Imagen por David Matos, via Unsplash.

Mi estado natural fue siempre la ansiedad, las decisiones apresuradas y la tristeza. Vivía en una constante carrera de encontrar la aceptación. De verme muy pequeña contra el mundo, y sentirme muy grande volumétricamente. Llegó la peste mundial, y encerrada en mi cuarto, perdiendo peso por el aletargamiento extremo, alucinaba viendo la cortina del lado de la ventana ondéandose como un mar blanquecino. La fresca briza de «Los Altos» me acariciaba. El cansacio crónico avanzaba con tanta fuerza que mi cuerpo de repente ya no respondía. Un día, cuando se venía la reincorporación a la oficina, descubrí que ya no podía pararme repentinamente. El mundo giraba, mi mente se aturdía, y caía al piso. En una noche de inmovilidad, mi mente se desconectó y mis extremidades empezaron a sacudirse. Desperté a los minutos. Pese a todo, por puro orgullo, decidí callar y aguantarme.

Era septiembre de hace dos años. La empresa para la que laboraba se desmantelaba a pedazos. Y con ello claro están, los puestos que ostentábamos. Me liquidaron pero me recomendaron. Afortunadamente no tardé en reemplearme. Pasó un año de arrastrar mis pies hasta la esquina de una gran maquinaria. Todos los días arrastraba mi existencia para llegar a mi escritorio. No obstante, mi cuerpo seguía reclamando posesión de mi persona. Y un día en la oficina, me desplomé a lado de un extintor. Cuando abrí los ojos, me rodeaban varias personas. Ya no podía ocultar lo que me pasaba. Mi jefe, un extranjero, me dijo en su idioma que necesitaba ir al hospital. Era inevitable, era una orden y no podía aplazarlo.

Me revisaron los triglicéridos, aún normales pese haber subido de peso por comer en exceso para según yo, contrarrestar el sueño. Me dieron calmantes, pero no era eso. Me revisaron mis oídos, y no había nada. Cuando mis articulaciones empezaron a arder todos los días al grado de despertarme en las noches con gritos desesperados, mi terapeuta y doctor de cabecera me mandaron al neurólogo. Temía el resultado. Después de estudios, y someterme a estrés con luces estrambóticas, el pelo seco, chicloso, y mucho sueño, concordaron que tenía una arritmia neurológica.

Me dieron antiepilépticos y durante este año he podido tener esa sensación de alivio de no tener ansiedad (salvo algunas ocasiones). Se acabó mi compulsión por los pasteles. Descubrí que me gusta el té de manzanilla, que puedo experimentar aplanamiento emocional y manejar escuchando screamo a todo volumen. También estoy separando mis emociones poco a poco. Es como si hubiesen reseteado mi cerebro. Espero retomar Laberintos Mentales.

Por Arantxa De Haro

Escritor amateur, multidisciplinario por pasatiempo, aficionado a los idiomas

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