Dicen que para nada cambie, todo tiene que cambiar. En el mundial en curso queda clara esa premisa.

Los primeros mundiales de los que tengo memoria, México 1986 o Italia 1990, aún los registro entre pantallas a color y televisiones en blanco y negro. Francamente no importaba en cuál de los dos formatos pudiéramos ver un partido del Mundial. Luego, para Estados Unidos 1994 y Francia 1998, todos los partidos del mundial se pudieron ver en televisión abierta. Con poca calidad en la imagen, pero con mucha ilusión, se podía disfrutar de fantásticos partidos o conocer el talento de genios todavía desconocidos.

El color en las televisiones del fin de siglo aún podía parecer un lujo en muchas regiones del mundo, por esa razón la FIFA aún procuraba que, durante los partidos del mundial, un equipo llevara color claro y el rival un color oscuro en sus uniformes, así se favorecía la identificación de las selecciones en caso de las audiencias tuvieran que ver un juego en un televisor en escala de grises.

Durante esos mismos años y en esos mismos aparatos televisivos de pobre definición, en todo el mundo se observaban escenas que transformaron al mundo, como la caída del muro de Berlín, la Guerra del Golfo o las Guerras Yugoslavas (también conocida como la Guerra de los Balcanes). Dichos conflictos derivaron en la declaración de independencia de varias Repúblicas, entre ellas Croacia y Serbia.

Serbia se considera la única sucesora oficial de la Selección Yugoslava de Futbol, que todavía participó como tal en el mundial de Italia ’90, un equipo que siempre contó con equipos fuertes y buenos futbolistas que destacaron en la historia de los mundiales desde 1930. Croacia, por su parte, heredó el renombre futbolístico en los terrenos de juego y ha sido protagonista de las copas del mundo desde 1998.

En aquel mundial de 1990, aún en épocas de aparatosos televisores que dependían de una antena elevada en el techo de las casas, el delantero inglés, Gary Lineker, acuñó la famosa frase “el futbol es un deporte que inventaron los ingleses, juegan 11 contra 11, y siempre gana Alemania”. Una sentencia pocas veces impugnada.

El cuarto día de hostilidades (término de la jerga futbolística) en el mundial de Qatar 2022, contó con el debut en la competencia de la temida Alemania y la novel Croacia, en sus respectivos encuentros contra Japón y Marruecos. Por segundo mundial consecutivo, los alemanes pierden su primer partido, así como también por segunda ocasión en fila en mundiales, perdieron ante un equipo asiático (el anterior fue Corea). Croacia por su parte, no pudo derrotar a un sólido equipo africano que no les cedía parcela alguna.

Alemania, sin embargo, puso el acento mediático con ese gesto grupal de sus seleccionados cubriéndose la boca con la mano durante la fotografía oficial, en protesta por las imposiciones de FIFA contra el uso del brazalete “One Love” durante el mundial de Qatar.

Croacia, por su lado, tuvo como referente el inicio del fin de la carrera del mejor futbolista de su historia, ese espléndido jugador que ha contado lo que la guerra hizo a su familia: Luka Modric.

Modric jugará su último mundial y dejará una marca permanente en la historia de su país y del futbol internacional, un futbol que parece perder por un momento la hegemonía teutona en dicha historia, pero que verá emerger otra que inspire nuevas frases como la de Lineker.

Un futbol de tiempos en que ver un mundial, ahora depende de estilizados dispositivos electrónicos de alta definición, delgadas pantallas en donde se pueden mirar mínimos detalles u observar miles de gráficos durante un partido. Un futbol que conquistó al mundo por lo simple que un día fue.

Por Arturo Santillán

Formado periodista, loco por el futbol, la música y la imagen. Escribo y colaboro en Notas Sin Pauta. Productor y Fundador en Sensor Agencia Audiovisual.

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