Mi Pequeño Larousse

Foto de Syd Wachs en Unsplash

POR: MELISSA DARENA

Tengo un Pequeño Larousse, edición 2002. Nos lo pidieron en la primaria. Lo abro, veinte años después y, como “souvenir” de su tiempo de origen, tiene el dibujo de un moco sonriente pegado en la guarda interior, con una leyenda al lado, a lápiz, que reza: “Alex fue”.

“¿Cómo pueden hacer a niños tan chiquitos cargar libros tan pesados!, ¡no los van a dejar crecer!”, es o era la queja de algunas mamás sobreprotectoras y sí, oye. Pero, con honestidad, nadie pensó en los Pequeños Larousses: quizá el mío me dejó chaparra, pero yo a él lo dejé sin lomo y con las esquinas de su pasta dura desgastadas y a cartón abierto.

Me gusta usar mi Pequeño Larousse más que buscar en el dle.rae.es porque así evito la divagación incontrolable de usar mi celular. 

Y prefiero mi Pequeño Larousse por encima de otros diccionarios que hay en casa, porque el Pequeño Larousse tiene escritas las posibles etimologías al lado de las palabras a explicar. Además de que todas las páginas tienen dibujitos que me ilustran, sin que yo pregunte, cómo funciona un arado o cómo es un pinzón o un piojo. 

Ponen en perspectiva mis preocupaciones laborales, tan efímeras e incluso menores que la representación de San Miguel venciendo al dragón, tallado en el pórtico de piedra de una iglesia en Charente, Francia.

Cuando una es niña el mundo está abierto para la exploración y la experiencia, pero a medida que pasan los años, se va cerrando en conceptos y deberes. Mi Pequeño Larousse me abre el mundo cada vez que yo lo abro.

Pero, como todo aleph, mi Pequeño Larousse está incompleto, le hacen falta palabras que me acompañaron desde mucho antes de que yo lo comprara, como “mallugar”, “gabazo” o “tompiate”.

Cuando tenía 17 años, el que sería el más insoportable de mis novios me dijo que no se decía “gabazo”, sino “bagazo”. Recientemente leí el tuit de una mujer que decía que apenas se enteraba de que “magullar” era la palabra “correcta” y no “mallugar”, iluminándome también a mí. Y “tompiate” solamente se encuentra definido en el Diccionario del español de México del Colmex, aunque su significado es “testículo” y no “nalgas”, que era como lo usaba mi abuela.

Desde pequeña supe que la conjugación en pretérito de la segunda persona del singular tenía una forma de prestigio, que era como lo usaban en el colegio; y una forma, por consiguiente, de desprestigio, que era la que usaban en casa. Rezaba para que ninguno de mis amigos tuviera que hablar lo suficiente con mi mamá como para darse cuenta de que ella decía “dijistes”.

Por otro lado, a mi abuela le gustaba jugar con los sonidos de las palabras y llamar a las cosas con formas otras. A mi perro Cienfuegos le decía Sinforoso; a la leche, “lechuga”; a las tortas, “tortugas” y a la “Q” del póquer, “cucuraqui” (?). 

Me gusta pensar que por ella disfruto las palabras, como se disfruta un té o un helado; que por ella, le tuve cariño, por su sonoridad, a palabras como “batucada” y “sortilegio”. Y que, incluso, me aprendí un poema de Oliverio Girondo, hecho de puras crasis, porque a él, como a mi abuela, le gustaba jugar con los sonidos.

Cuando me enteré, le conté a mi mamá que no era “mallugar”, sino “magullar”. Aunque la Real Academia ha cedido y ahora tiene “mallugar” en su corpus actualizado del dle.rae.es, mi Pequeño Larousse de 2002 no tiene la forma que nosotras usamos. Mi mamá me respondió que hasta hace muy poco se había enterado de que no se decía “destornudar” sino “estornudar”. Repitió “magullar” y “bagazo”, con ánimos de memorizarlos y yo le dije que no.

—Es mi abuela la que habla, mamá. Por un juego de letras o porque así aprendió ella. Cuando decimos “mallugar” o “gabazo” es mi abuela quien lo dice.

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