del futuro adulto.

Las buenas amistades fomentan el bienestar físico y psicológico de una persona. Desde el punto de vista hormonal y metabólico, una verdadera amistad genera la tendencia de sentirse menos angustiado, reduce el estrés o cambia el proceso de preocupación ante los detonantes de riesgo en nuestra vida. Compartir las risas, contar anécdotas, sentir el abrazo afectuoso de un amigo en la infancia y llevar una buena relación con ellos a lo largo de la vida, se asocia con un menor riesgo de padecer diabetes mellitus tipo 2, cardiopatías isquémicas o trastornos de la personalidad como obsesión, depresión o crisis de ansiedad.

Es increíble cómo la vida social durante la infancia y la adolescencia contribuye a fortalecer la salud en la etapa adulta, de ahí la importancia de tener esta convivencia independientemente de la edad que tengamos.

Es necesario cuidar la amistad como parte de nuestro estado de salud emocional, ya que como lo explica la neurociencia, los amigos no sólo representan un estado de bienestar social y anímico, sino que también inciden en el equilibrio neurobiológico que requerimos para mantener en óptimo funcionamiento las funciones cerebrales y la prevención de enfermedades crónico degenerativas.

Así que hacer amigos y cuidar las amistades es en realidad un sano ejercicio para la salud de nuestro cerebro y nuestro cuerpo en general.

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