Mientras me muerdo las uñas: la madre como transtorno

Foto de Annie Spratt en Unsplash

POR: NO HILDA

—¿Y te creía? —me dice mi hija cuando ambas limpiamos la cocina. Me quedo callada y yo también me lo pregunto. Trago saliva y paso la lengua por mi paladar a la misma vez que paso el trapo por la mesa. ¿Me creía? Me duele la obviedad de la respuesta. 

—No. No creo, pero aún así le mentía. 

Y le mentía por evitación, por protección y por supervivencia, la salida fácil a un juicio siempre fueron las mentiras. Se volvieron comunes, incluso más que los ‘tequiero’ o los ‘¿cómo te fue?’; pero, por más comunes que fueran, las mentiras eran un síntoma de algo más profundo. El verbo griego sympípto significa caer al mismo tiempo, concurrir. Un síntoma es algo que pasa al mismo tiempo que otra cosa y esa otra cosa ¿qué era? Nuestro médico de cabecera, mi padre, nunca notó los síntomas de los que estaba llena mi boca y aunque notaba el silencio o la negativa de salir con ellos, nunca pensó en ello como algo que importara. 

El psicoanalista Luciano Lutereau dice que un vínculo es algo más que dos personas, él lo llama aparato psíquico. A mi me gustaría llamarlo patio psíquico, pues, si bien, un aparato tiene diversas funciones y mecanismos, siempre es algo que está fuera de nosotros y, la relación con mi madre es algo en lo que siempre me siento dentro. El vínculo como lugar donde ocurren las cosas, donde podemos bordear, establecer límites —o no— y alejarnos o acercarnos de las personas que están dentro.

Dentro de ese patio psíquico hay más de lo que podemos nombrar. La acumulación de cosas no solo se refleja en las habitaciones atiborradas sino también en nuestro patio. Una discusión dentro de otra, dentro de otra y dentro de otra más grande; no hay espacio para explorar lugares nuevos cuando lo que ni siquiera lo que no podemos reconocer nos estorba el paso. Mi madre guarda cajas dentro de otras cajas y yo digo mentiras. Lo común en todo vínculo es precisamente el síntoma. 

Mi hija a veces me desespera. Sus peticiones que se me presentan como exigencias son como enredaderas en nuestro propio patio y no es que me disgusten las plantas sino que, su crecimiento es tan rápido que siento que si me distraigo poco, de un momento a otro tendré un desastre. Ya se ha dicho que la maternidad no es difícil, que lo difícil es criar en soledad sin que la comunidad o la familia intervengan, pero a veces pienso que eso es una falsedad. Cuidar es un trabajo mal pagado y desgastante que no muchos hacen por gusto. Cuidar es sobar, tapar, escuchar, alimentar, asentir, rodear con los ojos propios a un otro. Cuidar es dejarse de lado. Y mentiría si dijera que es maravilloso dejarse de lado. 

Me imagino los vínculos entre iguales como un patio psíquico en el cual acampar, hacer un deporte o invitar al otro a no hacer nada; pero el vínculo debajo de una maternidad es un vínculo debajo de un disfraz, de una estructura de la que se espera algo —o todo—. Y no me refiero a la sociedad, me refiero a los hijos, ellos esperan todo de su madre. Nosotros esperamos todo —o algo—de nuestra madre. 

Cuando leí la etimología de trastorno no fue la palabra ‘trepanación’ la que me sorprendió, fue: interferir. Un trastorno interfiere tanto como la maternidad más deseada. Un trastorno se define como cualquier cambio o alteración que se produce en la esencia y millones de madres no me dejarán mentir (solo la  mía).  Algo cambia cuando somos madres, algo hay en el patio psíquico con nuestros hijos que nos altera hasta la esencia. Algo nos trepana, nos trastoca, nos traslada a ese otro lado en que la definición de trastorno se detiene con un punto final. Ser hija es el síntoma y ser madre el trastorno.

En psicología, específicamente en el psicoanálisis, los síntomas no buscan eliminarse ni los trastornos buscan curarse; el patio psíquico no necesita orden externo porque tiene su propio orden; observar, es todo lo que hay que hacer; hacer consciente es suficiente para que al sufrimiento se lo lleve el aire. 

Cuando terminamos de limpiar la cocina aventamos los trapos al fregadero y nuestro cuerpo cayó de la misma manera en los sillones, tomamos nuestros celulares y nos dispusimos a deslizar el dedo por la pantalla un rato. Evitarme, mirar la pantalla, hacer como si no existo es el síntoma de mi hija y yo soy su trastorno. 

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